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La república en disputa

A veces creemos que nuestro presente siempre nos coloca ante un mundo totalmente nuevo. Falso, hay dilemas que enfrentamos, que ya aparecieron en nuestro pasado.
Por supuesto, tampoco es cierto que vivamos en una repetición endémica y decadente de lo que ya pasó. Ese sentimiento dejémoselo a la pequeña burguesía intelectual (y no tanto), que añora un pasado que nunca pasó.
No me olvido de que a la presidenta le gusta decir, Marx mediante, que la historia se repite como farsa. Tampoco puedo dejar de notar que Federico Pinedo es un claro ejemplo de la decadencia filogenética de la vieja clase dirigente, y esto tomando palabras de su propio antepasado, o del algo más simpático, pero positivista al, fin José Ingenieros.
Bueno, en cierto punto y, aunque a algunos les duela, la clase política, representa mucho más de lo que parece a los propios sectores que más reniegan de ella.
Pero lo que me interesa plantear ahora es un tópico recurrente en la historia Argentina, que cambió en sus usos, pero nos persigue como el fantasma que atravesaba la Europa decimonónica: desde su fundación, digamos Mayo 1810, la república argentina siempre necesita una nueva ola de republicanización.
Por eso hoy nos preguntamos: ¿qué es la república? ¿Por qué todos y cada uno se la apropian y le dan un sentido distinto?
La respuesta no va a satisfacer a nadie, pero es tan simple y directa como lo que los filósofos iluministas y las madres autoritarias consideran verdades autoevidentes: porque es así.
Tratemos de argumentar un poco.
Primero, como concepto, la república tiene al menos dos facetas claramente distinguibles. Una tiene que ver con la tradición más clásica y apunta a la idea del civismo. Éste no se reduce a la versión edulcorada del liberalismo ético que conocemos a través de un partido argentino algo más que centenario. Aunque sea anacrónico y enoje a algunos, esta cara de la república que nos lleva al ideal antiguo de la libertad como participación (sólo se es plenamente libre si se participa activamente de la política) tiene dos derivaciones que pueden gustar o no, como el populismo y el autoritarismo. Por eso, Maquiavelo por allá y Sarmiento por acá (sí el gran maestro) creyeron que se podía incluso confiar en el gobierno del uno (el principado por naturaleza contrario asimétrico de la república) para restituir imponer o recomponer la virtud olvidada de los ciudadanos.
La otra faceta es algo más moderna: asocia la república a la estructura general de un Estado. Tampoco se reduce aquí a un régimen político, ya para Hobbes e incluso para Kant una república podía ser (o tal vez era mejor que lo fuera) monárquicamente gobernada. La asociación de la república con la división de poderes es un producto de la modernidad tardía, pero incluso tiene más que ver con el gobierno representativo que lo que Montesquieu, el supuesto inventor del sistema, pensaba como república. De hecho, el noble francés creía como Maquiavelo que república tenía que ver con el ejercicio del poder político en varias magistraturas (el modelo romano) y no con la división funcional o estructural-clasista de la política inglesa que le era contemporánea.
Antes que nada la república era un deseo imposible de ser tan virtuosamente ciudadanos como el individualismo no nos permite serlo.
Vamos a los hechos argentinos del presente. ¿Quién es el dueño o dueña de la república?
Por un lado, tenemos un gobierno al que se califica permanentemente de autoritario y populista, pero cuya defensa discursiva apela menos al ideario de la república virtud, que para ser impuesta necesita de una autoridad jacobina, que a la fórmula del gobierno representativo. Me votaron para esto y si quieren gobernar preséntese a elecciones presidenciales y gánenlas. Si se leen los discursos de la presidenta, y no sólo la última apertura de sesiones, como hacen algunos leguleyos voraces de juicio político, se puede ver la recurrencia. No es buena ni mala esa selección de la tradición republicana: es una posible. En lo personal, como Rinesi, preferiría un recuerdo mayor al ideario del gobierno popular republicano donde el conflicto no es el mal endémico a eliminar, sino lo que permite que la vida social y política sea cada vez mejor y más libre (para Maqui, Roma es ejemplo de eso; Roma clásica, claro, y no la del Papa o el Berlusca).
La otra versión, la opositora a la ocasional ocupante del sillón de Rivadavia y sus partidarios, tampoco es a-problemática. El ARI y la Coalición Cívica quisieron recuperar el ideal clásico del civismo, pero no orientado a su faceta popular sino más bien a su raíz aristocrática (la famosa aristocracia de la virtud). Alberdi, mordaz y populista cultural cuando le venía en gana (como todo elitista que se precie de tal), decía que Sarmiento era el único republicano que, para mostrar su profesión de fe, hacía un árbol genealógico. Lilita suele caer en esa trampa sarmientina. Por eso se siente muy cómoda con Patricia Luro Pueyrredón, a pesar de sus pecados de juventud y menemismo, y nos pide que demostremos que llevamos la virtud en la sangre.
Esta visión no es nueva tiene que ver con el clivaje ético que permitió el surgimiento de la UCR y de casi todos los partidos radicales del mundo (y no somos tan originales). Un clivaje ético que no impedía atentar contra las instituciones legalmente (pero no legítimamente es, cierto) constituidas ya a principios del siglo XX, y que tal vez permitió también que no fuera tan molesto aceptar la proscripción de otro partido para ganar alguna partida del juego imposible post primer peronismo. Dejémoslo ahí.
La otra versión opositiora que escuchamos mucho tiene que ver con el gobierno del congreso y la constitución de consensos. La república y el gobierno del legislativo no siempre van de suyo, salvo como expresión de la voluntad popular rousseaniana que tampoco se llevaría de lo mejor con representantes electos por un pueblo apático, al menos para las expectativas del ginebrino.
Ahora bien, creo que en esta lucha de poderes lo que está en disputa no es la república verdadera, sino el control del gobierno de la república simplemente real. La república se reduce a un sentido ampliamente extendido, es parte del nombre del país y el que gana se queda con él. Si recordamos la vieja Ciencia Política de principios de siglo XX y sus versiones remozadas en el siglo XX (pienso en el excelente libro de Fabrini, El príncipe democrático) diremos que estamos en un escenario similar al de Estados Unidos pre-Roosbelt (Franklin D, no Teddy), donde lo que había era un presidencialismo de derecho, pero un gobierno del congreso de hecho, que derivaba en dos poderes neutralizándose mutuamente. La amenaza de “te veto lo que no me gusta” o “te hago caer los nombramientos si sos vengativa”, no la inventaron ni Rossi ni Morales. Y no somos tan originales, para bien o para mal.
Conclusión. No hay una república ni conceptual ni políticamente sin tensiones ni disputas. No hay dueños de la república, no los hubo nunca, ni los habrá jamás. La república es lo que está en juego y si queremos cambiar algo antes que horrorizarnos por los malos usos, hay que jugar. Eso hicieron los que, para bien o para mal, dejaron un legado en la historia conceptual y política de la república. Y eso aquí en la malhadada Argentina (una especie de Troya del subdesarrollo) tanto como en otros lugares donde también se pelean.

6 comentarios a “La república en disputa”

  1. Ricardo in Buenos Aires
    Marzo 9th, 2010 09:40
    1

    Silph
    Realmente has puesto las cosas en su lugar. Muy buen articulo!!!

  2. Diego E.
    Marzo 9th, 2010 17:31
    2

    Es un análisis interesante. Por lo menos para detenerse a reflexionar acerca de qué habla cada actor cuando menciona aquello que dice defender. De todos modos, admito que cotidianamente me resultan más cómodos, a la hora de intentar entender a Carrió, los análisis psicopatológicos.

    También me agradaría escuchar -como le escuché a Rossi y a Pichetto- algún elogio del conflicto. Esa tilinguería de que “tus derechos terminan donde empiezan los míos” me tiene harto.

    Por otra parte: ¿escribiste Roosevelt de ese modo por alguna razón?

  3. Manitoban
    Marzo 9th, 2010 18:39
    3

    Lo único que nos faltaría analizar es justamente la cuestión de las élites. Cualquier “república” tal como lo define Silph, y sin importar su constitución (parlamentaria, presidencialista, monárquica, etc) se nutre de una élite burocrático-política que es la que toma la decisiones, y es ahí donde Argentina tiene problemas, ya que el poder se ejerce para beneficio personal o sectorial y la visión de mediano y largo plazo tienen valor cero.
    Es la gran diferencia entre Argentina y Brasil, por ejemplo. Saludos.

  4. M
    Marzo 12th, 2010 01:37
    4

    Esto es lo que está haciendo con sus colaboradores Crítica Digital y su editora Nerina Sturgeon: http://magiacritica.wordpress.com/2010/03/11/critica-sin-magia-magia-sin-critica/
    Por favor, ayuden a difundir.

  5. Ricardo
    Marzo 12th, 2010 09:22
    5

    La idea de Republica tambien se remonta al modelado que le quisieron imprimir al pais las clases dirigentes, la oligarquia, frente a tanto mestizo y tanto inmigrante que -por Dios- andaba dando vueltas por el Buenos Aires del siglo XIX.
    Es una batalla cultural que a todas luces ganaron. Va de la mano del Granero del Mundo y de Buenos Aires es Paris en Sudamerica.
    Suena lindo y hasta pareceria deseable, sino fuera excluyente y colonizador.

    Saludos.

  6. silph
    Marzo 12th, 2010 09:48
    6

    Gracias por los comentarios, son muy enriquecedores.
    Respecto de la patologización de la política, es divertido pero también peligroso, qué vamos hacer. Apostilla chisme: Ingenieros decía que Monteagudo había sido un jacobino radical porque su cuerpo masculino escondía una mujer histérica y porque tenía ascendente afro-cosa que no se probó cuando Perito Moreno le hizo una autopsia (medio perversos, nuestros positivistas. Frente a eso CFK bipolar de noticias o Lilita chapa es casi un poroto, pero igual no sé, mejor acusarla, si se quiera a Mrs Carrio de nostalgia por lo teológico político.
    Respecto de la falta de elites, Paretto nos decía mucho de eso, pero te cuento que por motivos personales estuve algo más en contacto con ciertas elites brasileñas (sindicalistas, diplomáticos) y me llevé una desilusión de aquellas. Mucho trucho, por ej el sistema de evaluación e ingresos de nuestros diplomáticos hoy es mucho más profesional y riguroso. Así que no todo lo que brilla es oro
    Ricardo, sin duda el modelo de república tiene mucho de excluyente (podemos hablar 100 horas sobre el republicanismo francés su batalla contra la diversidad) pero sería injusto no (y ahora ando leyendo al amigo Monteagudo)no reconocerle el elemento emancipador a la idea. Además justamente la apuesta es demostrar que lo nacional popular (yo en lo personal prefiero lo popular primero pero es cuestión de gustos) también se juega en esa tradición, sino caemos en el determinismo simplista que ayuda poco. Sin duda, es una deformación profesional, pero yo creo que las ideas valen y tienen una materialidad que se entrelaza contradictoriamente con lo social en un sentido estructurar, y que hay que interrogarlo. Es la apuesta, por eso los discursos no son mentiras ni falsos reflejos, tiene valor para comprender cómo queremos vernos a nosotros mismos. La batalla ganada puede ser victoria pírrica
    Gracias y saludos a todos/as

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