El “feminismo” de Lagarde del FMI no nos representa

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Lagarde, la poderosa mujer que se apresta a ajustar los grilletes sobre los argentinos, cuestionó la composición 100% masculina de la delegación macrista. Algunos lo llamaron gesto feminista. ¿Lo es?

La delegación argentina, tan experimentada en ese oficio de defender los intereses sociales de los sectores más beneficiados, lucía impecables y flamantes trajes que contrastaban con sus rostros nerviosos. Esos hombres, educados en finanzas y en sumisión, limpiaban el cuello de la nación para que el FMI hiciera lo suyo: acogotarnos.

De repente, irrumpe la figura calma y parsimoniosa de una mujer, coqueta y segura. Chistine Legarde cuestionó, al pasar, que no hubiera mujeres entre tantos negociadores. Esa mujer y esos hombres, solos en ese cuarto paquete en las oficinas del FMI, se sentaban a hundir, por igual, a hombres y mujeres de Argentina en la miseria. El género, quizá, los separaba. El desprecio por nuestra clase de mujeres y hombres laboriosas, los fraternizaba.

Parte del feminismo, que pelea por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, reivindicó este gesto y, más en general, valoran positivamente el acceso o la igualdad de oportunidades para mujeres. No se refiere, este sector, a la pelea por “igual salario por igual trabajo”, una consigna de guerra del feminismo socialista y de los y las trabajadoras históricamente. O a la pelea para que las mujeres ganen presencia en organizaciones obreras de base, donde muchas veces están subrepresentadas las mujeres, incluso en los casos donde son mayorías inmensas, como es el caso de los sindicatos docentes. Ni siquiera se refieren al reclamo por el cupo femenino en las listas electorales y en el Parlamento en sí mismo. Todos estos derechos son planteados y defendidos por la izquierda.

No: este sector del feminismo reivindica el acceso de mujeres a cargos ejecutivos que, necesariamente, juegan una función de degradación, de humillación, de explotación y de opresión contra los trabajadores en general y las trabajadoras en particular.

Esas mujeres que “llegaron a puestos de poder”, esas Lagarde o Merkel, no nos representan ni nos dan orgullo como mujeres, porque militan día y noche por perpetuar un sistema que nos exprime en tanto trabajadoras y trabajadores, y nos oprime en tanto mujeres. No nos representa Irene Rosenfeld, la CEO mujer que dirige Kraft a nivel mundial: nos sentimos hermanadas con las trabajadoras que, en sus fábricas, tuercen sus columnas, tensan sus músculos al punto de enfermarlos, o cortan pedazos de sus cuerpos en accidentes hijos de los acuciantes ritmos laborales.

No nos sentimos, tampoco, hermanas de Cristina, que se opuso durante 12 años a que las mujeres de Argentina muramos como animales en clínicas para el aborto clandestino o que reprimió a las trabajadoras en Lear, junto a mujeres hijas de desaparecidos y desaparecidas.

Como dijimos recientemente, no nos interesa entrar al Jockey Club, para tener el “derecho” de ser esposas sumisas de oligarcas, empresarios y polistas. Nos interesa que las mujeres trabajadoras tengan guarderías y clubes tan lindos como esos que, hoy, detentan “los dueños y las dueñas de las cosas”.

Las mujeres de Pan y Rosas estamos a la cabeza, sin condiciones, de la pelea contra la violencia machista en todas sus manifestaciones, por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito para todas las mujeres y por la ampliación de derechos democráticos, sean cuáles fueran, si es que mejoran. Pero nunca desligamos esta pelea de la batalla estratégica para organizar a las mujeres trabajadoras por sus derechos, contra quienes nos explotan en tanto parte de esa clase que lo único que tiene es su fuerza de trabajo, y frente al Estado que garantiza la reproducción de este sistema de explotación y opresiones.

El 3 de junio nos encuentra a las mujeres en medio de una crisis nacional y con el gobierno discutiendo con el FMI como empeorar, más aún, nuestras condiciones de vida. Eso nos exige organizarnos en las facultades, en sindicatos y en fábricas.

Nuestra pelea contra el machismo y por el aborto legal, va de la mano, más que nunca, de enfrentar a los gobiernos y a los organismos imperialistas que nos atacan como mujeres y como clase trabajadora. Esto traza, está más que claro, una línea de fuego entre nosotras y Lagarde y las suyas que, será mujer, pero no nos representa.

Esta tarea es ardua y vasta, y nadie la hará por nosotras. Por eso, queremos que vos y todas las mujeres sumen sus fuerzas a Pan y Rosas.



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