Karl Marx y el cementerio de barcos
En estas últimas tres semanas, me he visto (por necesidades laborales) obligada a una tarea titánica, sino imposible: explicarles Marx a alumnos universitarios norteamericanos de primer año.
“Explicarles Marx”, sin embargo, es en sí una frase ambiciosa. A estos chicos, alumnos de una universidad privada, en su gran, gran mayoría blancos y de clase media (hay una alumna afro-americana y dos hijos de latinoamericanos) no se les puede “explicar” Marx. Lo único que uno puede intentar hacer es intentar explicarles que es posible, y necesario, releer a Marx hoy.
Hay que decir que este no es un seminario sobre pensamiento marxista. Es una clase que se llama “Introducción al pensamiento político y social”. En ella se lee desde Aristóteles y Maquiavelo hasta Nietzsche y Tocqueville. Sin embargo, con Marx siempre pasa lo mismo. En los tres cuatrimestres que he enseñado Marx aquí, la primera clase viene siempre así:
- Yo: Buen día. Hoy vamos a discutir el pensamiento de Karl Marx.
- Alumno 1: ¿Pero, para qué vamos a leer a Marx, si todos saben que estaba equivocado?
- Alumno 3: ¿Y para qué vamos a leer a Marx, si el capitalismo y el liberalismo son, el estado naturalmente más adecuado para vivir?
- Alumno 4: ¿Y para qué vamos a leer a Marx si ahora vivimos en la era post-industrial y ya nadie tiene que hacer un trabajo que no le guste, porque todos nos dedicamos a la internet y a la programación y a esas cosas?
¿Cómo responder estas preguntas sin caer en lugares comunes? ¿Sin sonar como una mala parodia sartreana? ¿Sin hablar desde el tan cómodo lugar de la sanata inocua de los Greenpeace de siempre?
Esta última semana, descubrí una buena respuesta. Hay que releer Marx por el cementerio de barcos petroleros de Bangladesh.
La revista Foreign Policy publica un extraordinario reportaje fotográfico sobre el desguace de barcos petroleros que se realiza en Bangladesh. La playa de Chittagong es el mayor puerto de Bangladesh, y es ah[i que se desguaza la mitad de los barcos petroleros del mundo. Esta industria emplea, directa o indirectamente , a 200.000 personas.
Cuando la marea sube, los buques-tanque petroleros a desguazar se lanzan a toda máquina contra la playa. Ahí, quedan varados tierra adentro. Cuando la marea baja, un ejército humano, armado con sogas, palos y martillos, descalzo y vestido con harapos, se abalanza sobre los petroleros y los desarma, chapa por chapa. Los materiales rescatados a mano de entre el barro representa el 80% del acero existente en Bangladesh. Los fragmentos más pequeños, perdidos entre el lodo, son rescatados por las mujeres y las niñas y vendidos a acopiadores.
Pocas veces he visto una metáfora más perfecta del capitalismo, una imagen en la que se condensan tan apretadamente capas y capas de sentido, en donde se entrelazan tan claramente lo global y lo local, y se muestra tan clara la explotación del hombre por el hombre que es específica de nuestro momento histórico. Esta imagen nos dice muchas cosas, cosas que vale la pena recordar.
1) La dicotomía modernidad-tradición o civilización-barbarie es un metáfora desafortunada que debe ser, toda ella, rechazada. (Esto lo sabía Fernando Henrique Cardoso, al que luego se le olvidó). Noten ustedes que estas multitudes de bengalíes estropajosos no están haciendo agricultura de subsistencia con una azada de palo o arreando un burro, sino que son parte integral del ciclo de vida de una industria de alta tecnología: de la industria que produce los barcos que llevan de acá para allá a la principal fuente energética del mundo. La barbarie aquí está creada y es funcional a la modernidad. Ni el bárbaro es bárbaro ni el moderno es moderno: ambos son contemporáneos.
2) Como Immanuel Wallerstein enseñó, la única unidad de análisis válida para entender el capitalismo es el mundo. El capitalismo fue, es y será, por definición, sistémico. En último término, no tiene sentido intentar comprender la economía de los estados-naciones como unidades autónomas: tal autonomía también es una ilusión metodológica. Las plantaciones de azúcar y tabaco de América del siglo XVII, las minas de oro de Nueva España y Potosí, las estancias ganaderas de Argentina en la era de la Generación del 80 no pueden comprenderse cabalmente si no es contra el trasfondo de las relaciones centro-periferia. Bangladesh no es “tercermundista” por estas aislado de la modernidad: es tercermundista porque está integrado al mundo moderno, industrial, productor de maravillas tecnológicas como esos barcos gigantes, desde un lugar en donde lo único que le queda es la tarea de limpieza más subterránea y última. Si estuviera verdaderamente aislado, quien sabe, por ahí le iría mejor.
3) Otra vez, Cardoso y Faletto: esto no significa que las dirigencias políticas de los países periféricos estén exculpados, o que no haya posibilidad de estrategias autónomas. (¿No sería posible que el estado bengalí interviniera para obligar a las empresas dueñas de los barcos a pagar mejores sueldos, a ofrecer condiciones sanitarias, a dar vacaciones y jubilaciones? Algo, cualquier cosa, sería un avance.) Pero estas estrategias se dan siempre en el contexto de estas relaciones estructurales, en donde la mano viene marcada fuertemente en beneficio de unos y maleficio de otros.
4) La relación entre centro y periferia está marcada por el reciclaje. El reciclaje, la hibridación como adaptación constante de la periferia a lo que el centro tira. El centro tira su basura para afuera, y el afuera la recicla, y se construye una vida con ella. Los bengalíes desguazan sus barcos. Los salvadoreños, leí el otro día, compran autos chocados en EEUU, los arreglan y los venden en El Salvador. Los cartoneros de Buenos Aires viven, literalmente, de la basura. Las mujeres latinoamericanas que limpian los pisos de la universidad por donde mis satisfechos alumnos, y yo, caminamos todos los días, compran su ropa en los inmensos mercados de usados de las afueras de Washington DC, en donde los americanos de clase media depositan todas aquellas cosas que se han comprado para Navidad y no han usado ni usarán.
No nos engañemos: el reciclaje, la adaptación, el sincretismo es el modo de ser en el mundo de la identidad subordinada. Esta es nuestra herencia y nuestra circunstancia.
Tal vez esta sea la principal falencia del pensamiento de Marx: el también estaba demasiado enamorado (como Hegel) de las ideas claras, puras, dicotómicas, de los procesos históricos “necesarios”. Aunque él si supo ver el carácter ficticio de la llamada civilización, siempre vió a la historia como un proceso de clarificación, no de generación de más confusión y mezcla continua. Pero esta discusión ya no es para mis alumnos, que no han entendido a Marx y tal vez no lo entenderán jamás.


March 1st, 2008 12:06
Muy interesantes tus palabras. Te paso el dato sobre una peli que se llama WORKING MAN´S DEATH de Michael Glawogger. Es un documental muy bueno sobre el trabajo en el siglo XXI en diferentes partes del mundo. Una de ellas, la que vos mencionas, cementerios de barcos. Luego, trabajadores nigerianos (matarifes), ucranianos (mineros) etc. Es un mapa del “trabajo” en el siglo XXI. Y de la pertinencia de Marx para interpretar esta realidad.
Saludos especiales
Alejo
PD: el trailer: http://www.youtube.com/watch?v=s-pUiEM9XR4
April 17th, 2011 13:36
Excelente la nota de los barcos!!!y tus puntos de vista,te felicito,un saludo muy cordial,desde Argentina.