La civilización y la barbarie en clave culinaria

Es sabido que el par civilización-barbarie anima, o más bien, subyace, a gran parte de la producción literaria, política y científica argentina. Era obvio que un arte más humilde pero igualmente determinante, la cocina, no iba a estar ajena.

En su libro Historias del comer y del beber en Buenos Aires, el arquéologo urbano Daniel Schávelzon documenta de qué manera en el Virreynato del Río de la Plata colonial la cocina, los modales, la vajilla y los modos de comer se entrecruzaban con las auto-definiciones culturales y la división en clases y razas de una región pobre, orgullosa, globalizada, ecléctica e hipersensible como lo era la Argentina de aquella época. Mucho menos rica que sus vecinos, el Altó Perú o las plantaciones caribeñas, pero muy integrada al comercio material y simbólico con Europa y Gran Bretaña, la Argentina colonial fue desde muy temprano cuna de extrañas costumbres culinarias marcadas por la hibridación, y por el uso de la cocina como forma de marcar distancias sociales y distinciones culturales. Entre otras cuestiones, las familias ponían en un aparador los dos o tres platos de loza que tenían para mostrar mientras se tomaba en un único vaso que pasaba de mano en mano, Manuelita de Rosas se hizo retratar con moño punzó nacionalista y un jarrón francés importado, y las mujeres, reputadamente hermosas según los viajeros, se alimentaban sólo a mate y confecciones dulces.

Schávelzon relata que, en las casas criollas, tanto ricas como pobres, la carne vacuna se comía sobre todo hervida, para ablandarla, y que no existía la noción de que su cocción debe regularse por un “punto”. Se echaba el trozo de carne en la olla, se le colocaban vinagre y especias, y se cocinaba tanto dos horas como tres o cuatro. Pero, y esto es lo interesante, quienes comían la carne “a punto”, es decir, “cruda” a los ojos de un europeo, son los indios. Según Schavelzon, las mujeres de los indígenas vigilaban el puchero y el asado para que no se pasase, un exotismo a ojos criollos. Para muchos europeos, el comer la carne cruda o “sangrante” era muestra del barbarismo indígena.

Gracias a Schávelzon, releo a mi Mansilla con otros ojos. La descripción que hace Mansilla del toldo de Mariano Rosas y de sus comidas, que he leído cientos de veces, toma otro sentido:

Varias chinas y cautivas lo barrían (al toldo) con escoba de biznaga, regaban el suelo arrojando en él jarros de agua, que sacaban con una mano de un gran tiesto de madera que sostenían con otra; colocaban a derecha e izquierda asientos de cueros negros de carnero, muy lanudos, ponían todo en orden, haciendo líos de los aperos, tendiendo camas, colgando en ganchos de madera, hechos de horquetas de chañar, lazos, bolas, riendas, maneadores y bozales.

En el medio del toldo había tres fogones en línea y en cada uno de ellos humeaban grandes ollas de puchero y se tostaban gordos asados. (…) A los cinco minutos de estar en el toldo nos sirvieron de comer. A cada cual le pusieron delante un gran plato de madera con puchero abundante de choclos y zapallo, cubierto—cuchara, tenedor, cuchillo—y agua. (…) El puchero estaba muy apetitoso y bien condimentado. Terminado el puchero, trajeron asado, después sandía.

Estas descripciones pueden parecer absolutamente banales, pero no luego de haber leído que aún en las casas de Buenos Aires era rarísimo que hubiera un tenedor por persona, y que muchos viajeros extranjeros quedaban consternados por la falta de higiene y la pobreza de los ranchos criollos, en los que la gente se sentaba en cráneos de vaca y cada uno comía el asado con su facón y un pedazo de pan.

La descripción de los toldos ranqueles que hace Mansilla (enviado por Sarmiento a intentar firmar un tratado que hubiera reconocido a la nación indígena), y de su comida, abundante, a punto, sazonada y servida en un ambiente limpio y agradable, no sólo es cultural sino política. ¿Cómo habrían de ser estos los bárbaros si cocinan la carne mejor que un francés? ¿Si sus habitaciones están más limpias y ordenadas que las de muchos porteños?

En la cocina, aparece la pregunta en el siglo XIX cómo vuelve a aparecer hoy, ¿quiénes son, al final de cuentas, los bárbaros?

6 comentarios a “La civilización y la barbarie en clave culinaria”

  1. Alejandro
    September 20th, 2006 15:14
    1

    Muy interesante. Al respecto, agrego un dato histórico – culinario. En el encuentro de Guayaquil, uno de los temas central era quien pudiese llegar primero (San Martín o Bolivar) para ofrecer al otro un gran banquete… Detalle que marcaba implicitamente cierta jerarquía. Hay bastante información al respecto y está muy bueno para verlo…

    Saludos

  2. Más allá del Pan y Circo
    September 20th, 2006 15:15
    2

    Muy interesante. Al respecto, agrego un dato histórico – culinario. En el encuentro de Guayaquil, uno de los temas central era quien pudiese llegar primero (San Martín o Bolivar) para ofrecer al otro un gran banquete… Detalle que marcaba implicitamente cierta jerarquía. Hay bastante información al respecto y está muy bueno para verlo…

    Saludos

  3. celia
    September 20th, 2006 19:48
    3

    En tiempos de tanta idiotez alimentaria, con anorexias y obesos pobres y de los otros,ojalà volvieramos a ser bàrbaros.Naturaleza,puchero ,asadito y humeantes verduras,què más,eso sì era vida.
    Hoy, se nos confudiò el sentido y los bàrbaros estamos siempre poraa comer la civilización que domina y la pifia.
    Que compartamos un asadito en Caviahue,muchos bàrbaros
    juntos,eso sì con ensaldita de rùcula y ciboullet.
    SALUDOS , LA MACHI.

  4. Maria Esperanza
    September 21st, 2006 09:40
    4

    Pero claro, me voy a poner un pucherito al fuego. Saludos, MEC

  5. artemio lopez
    September 24th, 2006 21:57
    5

    En la cocina, aparece la pregunta en el siglo XIX cómo vuelve a aparecer hoy, ¿quiénes son, al final de cuentas, los bárbaros?

    María, quedo pendiente esta discusción q sobrevoló un toque la reunión de Ramble. pienso q los bárbaros somos nosotros y eso está bueno.Fannon decía “asumir la distorsión y devolverla multiplicada”, no negada, ni discitida o controvertida. Esa misma consepción o lo q sea quizá una “técnica” la usaba osvaldo lamborghini en su poesía y también está en la base de la resignificación del calificativo “cabecita negra”, “grasita” o incluso, más contemporáneamente “bostero”.Nadie en la boca explica q no es bostero, o pretende demopstrar q el otro lo es, digamos
    salu2
    salu2

  6. Maria Esperanza
    September 25th, 2006 09:12
    6

    Artemio: los bárbaros somos nosotros, por supuesto. Una vez leí un artículo (puede haber sido de Fontanarrosa, no estoy segura) que decía que las hinchadas de fútbol tenían la particularidad de reivindicar como identidad lo que originalmente eran insultos: bosteros, gallinas, cuervos, leprosos, pincharratas, bichos colorados, etc. Esto en sí es más que interesante.
    Pero otras dos cosas. La primera que la permanencia de la dicotomía civilización y barbarie muestra que no hay política sin construcción de una división entre “nosotros” y “ellos”. Como diría Schmitt, entre “amigos y enemigo” o, como diría Laclau, una “dicotomización del campo político”. Por otro lado, esta dicotomización nunca es permanente ni estática: es una tensión que se negocia todo el tiempo y en la cuál las características que dividen uno y otro campo (carne cocida vs. carne cruda) mutan permanentemente. Pero la tensión en sí es, me parece, ineliminable, salvo en una utopía habermasiana de racionalidad total.

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