Lúgubres y destemplados relatos desde Valhalla, pero extrañando la balón (IV). “Y todo el pueblo gritó (no)Diego, (no)Diego”.
Oteó una vez más el panorama. El cielo seguía como siempre por allí. Tan azul que la sola mención del concepto nube se chocaba contra un amarillo muro de sol. La sensación que no había mediación entre la mancha esa dorada y uno, tampoco era innovadora, más bien una constante de cada verano. Así y todo, movilizó su esperpéntico cabello de modo tal que dejara de molestarle la visión. Y gracias a ese medido gesto pudo acercarse bien hasta la brizna, casi como rozando las antenas de las hormigas que con laboriosidad iban a por almidón en el césped engramillado.
Tras probar un poco de los tallos más turgentes, pareció terminar de decidirse. Igual se dio lugar para un prueba con sus manos del calor de la arena y lo pulido de las partículas de cuarzo que albergaba el polvo del río Limay.
Luego sentenció, ‘es acá’. Y la manada obediente frenó su marcha. El Cumbianga se aprestó, sin mirar ni hablar con nadie, a conseguir con precisión suiza los mejores palitos que la Isla Verde contaba en su patrimonio. Pantera, en un gesto francamente primitivo, dejó caer una pesada carga que llevaba del hombro. Se entrevió una gran sartén. Trípode en cambio se aseguró con prestancia que el Farlain se aireara a la par que, activando unos gastados botones, regalara la música.
Justo entonces, un amigo de este cronista atinó a pasar por allí, en el marco de una competencia de clavados en los pozones con su sobrino. La Isla Verde siempre fue reconocida en la ciudad por sus playitas calmas pero con profundidad que, en una matriz de sauces llorones, permite acrobacias arriesgadas y patagónicas.
Y los vio. Se los cruzó sin querer, pero con respeto. Cuatro, diez, mil. Era lo mismo. Una masa. Un gran grupo de amigos que le daban a la expresión ‘sectores populares’ una tornasolado aspecto que no creo que científico alguno imaginara. Se sintió fallecer… sería el temor prejuicioso de la clase… o el vaho de cientos de sumuvas despedido de tetrabricadas ánforas. Para él, nada sería igual.
El horario: 5 de la tarde. El día: 25 de diciembre. No importa el año, para el caso podría ser antes o después de Cristo, antes o después del 6 a 0 de Fluminense a Arsenal, del 6 a 0 de Palmeiras a Boca, del 6 a 0 de Argentina a Serbia. El 666, bah.
Lo interesante es lo que aquel testigo continuó presenciando. Cada etapa del itinerario que aquel grupo se habían trazado en su arribo al río. Supuso, equivocado, que se venían momentos de cerveza, pollo al disco, droga. Indagó con ángulos imposibles de su mirada, queriendo descubrir el fasito, el palito de la selva, la historieta para consumir.
Pronto vio que entre los bártulos dejados caer por Pantera brillaba indisimulable un blancor sólo atribuible a un paquete de harina. Y también descubrió cómo de las manos laboriosas de uno que llamaban Toronja, brotaba grasa de vaca. Y cómo en el centro del grupo, se armaba una montaña de harina donde se depositaba agua, sal, levadura. Y pasados unos minutos no dejó de sorprenderse por ver que las maderitas buscadas por Cumbianga, ya prendidas, rápidamente comenzaban a calentar los lípidos bovinos para introducir luego trozos de pasta fría que culminarían en gloriosas tortafritas.
Ahora bien, fue ahí donde el observador, con su germenfobia y sus meandros sociales a cuestas, decidió alejarse con un rictus de desagrado. Veía que todas las labores habían sido realizadas con manos sucias, llenas de sudor, mezcladas con mocos conseguidos en sucesivos manotazos hacia las napias. Para él la combinación entre torso desnudo, tatuajes hot y sopaipillas, a la vera de un tórrido balneario, le resultaba intragable.
Y mientras performaba su huída, musitó entre dientes ‘qué banda’, para sintetizar su desprecio hacia lo visto.
No quiero aquí juzgar los dichos de alguien que merece mi afecto. Dios y la patria se lo demandarán. Reconozco también que si Toronja me hubiera convidado la primera de las tortas, el rechazo habría sido la respuesta.
Es otra cosa lo que nos convoca. Es esa sensación experimentada de presenciar una verdadera banda de presos, un rejunte infausto, un espectáculo bochornoso. Justa o no en el caso señalado, es una sensación que la patria futbolera ha atravesado un par de veces estas semanas.
La primera, y tal vez la más dolorosa: el seleccionado de ‘Show Ball’ de Diego Armando Maradona. Es horrible. Quieren venderlo como un divertimento inocuo pero luego en las transmisiones de los partidos (algo en sí polémico, que los pasen en directo y enterito), dibujan como si fueran finales del mundo. Todo bien, pero ver a McAllister tirando caños, al betito Carranza desparramando temple, al pelado Almeida regalando carisma y a Mancuso ofrendando constricción al trabajo, es como un poco fuerte. El Goyco debe ser el único que se salva, seguramente porque por fin consiguió un deporte cuya dinámica lo aleja del descuelgue sistemático de centros. Y el peor de todos, sin dudas, es el Diego. El Diego, y es la primera vez que pasa, cuando juega es espantoso. En general, si lo sacan es cuando mejor juega el combinado. Está bien, tiene el corazón con una hinchazón comparable al el ego de Víctor Hugo, pero ya está, listo, stop. Cambio, juez.
Y la otra verdadera banda de forajidos, disfrazados de técnicos y futbolistas profesionales, debe buscarse por el Litoral. Porque el objeto de estudio del relato de hoy no es otro que el dueño del Cementerio de los Elefantes. El Club Colón.
Es un caso curioso el de los Sabaleros. Pegaron un re buen ascenso, que les permitió asentarse definitivamente en primera, cosa que sus odiados primos tatengues envidiarían. Y luego, campañas con Pancho Ferraro y Cristian Castillo mediante, llegaron a ser segundos absolutos (tras un desempate con Independiente), lo que les permitió jugar la Copa Libertadores posta, cuando eran dos representantes.
Siguieron sólidos en lo deportivo, pero sobre todo en lo institucional, y se dieron lujos como comprar a jugadores de la talla de Giovanni Hernández, pretendido por clubes grandes. Creo incluso que pagándolo cash.
Promesa eterna de ser ‘la sorpresa’ de cada campeonato. Sitial que fue ocupando con otros clubes más rotativos (Gimnasia, Lanús, Arsenal, Quilmes), pero siempre con los de de Santa Fé allí. Generador de planteles importantes, con muchos técnicos (demasiados), con directivos cada vez menos institucionalistas y más mediáticos.
Una pléyade de torneos comenzados con esperanza infinita (viene a la mente un 3 a 0 a Chacarita en su cancha donde Fabri lo veía como campeón y Walter Nelson asentía) y luego rachitas de cinco derrotas y todo bajón. Experimentos con Toresani, con Chemo del Solar, con el Hombre Nuclear.
Y en un momento, imperceptible para todos, salvo probablemente para los propios hinchas, el club pasó de su eterna primavera (mas nunca verano) a un amesetamiento que ya ha mutado en depresión.
Y mientras estas reflexiones se reflexionaban, el otro día en el Olé una nota del presi actual reprendiendo en público a sus jugadores, y ganando de nuevo el centro de la escena como una vedette.
Y también cabe preguntarse del momento actual del team rojinegro, ¿Leo Astrada sí o no? Para opinar en serio sobre el popular entrenador, vamos a prescindir de su vestimenta -todo aquel que combine traje negro con remera negra con cuello ajustado debería ser alquitranado vivo. Pero así y todo, nuestra caracterización del otrora number cinco, sigue siendo negativa.
Sus equipos juegan mediocre, sobre todo porque planta sus medio campos lejos del gol y de la audacia. Y eso que es el último DT que se sumó a sus arcas un título de campeón en River. Los hinchas millonarios tampoco le perdonan mucho el affaire en la cancha de Banfield. Con Central se fue confusamente (parece igual que la gente lo bancaba bastante), y con Colón no puede salir de una letanía de malos partidos y peores resultados.
Pero aparte, y esto es un uno de los nudos conceptuales, Astrada es el mejor continuador de la línea de los técnicos marciales, militares. Que hablan enojados. Que miran duros. Manga de amargos.
El referente de ese estilo sin dudas es Daniel Passarella y sus rinoscopías trasnochadas. Y Leonardo Astrada con sus modales secos, su gran aprendiz. Tampoco la continuidad es un gran hallazgo o un argumento original de la sección. Cuando Passarella asumió en el River post Merlo ochentoso, una de sus grandes apuestas fue modificar un mediocampo con pibes, entre ellos Astrada. Y le salió más que bien, necio sería negarlo, el tipo fue durante lustros el patrón millonario. Entre los dos hay onda.
Tal vez desde ahí se forjó una amistad que en rara alquimia mutó en similitud de estilos entre el Kaiser y el Black. Váyase a saber. Cuestión que el otro día cuando hablaba luego de la derrota 1-2 de local contra Tigre, y decía ‘le quiero decir al Hincha de Colón que estoy cómodo, y no me voy’, parecía un regañón más que una explicación. Un tatequieto al simpatizante poco propicio para quien está con la soga al cuello. Remala papi, metele demagogia. Tampoco por decir, ‘estoy apenado’ sos un tribunero grasa como el Cholo Simeone. Y por ahora, simplemente por ahora, Astrada no tiene divorcios de treinta millones de dólares golpeándole la puerta. Si tal vez un turba furiosa de hinchas de Colón, con ganas de bañarlo en grasa hirviendo, que sobró de una cocción de tortas fritas.

March 7th, 2008 13:45
Bueno, bueno…Veo que la columna volvio a sus fuentes…
Me atreveria a hacer un solo comentario. Naturalmente sobre el showbol de Diegote. Creo que encontramos la version argentina de la lucha libre norteamericana: es un deporte dibujado, con atletas en mal estado y que la gente sabe que es un entretenimiento (una especie de reality futbolero)
March 7th, 2008 13:58
JP: Banco tu comentario, la verdad que no lo habia pensado en los términos del cachacascán, pero por pavo, porque me re cierra la analogía.
Incluso el desaforamiento de los relatores del showbol, algo muy propio del wrestling, donde en general uno hincha por el malo y otro por el bueno.