En torno a lo político
Es posible que Cristina lo haya terminado de leer, le gustó a Terragno, que lo glosa no sin cierta deshonestidad, habla de algunas de nuestras fijaciones, por cierto compartidas, es como de Laclau pero más fácil (Mouffe habla en “un lenguaje directo, sin comparación con los escritos excesivamente abstractos de su esposo”, dice el profesor de filosofía chileno en Canadá), es nuevo y es cortito y barato. Razones tan buenas como tantas otras para comprar y quizás leer un libro.
El argumento de Mouffe en En torno a lo político es más o menos el siguiente: no hay sociedad sin conflicto, porque no hay sociedad sin identidades colectivas -esto dicho en el sentido ontológico y no histórico-, y las identidades colectivas se constituyen sobre la oposición nosotros/ellos. Lo político es justamente el nombre que recibe esta dimensión de lo social: “concibo ‘lo político’ como la dimensión de antagonismo que considero constitutiva de las sociedades humanas, mientras que entiendo ‘la política’ como el conjunto de prácticas e instituciones a través de las cuales se crea un determinado orden, organizando la coexistencia humana en el contexto de la conflictividad derivada de lo político” (p. 16).
En tanto lo político es inherente a la vida social, es posible asumirlo o negarlo, pero no eliminarlo. La opción por la negación es la de la política liberal, siempre orientada al diálogo y a la construcción de consensos -siempre entre nosotros, los que compartimos ciertos valores básicos sin los cuales no es posible sentarse a una mesa de discusión-. Mouffe señala distintas modalidades de la institución liberal de este límite entre el interior y el exterior de la política. Hay dos que resuenan en nuestra esferita pública. Una es la económica y es la preferida del discurso liberal-progresista: la pobreza se transforma en exclusión. La exclusión económica aparece de suyo como exclusión política y la política como cosa de la clase media. Los excluidos son expulsados al purgatorio del clientelismo. Por supuesto, las políticas sociales, educativas, laborales de la clase media deben tender a la inclusión de los excluidos, quienes, por su parte, deberían evitar romper las pelotas hasta que el proceso de inclusión llegue a su fin.
La otra consiste en una operación de moralización de la política:
“Al utilizar el término ‘moralización’ en este contexto no quiero decir, desde ya, que ahora la gente actúa en el campo de la política en busca del bien común, de acuerdo con motivos más desinteresados o imparciales. Lo que quiero indicar es que, en lugar de ser construida en términos políticos, la oposición ‘nosotros’/'ellos’ constitutiva de la política se construye ahora según las categorías morales del ‘bien’ versus el ‘mal’.”
(Al margen:”Deberíamos darnos cuenta de que un mecanismo particularmente perverso está en juego en esas reacciones moralistas. Este mecanismo consiste en asegurar la propia bondad mediante la condena del mal de los otros. El hecho de denunciar a los ostros siempre ha sido una forma poderosa y fácil de obtener una idea elevada del propio valor moral. Constituye una forma de autoidealización examinada con agudeza por François Flahaut bajo el nombre de ‘puritanismo del buen sentimiento’, al que describe de la siguiente manera: ‘discursear sobre hacer el bien, compadecerse de las víctimas, expresar la indignación por la maldad de otros’. Según Flahaut, en nuestra era utilitaria y racionalista esta forma de autoidealización es lo que queda para que la gente escape de su propia mediocridad, arroje la maldad fuera suyo y redescubra alguna forma de heroísmo. Esto sin duda explica el creciente rol esempeñado por el discuros moralista en nuestras sociedades pospolíticas.” p. 81.)
El problema es que la respuesta liberal a la inevitable aparición política de los otros no puede ser ella misma política. Lo político aparece como antagonismo y los otros como enemigos cuya existencia es percibida como incompatible con la propia. Dicho de otro modo, la cosa termina mal. Mouffe propone como alternativa a la democracia liberal lo que ella y Laclau llaman democracia radical o democracia pluralista. Un modelo basado no en la exclusión antagonista de la diferencia, sino en su inclusión bajo una modalidad “agonista”, que consistiría, básicamente, en la puesta en escena del conflicto como alternativa a su resolución por la violencia o, si se quiere, la sustitución de la violencia real por alguna forma de violencia simbólica.
Mouffe cita a Canetti para mostrar como un parlamento puede ser el lugar de esta sustitución:
“En una votación parlamentaria todo cuanto hay que hacer es verificar la fuerza de ambos grupos en un lugar y momento determinados. No basta con conocerla de antemano. Un partido puede tener trescientos sesenta delegados y el otro sólo doscientos cuarenta: la votación sigue siendo decisiva en tanto instante en que se miden realmente las fuerzas. Es el vestigio del choque cruento, que cristaliza de diversas maneras, incluidas amenazas, injurias y una excitación física que puede llegar a las manos, incluso al lanzamiento de proyectiles. Pero el recuento de votos pone fin a la batalla.”
Una pregunta posible es si una democracia pluralista así entendida no requiere, a su vez, de un límite y un exterior. Si la solución agonista no lleva a las mismas consecuencias que el consensualismo liberal. Mouffe se adelanta a la objeción, sí lo requiere, pero no es del mismo tipo: “El pluralismo que planteo requiere discriminar entre demandas que deben ser aceptadas como parte del debate agonista, y aquellas que deben ser excluidas. Una sociedad no puede aceptar aquellas que cuestionan sus instituciones básicas como adversarios legítimos. El enfoque agonista no pretende abarcar todas las diferencias y superar todas las formas de exclusión. Pero las exclusiones son concebidas en términos políticos, no morales. Algunas demandas son excluidas, no porque se las declara ‘malignas’, sino porque desafían las instituciones constitutivas de la asociación política democrática. Sin duda la propia naturaleza de esas instituciones es también parte del debate agonista, pero, para que tal debate tenga lugar, es necesaria la existencia de un espacio simbólico compartido. Esto es lo que quise decir cuando en el capítulo 2 afirmé que la democracia requiere un ‘consenso conflictual’: consenso sobre los valores ético políticos de la libertad e igualdad para todos, disenso sobre su interpretación.” (p. 129) El asunto es si ese consenso no termina siendo nuevamente a la vez demasiado frágil, amenazado permanentemente por la corrupción o la sospecha de la corrupción, el fraude o la sospecha del fraude, la posibilidad siempre inminente de la violencia estatal, y demasiado estrecho para albergar efectivamente una sublimación agonista del antagonismo político.

September 17th, 2007 15:38
Me surgen algunas dudas. No sería más útil leer a Platón y a Carl Schmidt. La tradición de la política como enfrentamiento o la definición de la justicia nunca refutada como hacerle el bien al amigo y el mal al enemigo data de hace por lo menos 2000 años con distintas variantes, la más explicita la de Schmidt.
Pero en la política, al igual que la guerra, no siempre gana el que tiene la mayor fuerza, o mejor aún, frente a la mayor fuerza se imponen distintas alternativas, rodeos, para vencer al enemigo. Así como existieron un Alejandro o un Napoleón en la guerra, existieron un Alcibiades o un Machiavello en la política.
Pero cualquier definición de la política que quiera definir qué es discutible y qué no está condenada al fracaso, pues la política permite cuestionar todos los fundamentos. No es nuestro caso particular pero Francia si no me equivoco va por su constitución número 20 o más.
La dialéctica de la guerra ya fue analizada por Von Clausewitz y por Aron en términos políticos. Si el único locus de confrontación es la política (no lo político) no queda más que perseguir la aniquilación del enemigo, historia que lamentablemente podemos mostrar se consumó más de una vez en la Argentina.
Habría dos soluciones entonces, el equilibrio de fuerzas, digamos como una paz negociada a la espera de un nuevo enfrentamiento abierto, o fragmentar los espacios de enfrentamientos para que cada bando, con su propia estrategia, sepa en cuáles puede ganar.
September 18th, 2007 07:30
Pablo, muy buena tu reseña. Hace poco creo que salió un reportaje a Mouffle en P/12, yo no la conocía y me impactó positivamente.
A veces pienso que la tendencia liberal a la negación de lo político como conflictivo tiene dos explicaciones muy obvias
1-La negación de lo obvio para que la gente acepte el status quo.
2-El asco que le tienen al barro. Como dice Manolo, lo político es barro y carnaval.
saludos
September 18th, 2007 10:30
Aro, estoy de acuerdo. De hecho, el libro de Mouffe es un intento de partir de la concepción schmittiana de lo político sin asumir sus consecuencias. (“Lo que propongo es pensar ‘con Schmitt contra Schmitt’, utilizando su crítica al individualismo y pluralismo liberales para proponer una nueva interpretación de la política democrática liberal, en lugar de seguir a Schmitt en su rechazo de esta última.”)
Musgrave, gracias por el elogio. Asco al barro y gusto por la bosta y las balas.
September 18th, 2007 12:48
Pablo, ahí leí la introducción del libro en FCE. Te diré que es un tema de lo más interesante pero me pareció cuando lo ojee un planteo naive. La fuerza de la idea de Schmidt es justamente la actualización de esa frase que en el final de la introducción se le atribuye a Maquiavelo. La democracia liberal es justamente desechada por permitir que el poder político sea asumido por las masas sin dirección “conciente”. La verdadera pregunta es por qué los ideales de izquierda han perdido toda fuerza agonística en la arena política, tanto como en otras reivindicaciones. No se cuál es el planteo del libro pero atrás de la distinción amigo enemigo, que para el caso no se diferencia en gran manera de lo bueno y malo, subyace una teoría del poder. O el poder se comparte o se ejerce. Responder a esta pregunta y trazar cursos para que la izquierda recupere parte del poder perdido me parece más importante para equilibrar la balanza en el futuro.
September 21st, 2007 01:21
Pablo: coincido con Musgrave, muy buen post, y gracias por la cita. No soy un experto en Mouffe ni en Schmitt pero se me ocurren un par de comentarios:
- No veo en nuestro contexto actual algo como lo que plantea Aro sobre política y dialéctica de la guerra. A diferencia de épocas pasadas ningún actor político relevante está proponiendo o planeando un cambio de sistema político o social. Tampoco hay bandos enfrentados “a muerte” y los cambios de camiseta política son cosa de todos los días. Con la mejor buena voluntad y viento a favor, lo que está en juego es el mayor o menor grado de intervención del Estado para paliar las desigualdades sociales y combatir la pobreza y la exclusión. Y en el peor de los casos, estamos en presencia de juegos de poder de poco vuelo, con mucho ruido y pocas nueces. Así que a menos que en algún momento surja un movimiento con reivindicaciones profundas “desde abajo” yo no veo ningún enfrentamiento trascendente en el horizonte político futuro.
- La negación del conflicto también es un arma de propaganda. Muchos critican el “hegemonismo” o la “manía de la confrontación” del adversario para autoproclamarse como los campeones del diálogo y el consenso, palabras que suenan muy bien en los oídos bienpensantes. En mi opinión, en realidad se está sobreactuando un enfrentamiento que no tiene demasiada sustancia.
Muchos saludos.
May 1st, 2010 09:31
Gracias pablo http://carlosboyle.blogspot.com/2010/04/del-circulo-de-baba-la-piramide-viii.html
March 1st, 2011 15:14
muy interesante, me gustaria si alguien puede hcer una diferenciacion entre lo politico y la politica de norbet lechner, sheldon woolin y chantal mouffe, ya que rindo esto en breve y es un tema que realmente sem e complia, desde ya muchas gracias