Los legados de Pinochet
Murió Pinochet, y este evento nos remite una vez a una época y un lugar cuyo fantasma, más de treinta años después, sigue viniendo a visitarnos como el fantasma de las navidades pasadas a Ebenezer Scrooge. Mejor aún, no nos visita, porque nunca se fue.
Al ver las imágenes del velorio y misa de sepelio de Pinochet, de su hija Lucía (la que huyó a Estados Unidos y pidió asilo político allí una vez que la justicia la acusó de ladrona), de las polémicas entre los rubios y momios pinochetistas y, bueno, prácticamente todos los demás, pienso sobre los efectos y las cicatrices que las dictaduras dejaron en nuestros países del Cono Sur.
Las dictaduras no sólo mataron y torturaron miles de persona, robado el patrimonio nacional o alterado la institucionalidad política. En todos nuestros países, los militares han dañado profundamente el tejido social. Luis Alberto Romero suele decir que la dictadura argentina (casi) destruyó las fuentes de lo que él llama “la Argentina vital”. Hasta 1976, la Argentina, con todos sus problemas, era un país con relativo éxito: con ciclos largos de crecimiento económico, con una sociedad relativamente homogénea, con integración territorial, con movilidad social ascendente, con integración de las clases populares a la política. Estos éxitos (minados por un gran fracaso que sería definitorio: el fracaso del régimen político) se asentaban en tres fuentes de vitalidad cultural y económica: la universal presencia de la escuela, pública y policlasista, la integración al mundo del trabajo vía pleno empleo, y la tremenda actividad de las organizaciones de sociedad civil (clubes deportivos, cooperadoras escolares, gremios, editoriales, revistas, cineclubes, etc.)
No sólo en Argentina, sino también en Chile, las dictaduras dañaron estas fuentes de innovación y vitalidad.
En Argentina tal vez el daño haya sido mayor en lo relacionado con el mundo del trabajo, vía destrucción del tejido industrial y de los sindicatos y la preferencia de de la valorización financiera por sobre las actividades productivas. Esto sin olvidar el daño hecho a la educación pública, tanto universitaria como secundaria y primaria. En este caso, la herida mayor se dio de manera indirecta: mediante la aceptación por parte de las clases medias de una visión individualista y jerárquica de la sociedad, expresada en la idea de que cualquier escuela privada, aún el instituto José Pérez, categoría A50, que le paga 120 pesos por mes a un maestro es mejor que cualquier pública. La educación pública quedó reducida, en Argentina, a una experiencia estigmatizante, sólo apta para pobres e inmigrantes.
En Chile, creo, fue diferente (por lo que sé, ya que tengo menos familiaridad con Chile que con Argentina). El mundo del trabajo parece haber sido menos dañado, sobre todo porque partía de una situación diferente: menor organización sindical, no experiencia de pleno empleo, una mucho menor clase media. Fue menos dañado porque también se partía desde otro lugar. Pero los efectos culturales y sociales del pinochetismo fueron más profundos. El cine, las letras, la sociedad civil sufrieron mucho. Se establecieron por norma mecanismos para negar toda posibilidad de movilidad social ascendente, vía segmentación educativa, vía restricción de acceso a los servicios del estado. Por ejemplo, la educación pública chilena fue privatizada y sectorizada no sólo de hecho, como en Argentina, sino de derecho, ayudando así a establecer una sociedad jerárquica cuya estructura permance, aún hoy, prácticamente intocada.
Pero tal vez los efectos más profundos del pinochetismo puedan verse en Chile en su cultura. Tal vez, paradójicamente, Argentina haya tenido fortuna en la debacle absoluta de su dictadura militar. El Proceso argentino no pudo evitar su bancarrota absoluta: moral, económica, política e inclusive militar. (Hay que agradecer aquí que Galtieri tomara la decisión de atacar a una potencia militar tanto mayor que la derrota se produjo en dos semanas; si la guerra hubiera sido con Chile, un país en relación de mayor paridad y contiguo geográficamente, se hubiera extendido por años y hubiera terminado con cientos de miles de muertos, como en la guerra entre Irán-Irak. Acá tuvimos, simplemente, suerte.) Esta bancarrota militar total, y la acción de la sociedad civil, permitieron los Juicios, la primavera cultural del primer alfonsinismo, inclusive cierta revitalización de la militancia. (Después se vieron los límites del veranito alfonsinista y nos agarraron los noventa, pero éste es otro tema.) Y los militares, a pesar de Semana Santa, nunca pudieron ni volver a incidir políticamente, ni ser nunca más tomados como “reservorio moral de la nación”.
Tal vez me equivoco, pero creo que el peso del pinochetismo no ha permitido aún un reverdecer semejante en Chile. (No hablo de los resultados económicos, que han sido mucho mejores en el país vecino.)
Chile está cambiando, y mucho: es indudable que luego de sacudirse el legado del tirano lo hará aún más. Quien va a Chile con cierta frecuencia, no puede dejar de ver cómo allí las cosas y la gente parecen estar cada vez un poquito mejor (a diferencia de la Argentina, que de repente parece que se transforma en España y seis meses después parece Beirut, sin solución de continuidad.) Pero aún quedan señales de la oscuridad: el hecho de que en grandes partes del país todo cierre a las nueve de la noche y que los espacios públicos casi ni se usen, que en ciudades como Valdivia o Puerto Montt nos haya sido imposible encontrar una sola librería o un quiosco para comprar el diario, que no haya virtualmente locutorios de Internet (los hoteles caros tienen wireless, y los pobres, se supone, no la necesitan), los modos de patrón de estancia que tienen los de la clase alta frente a todos los demás, salvo que sean estadounidense, o ingleses, o alemanes, en cuyo caso sus genuflexiones son tan profundas que sus frentes tocan el suelo.
La hija de Pinochet usó el acto público, financiado por el estado y realizado en dependencias estatales, del funeral de su padre para reivindicar el golpe de estado del 73. Esta sensación de relativa impunidad de ese grupo y esa clase debe, también, terminarse. Pero, y a pesar de la muerte de Pinocho, esta pelea recién empieza.

December 12th, 2006 17:39
Me asusta un poco Chile. Comparto en buena medida tu interpretación del fracaso total de la dictadura argentina, gracias a Dios hoy prácticamente nadie reivindica a Videla (salvo el sindicato de taxistas y los que escriben cartas de lectores a La Nsción)
December 12th, 2006 18:47
Si, nadie podría dar un discurso en el contexto de una institución estatal reivindicando el golpe. A menudo, me parece, se niega o se ignora cuán profunda fue la democratización cultural, digámoslo así, de la Argentina. Esto no quiere decir que no exista racismo, clasismo o xenofobia. Pero los avances, por ejemplo, en la tolerancia política (no olvidemos que esto no existó durante 50 años), sexual, cultural, es muy grande, y sólo fue posible, creo yo, por el total descrédito de las políticas represivas.
December 12th, 2006 19:02
[...] Dije en el post anterior que la muerte de Pinochet era sólo el primer acto de una pelea que debe darse en Chile para erradicar de la sociedad y la culturas los legados del pinochetismo. [...]