Fiebre de dólar, nerviosismo financiero y crisis política gubernamental

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Anuncios que no alcanzan para frenar el nerviosismo de los “mercados”. Un dólar que parece imparable. Un Gobierno que ratifica que no habrá medidas para proteger a los trabajadores de la inflación. La única certidumbre es que el ajuste persiste.

“A veces mejor no decir nada”, dice una frase popular. En soledad y en una intervención de menos de diez minutos, el ministro de Producción, Francisco Cabrera regaló sonrisas incómodas y frases para el olvido, sin ninguna nueva medida para anunciar ni acuerdo alguno (de público conocimiento) con el sector empresario, con quien se había reunido minutos antes el gabinete nacional. A pesar de que se había rumoreado que habría empresarios en la conferencia, ni un solo representante lo acompañó en el anuncio.

Pero algo quedó claro. Cada anuncio realizado por el team económico o por el mismo presidente tiene un mismo y único interlocutor: los dueños del país, los “mercados”, los grandes grupos empresarios.

Hacia los trabajadores y el pueblo hay un silencio absoluto que se traduce por omisión en un mensaje evidente: lo único a lo que los trabajadores tendrán acceso privilegiado será a las consecuencias del ajuste económico en curso y porvenir.

Esta vez, Cabrera se encargó de garantizar a los empresarios que no intervendrá en la formación de precios de los productos básicos, ni de los de primera necesidad, ni de ningún tipo. “Aún” el aumento en el tipo de cambio no se trasladó a la inflación, atinó a decir, y cuando lo haga tampoco el gobierno impedirá que los empresarios puedan trasladar el costo económico al eslabón minorista, aquel del que las familias y el pueblo trabajador no tiene escapatoria. Sin embargo, ni siquiera para el más creyente liberal este anuncio es tranquilizador, por cuanto días atrás el gobierno intentó intervenir en el precio interno del combustible mediante negociaciones de Aranguren con las petroleras.

Las muestras de debilidad del gobierno van in crescendo. No bastó el anuncio de la negociación de un crédito con el FMI para calmar la pérdida de confianza de los grandes jugadores de las finanzas. Es que incluso en esa jugada arriesgada los resultados fueros negativos.

Si el objetivo era calmar los “mercados”, lo único obtenido es una promesa de crédito “Stand By”, sin definiciones de montos ni plazos, ni de sus condiciones (aunque ya son por todos conocidas), que agrega aún más nerviosismo al mundo de la timba y las finanzas. Por el contrario, lo que se sabe es que los condicionantes del FMI están muy ligados con un dólar más caro.

Descontrol

El dólar continuó este viernes su tendencia alcista, rozando el minorista los $ 24,40, para luego bajar apenas por debajo de $ 23, después de una intervención fuerte del Banco Central con una oferta de más de U$S 1.100 millones. En sólo tres semanas la entidad monetaria destinó cerca de U$S 9.000 millones para contener el tipo de cambio, con resultados escuálidos.

Esta pérdida de confianza por parte de “los mercados”, a la que hacen alusión con preocupación los analistas políticos, viene de unos cuantos meses atrás. El caballo arrollador con el que el gobierno salió a la disputa luego de las elecciones de medio término se estampó con la movilización popular de diciembre contra el ajuste y la reforma previsional. Los planes de un “reformismo permanente” debieron morigerarse para volver a lo que el gobierno llama “gradualismo”, es decir, un ajuste más moderado que el que solicitaba la burguesía pero que igualmente en el bolsillo popular estaba significando mucho más que mera gradualidad.

Los tarifazos tuvieron ese componente poco gradual porque se trata de un ataque generalizado y de impacto inmediato en los ingresos de los hogares. Allí el descontento popular y las movilizaciones están cuestionando los planes del gobierno.

Las repercusiones por el costo político de los tarifazos llegó a las puertas de los inversores financieros que, si no se conmovían por los enormes desequilibrios externos y la espiral de endeudamiento público (fundamentalmente externo), ahora sí empezaron a desconfiar en la posibilidad de continuar obteniendo rendimientos suficientes de corto plazo y de la viabilidad del plan político.

Por si faltaran fisuras el nerviosismo en las finanzas, las letras que emite el Banco Central (Lebac) explotaron en un pico de estrés y se vendían ayer con rendimientos del orden del 45 % a junio, llegando a superar el 100 % anual aquellas que vencen a 5 días. Esto significa una enorme inestabilidad e incertidumbre, que llevó a muchos tenedores de esas letras a desprenderse de ellas. El propio Banco Central debió ayer intervenir en el mercado secundario para calmar las aguas. El martes vence un stock récord de Lebac del orden de los $ 670.000 millones, lo que significará una fuerte prueba de fuego para la entidad que probablemente convalide tasas de interés altísimas.

Ministro de Producción, Francisco Cabrera

Un ajuste persistente

Este mundo frenético, sin embargo, es inabordable e inentendible para la gran mayoría de la población asalariada. Para los trabajadores y las mayorías sociales la crisis económica y política se vivencia con otras señales poco auspiciosas de lo que se viene. Un dólar cada día más caro, que si ya era accesible para pocos ahora será solo para una pequeña minoría.

Muchos pequeños ahorristas se enfrentan a maniobras y dilaciones de los bancos para entregar los ahorros en dólares. Se cortó el crédito hipotecario y se llegaron a rechazar cheques de empresas por el Banco Nación. En los medios se observa a un gobierno inquieto que no da respuesta a la inflación y al retraso salarial muy por detrás del incremento del costo de vida. Ya ni siquiera puede prometer aquella lejana película del “segundo semestre”. Se acabaron los globos amarillos.

Si el ajuste no es claro, echale agua

Entre tanta incertidumbre respecto del alcance, nivel y velocidad de la devaluación cambiaria, de la capacidad para reducir el riesgo implícito en la creciente suba de tasas y de las crecientes expectativas inflacionarias, entre otras tantas preguntas, una cuestión es indudable. El acuerdo con el Fondo Monetario viene acompañado de un plan de austeridad que pone en jaque los intereses del macrismo de continuar con ciertos márgenes de gradualidad en el ajuste.

Y con ataques más directos sobre el pueblo trabajador, dada la actual relación de fuerzas entre las clases, difícilmente el gobierno llegue a 2019 con aires victoriosos.

Dos aspectos de la política económica macrista eran hasta ayer festejados por el establishment y ahora empiezan a ser señalados. De una parte, el esquema de “bicicleta financiera” (elevadas tasas de interés y dólar “barato”). Como un gran descubrimiento se plantea que la corrida cambiaria estuvo impulsada por los mismos fondos de corto plazo que obtuvieron rentabilidades millonarias en el sector financiero local, convalidados por la política del Banco Central y la liberalización de los mercados por el gobierno.

De otra parte, el creciente endeudamiento externo. No menos de un mes y medio atrás el Congreso recibía al ministro de Finanzas Luis Caputo para dar explicaciones de sus negocios offshore y del elevado stock de deuda acumulado en los últimos años. Sólo la izquierda desmintió que este endeudamiento sea beneficioso para el país o se explique naturalmente como un resultado del “elevado gasto público”, sino producto de las políticas pro empresarias como el recorte impositivo a las patronales, la convalidación de la fuga de capitales y los propios pagos de intereses de deuda.

La “vuelta” al FMI no es tal porque el país nunca cortó los hilos de sumisión a dicho organismo. Los gobiernos kirchneristas pagaron anticipadamente U$S 10.000 millones al FMI con dólares contantes y sonantes destinando, excedentes del balance externo pocas veces observados en la historia, para continuar transfiriendo riqueza a acreedores buitre. Vale decir, además, que Argentina nunca dejó de ser miembro del FMI.

En sólo dos años y medio de gestión macrista la deuda pública casi se multiplicó en un 50 % (U$S 100.000 millones), principalmente con tenedores externos. La condición de posibilidad para esta política fue la estrategia de soberanía que tuvo para ofrecer el kirchnerismo: el “desendeudamiento”, que culminó con el aval del peronismo para el pago a los fondos buitre en 2016. De esta forma, el pago extraordinario de deuda ilegítima e ilegal de más de U$S 200.000 millones, se muestra ahora como una verdadera estafa para romper las ataduras con el imperialismo.

La crisis recién comienza y ya se evidencian las pocas herramientas que tiene el gobierno para responder. Ninguna opción contemplada excluye un ajuste sobre los trabajadores, sino mayores tendencias a la recesión y mayores ataques a las condiciones de vida. Por ello, hay que derrotar el acuerdo con el FMI, dejar de pagar la deuda externa y nacionalizar toda la banca bajo gestión de los trabajadores.



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