La economía en terapia intensiva con monitoreo del FMI

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Los detalles del acuerdo con el FMI develan una situación económica más grave que la pintada por Cambiemos: propone frenar baja de retenciones al agro y la aplicación de la reforma tributaria.

Los detalles del acuerdo con el FMI, conocidos a última hora del viernes, develan una situación económica más grave que la pintada por Cambiemos.

El staff report de 150 páginas elevado por los técnicos del organismo al directorio propone frenar la baja de retenciones a las exportaciones agropecuarias, como así también postergar en algunos aspectos la aplicación de la reforma tributaria que en beneficio de las empresas se votó en diciembre en el Congreso. Se puede llegar a dar la paradoja que el acuerdo con el FMI desate una rebelión patronal.

Los técnicos del organismo también indican, al estilo de lo impuesto a Grecia que tuvo que vender islas, que hay que deshacerse de tierras. No sólo eso: también liquidar acciones del Fondo de Garantía y Sustentabilidad (FGS) de la Anses.

Claro que la hoja de ruta del ajuste tiene como aspecto central seguir con los tarifazos para reducir subsidios. A la vez que atacar la masa salarial de los empleados públicos con el congelamiento de los ingresos a la planta y la reducción de los componentes no salariales (tales como bonos extras), en simultáneo a una propuesta de aumento del 8 % hacia mediados de 2019 mientras que se estima una inflación poco creíble del 17 %.

El próximo fin de semana llegará a Buenos Aires Christine Lagarde, acompañada por los técnicos Alejandro Werner y Roberto Cardarelli. Vienen a testear que los planes pergeñados en Washington tengan apoyo de los partidos de la oposición patronal.

La “vanguardia”

Al calor de la crisis, el imaginario de los cambiemitas eyectados del Gobierno estaba incorporando medidas como las retenciones al agro, el control de capitales y las regulaciones.

El ex presidente del Banco Nación, Carlos Melconian, afirmó días atrás que la plata del FMI no alcanzaría para cubrir el programa financiero del Gobierno.

Melconian señaló además que, frente al fracaso del plan A, Cambiemos está aplicando el plan B. La situación podría empeorar más: el plan C traería mayor devaluación y retenciones al campo. ¿Ya esté en curso esta tercera etapa? Y si falla todo, el plan D implicará incrementar el control de capitales y las regulaciones. Hasta ahora, parecía que se trataba sólo de elucubraciones del ex funcionario.

El recientemente renunciado subsecretario de Programación Macroeconómica, Luciano Cohan, también había generado una catarata de reacciones en contra y a favor al proponer, vía Twitter, “frenar por un tiempo la baja de retenciones a la soja”. No cree que las retenciones sean buenas, pero el problema que observa Cohan es que “no hay plata”.

El economista Pablo Gerchunoff, vinculado al radicalismo, había sido tajante: “Retenciones moderadas hoy o nacionalización del comercio de granos en dieciocho meses”. En la vida hay que elegir. El fantasma del kirchnerismo amenaza como una pesadilla al elenco oficial.

Brigada antiexplosivos

La corrida cambiaria no se terminó. Simplemente se tomó un descanso gracias a las nuevas dosis de alquimia financiera que aplica la dupla compuesta por Luis Caputo y Nicolás Dujovne.

Dujovne no tuvo tiempo ni siquiera para rearmar el gabinete de su ministerio. El 9 de Julio no pudo festejar el Día de la Independencia. Estuvo en Nueva York rindiendo cuentas a los Lobos de Wall Street: J.P. Morgan, Deutsche Bank, Morgan Stanley, BlackRock y Templeton. Juró que el ajuste avanza.

En lo inmediato, el plan en curso comprende el intento de amordazar el dólar. En una economía en terapia intensiva, el objetivo oficial es acotado: estabilizar al paciente. El Gobierno (y también el FMI), busca un dólar más alto para tratar de reducir el gigantesco déficit externo. El problema es quién maneja el ritmo devaluatorio.

En los partidos de fútbol se mide qué porcentaje del tiempo de juego mantiene la pelota cada equipo. Desde fines de abril, cuando comenzó la corrida, fue el “mercado” el que tuvo la tenencia de la pelota la mayor parte del tiempo. El Banco Central corría de atrás como los defensores argentinos al francés Kylian Mbappé.

Las últimas dos semanas fue el Banco Central, en coordinación con el Ministerio de Hacienda y Finanzas, el que retomó el control cambiario. ¿Cómo lo logró? Con una serie de medidas que implican mayor regulación: aumento de los encajes, reducción de tenencia de dólares por parte de los bancos, y, fundamentalmente, poniendo la tasa de interés por las nubes.

El efecto es claramente recesivo. No para los bancos que siguen ganando: en mayo reportaron ganancias por $ 14 mil millones, según informó el Banco Central. Se trata de una mejora interanual del 76 % lograda al calor de la corrida.

Pero el operativo de control del dólar tiene una pieza fundamental. Se trata del rescate de los especuladores con el canje indirecto de Lebac por Letes. De esta forma, el Gobierno busca desactivar la bomba de tiempo de Lebac, que vencen mayormente cada treinta días, con nueva deuda pública extendiendo los plazos hasta 378 días.

El operativo avanza lentamente. Las Letes despiertan poco interés en el “mercado”, que le mide a cada segundo el pulso al equipo económico. Tanto que el Ministerio de Hacienda comenzó a emitir otra alternativa financiera: el Bono de la Nación Argentina en Moneda Dual 2020, que garantiza ganancias frente a mayor devaluación.

El Gobierno busca extender la cuenta regresiva del reloj ubicado dentro del dispositivo explosivo de la alquimia financiera construida en dos años y medio de gestión. ¿Le alcanzará el tiempo para completar la tarea? Nadie lo sabe a ciencia cierta. De lograr completar este canje, el resultado será que se desactivó una bomba en pesos activando otra en dólares (es decir, moneda dura).

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El riesgo de default (cesación de pagos) se incrementó aceleradamente desde fines del año pasado: es lo que refleja la duplicación del costo de los Credit Default Swaps (CDS), un instrumento financiero que actúa como una suerte de garantía frente al no pago de la deuda. También se manifiesta en las advertencias del Instituto Internacional de Finanzas (IFF) sobre la vulnerabilidad de Argentina ante los cambios en el fluyo mundial de capitales.

La brigada antiexplosivos del oficialismo se encuentra limitada: en el mejor de los casos puede extender el tiempo de explosión, pero sabe que no logrará desactivar la bomba.

La guerra de la tijera

Los “mercados” tienen un termómetro ubicado en el mundo de la política: es para medir la posibilidad de aplicar el ajuste al que el Gobierno se comprometió con el FMI.

El oficialismo enfrenta una contradicción fuerte: si falla el acuerdo con el organismo internacional, la perspectiva es el caos económico; si logra su cometido, la recesión aumentará el malestar social. En los dos casos, la reelección de Mauricio Macri se hace cada vez más cuesta arriba.

Esto engendra otra tensión: sin reelección a la vista, el establishment financiero someterá a Cambiemos a nuevas corridas. Se ingresa en un período donde cada vencimiento de Letes o Lebac y cada revisión del FMI estarán cargados de tensión.

El número del ajuste fue creciendo: apenas se acordó con el Fondo, el Ministerio de Hacienda indicó una necesidad de recortes por $ 200 mil millones hacia el año que viene, pero en los últimos días dejó rodar que se requerirá más sangre: $ 300 mil millones.

Es que el pago de la bola de nieve de la deuda pública y la recesión inminente obligará a la liberación de cada vez más recursos mediante la reducción de partidas presupuestarias: todo para el capital financiero, los bancos y especuladores en general; nada para el pueblo trabajador.

Dujovne quiere repartir el costo del ajuste en partes iguales entre el Gobierno nacional y las provincias. El peronismo de los gobernadores aclara, para que no queden dudas, que está dispuesto a apoyar el Presupuesto 2019, pero no a pagar el costo político del ajuste.

Se entra en un período de disputa para definir por dónde se pasa la tijera que pondrá al borde de un ataque de nervios a todo el régimen político patronal. La llegada de Lagarde tiene el objetivo de visualizar el terreno donde se desenvolverá esa guerra. El FMI banca a Macri, pero no se quiere inmolar con él.

Marcha atrás

La industria está ingresando en zona de crisis. No sólo eso. El recorte de la obra pública impactará de manera directa sobre la rama de la construcción. Lo cual también afectará a las industrias que proveen a la construcción: metalmecánica, cemento, entre otras. El análisis por rama puede llevar al equivoco de no mirar a la economía como un sistema integrado: en realidad la recesión avanza como una oleada por todo el órgano económico.

Del retroceso de la actividad y el impacto de la inflación en el polvorín bonaerense tomó nota María Eugenia Vidal, que lanzó promociones de 50 % de descuento para compras en el Banco Provincia dos veces al mes. Es la misma receta que utilizó el año pasado para ganar las elecciones.

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Ahora las condiciones cambiaron: en aquel entonces el Gobierno nacional puso en marcha una batería de incentivos económicos. Ahora los motores se están apagando (como la obra pública) y la política monetaria del Banco Central conduce a una recesión que, según los analistas, durará como mínimo hasta inicios del año próximo.

Es una predicción optimista. La economía puede entrar en un círculo vicioso donde la recesión, que tiene una dimensión aún incierta, impida por la vía de menor recaudación cumplir con el FMI y obligar un waiver (perdón) por parte del organismo internacional, barajar y dar de nuevo. Es decir, salvando las distancias históricas y geográficas, ingresar en una dinámica similar a la observada al final del Gobierno de Fernando de la Rúa y, más recientemente, en Grecia.

Sin lugar para los débiles

La economía mundial no ayuda al plan de Cambiemos. Las tendencias a la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la perspectiva de nuevas subas de la tasa de interés por parte de la FED frente a un muy leve aumento de la inflación en el país del norte, las mayores tensiones por el Brexit, no resultan el mejor escenario para recomponer el equilibrio externo.

El rojo externo se podría atacar por varios frentes, pero los flujos de dólares hacia el exterior que no comprenden la compra de mercancías ni el turismo fuera del país son sagrados en el régimen social actual: la fuga de capitales, los pagos de la deuda externa, la remisión de las ganancias de las empresas imperialistas que actúan en territorio nacional, no están en discusión.

El Gobierno observa sólo la balanza comercial y el turismo, al que no está descartado que imponga algún impuesto. La Argentina capitalista genera muchos menos dólares por exportaciones de los que gasta en importaciones: se acabaron las condiciones extraordinarias de altos precios de las materias primas que permitieron durante largos años tener superávit comercial. Cambiemos agravó la situación con las políticas librecambistas.

En las actuales condiciones internacionales, aún con una devaluación más brutal es probable que las exportaciones no reaccionen lo suficiente para lograr obtener dólares genuinos a través del comercio exterior. Recomponer el equilibrio, por lo tanto, requerirá una recesión cada vez más profunda para derrumbar las importaciones.

Los límites del país con rasgos semicoloniales brotan por todos lados. El capital imperialista busca garantizar el saqueo de las riquezas que genera el pueblo trabajador. Resulta cada vez más necesario y urgente imponer un programa para que la crisis la paguen los que la generaron.

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