Las ideas anticapitalistas de Marx y Engels sobre el cuidado de la naturaleza

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La crítica a la degradación ambiental que anticipó gran parte del pensamiento ecológico actual, planteada a través del conflicto sobre la fractura metabólica y la oposición entre el campo y la ciudad.

Desde el año 1974 que se conmemora el Día Mundial del Medioambiente, una fecha establecida por la Asamblea General de Naciones Unidas como respuesta a la primera ola ecologista contemporánea de los años 60. Desde entonces un sector de la clase capitalista ha tratado de lucrar con la consigna del cuidado de la naturaleza, dando origen a lo que se ha denominado como greenwashing, una práctica en la que se realiza marketing de manera engañosa para promover la percepción de que los objetivos o las políticas de una organización o Estado son respetuosos con el medioambiente, pero que en realidad solo buscan amasar fortunas.

Así, este capitalismo verde promueve una reducción del impacto medioambiental de las mercancías y de los procesos de producción, a través del reciclaje o una mayor eficiencia energética y tecnológica, fundamentado en el mercado como la principal herramienta, además de las privatizaciones y la mercantilización de la naturaleza, ya sea como recursos naturales o capital natural.

Pero esta visión que sostiene que el crecimiento económico capitalista es compatible con la conservación de la naturaleza, es opuesta a la que tempranamente formularon Karl Marx y Federico Engels, cuya crítica a la degradación ambiental anticipó gran parte del verdadero pensamiento ecológico que surgió en la segunda mitad del siglo XX.

Fue en El Capital (1867) donde la concepción materialista marxiana de la naturaleza se integró plenamente en su concepción materialista de la historia. El resultado al respecto es un marco conceptual que le permitió a los fundadores del socialismo científico reconocer en el capitalismo una “fractura irreparable” en el metabolismo (o intercambio de recursos) entre la sociedad y la naturaleza.

Esto se puede sintetizar de la siguiente manera: la configuración de las ciudades industriales modernas implica necesariamente el despojo de los nutrientes del suelo, que son arrebatados al campo en forma de alimento y abrigo. Pero en vez de ser devueltos al campo (en forma de abono para mantener la fertilidad del suelo), son posteriormente desechados a los ríos y al mar, o acumulándose en las zonas pobres de las ciudades, en donde paralelamente se va concentrando cada vez más la población rural que es expulsada del campo para servir como “ejercito industrial de reserva local”, expuestos a diversas enfermedades. La irracionalidad del sistema capitalista, que implica una fractura total del metabolismo entre la sociedad y la naturaleza, socaba al mismo tiempo las fuentes de donde mana toda la riqueza social: la naturaleza y el trabajador. En consecuencia, una sociedad sin explotación ni opresión, es decir, la sociedad de productores libres y asociados del comunismo, implicaría necesariamente una regulación racional del metabolismo entre la sociedad y la naturaleza, bajo control colectivo y realizándolo con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas, además del fin del antagonismo entre la ciudad y el campo, mediante la combinación de la agricultura y la industria y una distribución más uniforme de la población en el país.

Estas ideas, que en realidad no tienen nada que ver con el capitalismo verde y su promoción de la ganancia privada como motor del cuidado de la naturaleza, fueron abordadas tempranamente por Marx y Engels en sus primeros escritos. Pero mediante el avance en el siglo XIX de la comprensión científica de la naturaleza y su relación con la sociedad, más la comprensión específica de las contradicciones del sistema capitalista descubiertas por Marx y Engels, los dos revolucionarios supieron exponer con mayor claridad la crítica a la degradación ambiental en sus obras maduras: El Capital y el Anti-Duhring. En esta tarea cumplieron un rol destacado los aportes del agrónomo escocés James Anderson y el químico alemán Justus von Liebig.

Veamos los diversos pasajes en las obras de los padres del socialismo científico en donde estos se refieren a la cuestión.

“Sólo mediante la fusión de la ciudad y el campo puede eliminarse el actual envenenamiento del aire, el agua y la tierra”

Engels en el Anti-Dühring señala: “Mientras que la fuerza hidráulica es necesariamente rural, la del vapor no es necesariamente urbana. Su aplicación capitalista es la que la ha concentrado primordialmente en las ciudades, transformando aldeas fabriles en ciudades industriales. Pero con eso mina al mismo tiempo las condiciones de su propia explotación. La primera exigencia de la máquina de vapor y la necesidad principal de casi todas las ramas de la gran industria es contar con un agua relativamente limpia. Pero la ciudad industrial convierte todas las aguas en un hediondo líquido. Por eso, en la misma medida en que la concentración urbana es una condición básica de la producción capitalista, en ella misma tiende siempre cada capitalista industrial a alejarse de las grandes ciudades que aquella producción ha creado, y a acercarse a la explotación en el campo. Este proceso puede estudiarse en concreto en los distritos textiles del Lancashire y el Yorkshire; la gran industria capitalista engendra allí constantemente nuevas grandes ciudades en su huida de la ciudad al campo. Análogamente ocurre en los distritos metalúrgicos, en los que causas en parte diversas producen los mismos efectos. Este nuevo círculo vicioso, esta contradicción constantemente reproducida por la moderna industria, no puede tampoco superarse sin superar su carácter capitalista. Sólo una sociedad que haga interpenetrarse armónicamente sus fuerzas productivas según un único y amplio plan puede permitir a la industria que se establezca por toda la tierra con la dispersión que sea más adecuada a su propio desarrollo y al mantenimiento o a la evolución de los demás elementos de la producción. La superación de la contraposición entre la ciudad y el campo no es pues, según esto, sólo posible. Es ya una inmediata necesidad de la producción industrial misma, como lo es también de la producción agrícola y, además, de la higiene pública. Sólo mediante la fusión de la ciudad y el campo puede eliminarse el actual envenenamiento del aire, el agua y la tierra; sólo con ella puede conseguirse que las masas que hoy se pudren en las ciudades pongan su abono natural al servicio del cultivo de las plantas, en vez de al de la producción de enfermedades”. Federico Engels, en el Anti-Dühring (o la Revolución de la ciencia de Eugenio Dühring). Sección Tercera, Socialismo (III. Producción).

Pocos años antes, en El problema de la vivienda (1872), Engels había señalado: “La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo no es ni más ni menos utópica que la abolición de la oposición entre capitalistas y asalariados. Cada día se convierte más en una exigencia práctica de la producción industrial como de la producción agrícola. Nadie la ha exigido más enérgicamente que Liebig en sus obras sobre química agrícola, donde su primera reivindicación ha sido siempre que el hombre debe reintegrar a la tierra lo que de ella recibe, y donde demuestra que el único obstáculo es la existencia de las ciudades, sobre todo de las grandes urbes. Cuando vemos que aquí, en Londres solamente, se arroja cada día al mar, haciendo enormes dispendios, mayor cantidad de abonos naturales que los que produce el reino de Sajonia, y qué obras tan formidables se necesitan para impedir que estos abonos envenenen toda la ciudad, entonces la utopía de la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo adquiere una maravillosa base práctica”.

Para exponer más claramente que hay una coherencia en la evolución del pensamiento de Engels, es importante advertir la siguiente cuestión: en el Manifiesto Comunista (1847), Marx y Engels habían señalado que una de las medidas que los comunistas debían implementar a través del gobierno obrero era la “combinación de la agricultura y la industria, medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la oposición entre la ciudad y el campo”. Pero en la edición inglesa de 1888, y una vez ya fallecido Marx, Engels debe especificar que esta combinación debe darse además, “mediante una distribución más uniforme de la población en el país”.

“La producción capitalista perturba el retorno al suelo de aquellos elementos que han sido consumidos bajo la forma de alimentos y vestimenta”

Por su parte Marx, en el Tomo III de El Capital, específicamente en La génesis de la renta capitalista del suelo, señala: “El latifundio reduce la población agraria a un mínimo siempre decreciente y la sitúa frente a una creciente población industrial hacinada en grandes ciudades. De este modo da origen a unas condiciones que provocan una fractura irreparable en el proceso interdependiente del metabolismo social, metabolismo que prescriben las leyes naturales de la vida misma. El resultado de esto es un desperdicio de la vitalidad del suelo, que el comercio lleva más allá de los límites de un solo país (Liebig). La industria a gran escala y la agricultura a gran escala explotada industrialmente tienen el mismo efecto. Si originalmente pueden distinguirse por el hecho de que la primera deposita desechos y arruina la fuerza de trabajo, y por tanto la fuerza natural del hombre, mientras la segunda hace lo mismo con la fuerza natural del suelo, en el posterior curso del desarrollo se combinan, porque el sistema industrial aplicado a la agricultura también debilita a los trabajadores del campo, mientras que la industria y el comercio, por su parte, proporcionan a la agricultura los medios para agotar el suelo”.

En el Tomo I, específicamente en La industria y la agricultura a gran escala, Marx indica: “Con la preponderancia incesantemente creciente de la población urbana, acumulada en grandes centros por la producción capitalista, ésta por una parte acumula la fuerza motriz histórica de la sociedad, y por otra perturba el metabolismo entre el hombre y la tierra, esto es, el retorno al suelo de aquellos elementos constitutivos del mismo que han sido consumidos por el hombre bajo la forma de alimentos y vestimenta, retorno que es condición natural eterna de la fertilidad permanente del suelo. Con ello destruye, al mismo tiempo, la salud física de los obreros urbanos y la vida intelectual de los trabajadores rurales. (…) La dispersión de los obreros rurales en grandes extensiones quebranta, al mismo tiempo, su capacidad de resistencia, mientras que la concentración aumenta la de los obreros urbanos. Al igual que en la industria urbana, la fuerza productiva acrecentada y la mayor movilización del trabajo en la agricultura moderna, se obtienen devastando y extenuando la fuerza de trabajo misma. Y todo progreso de la agricultura capitalista no es sólo un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino a la vez en el arte de esquilmar el suelo; todo avance en el acrecentamiento de la fertilidad de éste durante un lapso dado, es un avance en el agotamiento de las fuentes duraderas de esa fertilidad. Este proceso de destrucción es tanto más rápido, cuanto más tome un país (es el caso de los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo) a la gran industria como punto de partida y fundamento de su desarrollo. La producción capitalista, por consiguiente, no desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción sino socavando, al mismo tiempo, los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador”.

Esta idea de “los dos manantiales de toda riqueza” es ampliada en la Crítica al Programa de Gotha (1875), cuando señalan que “el trabajo no es la fuente de toda riqueza. La Naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza material!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre”.

“La economía capitalista registra un derroche gigantesco, por lo que a su aprovechamiento se refiere”.

Retomando el tomo III del Capital, específicamente en el Aprovechamiento de los residuos de la producción, Marx aborda el problema del reciclaje de los residuos, tanto de la producción como del consumo: “Los primeros son los desperdicios de la industria y de la agricultura, los segundos son, de una parte, los residuos que se derivan de los cambios fisiológicos naturales del hombre y, de otra parte, la forma sobre la cual subsisten los objetos útiles después de su uso. Residuos de la producción son, por tanto, en la industria química, los productos accesorios que en una fase inferior de producción se desaprovechan; las virutas metálicas que se desprenden en la industria de fabricación de maquinaria y que luego se emplean como materia prima en la producción de hierro, etc. Residuos del consumo son las materias orgánicas eliminadas por el hombre en su proceso de asimilación, los restos de vestidos en forma de trapos, etc. Estos residuos del consumo son los más importantes para la agricultura. La economía capitalista registra un derroche gigantesco, por lo que a su aprovechamiento se refiere. En Londres, por ejemplo, no se ha encontrado mejor destino al abono procedente de cuatro millones y medio de hombres que el de emplearlo, con unos gastos gigantescos, para convertir el Támesis en un foco pestilente”.

“Las condiciones que han de concurrir para que sea posible volver a aprovechar tales residuos son, en general, las siguientes: que se reúnan en grandes masas, lo que supone un trabajo en gran escala; que se perfeccione la maquinaria para que las materias que en su forma existente no eran aprovechables antes puedan transformarse ahora de un modo apto para la nueva producción; que la ciencia, especialmente la química, realice progresos en los que se descubran las propiedades útiles de los desperdicios”.

“Los llamados desperdicios desempeñan un papel importante en casi todas las industrias”, dice Marx, tomando como ejemplo los casos del lino, la lana y el algodón. “Pero el ejemplo más palmario del aprovechamiento de desperdicios nos lo ofrece la industria química. Esta industria no utiliza solamente sus propios desperdicios, para los que encuentra nuevo aprovechamiento, sino también los de toda otra serie de industrias, transformando, por ejemplo, los gases de alquitrán, que antes apenas tenían aprovechamiento, en anilinas, la materia colorante llamada alizarina, y últimamente, en productos médicos”.

El aporte de James Anderson y Justus von Liebig para una concepción ecológica marxista

Si bien la crítica sobre la oposición entre la ciudad y el campo formó parte del legado del socialismo utópico de las primeras décadas del siglo XIX, el aporte científico al respecto provino de un agrónomo escocés llamado James Anderson (1730-1808), cuya obra fue considerada por Marx como muy superior a la de Ricardo. El revolucionario estudió la obra de Anderson en 1851. En sus Teorías de la Plusvalía, Marx argumenta que lo esencial de su contribución reside en el hecho de haber historizado el tema de la fertilidad del suelo, y compartía su perspectiva de que un declive general de aquella debía atribuirse a factores tales como la carencia de inversión en la mejora del suelo como consecuencia del conflicto de clase entre el agricultor arrendatario capitalista y el terrateniente, o el empeoramiento real del suelo relacionado con la ausencia de reciclado de estiércol motivada por la creciente división entre la ciudad y el campo.

Fue la crisis de la fertilidad del suelo en la agricultura europea y norteamericana, más los avances en la edafología, lo que le permitió a nuestros revolucionarios transformar este enfoque histórico de Anderson en una crítica ecológica.

Aquí es donde entra en escena el químico agrícola alemán Justus von Liebig (1803-1873), de quien opinaba Marx en El Capital que “haber analizado desde el punto de vista de las ciencias naturales el aspecto negativo de la agricultura moderna era uno de sus méritos imperecederos”. Engels por su parte ya había tratado a Liebig en su Esbozo de una crítica de la Economía política de 1844. En una carta enviada a Engels en 1866, un año antes de la primera publicación de El Capital, Marx reconoce: “He tenido que vérmelas con la nueva química agrícola que se está haciendo en Alemania, en particular Liebig y Schönbein, que tiene más importancia para esta cuestión que todos los economistas juntos”. Dos años antes, en sus influyentes Cartas sobre el tema de la utilización de las aguas residuales municipales, el propio Liebig, basándose en un análisis del estado en el que se encontraba el río Támesis de Londres, señaló: “Si fuera posible recoger, sin la menor perdida la totalidad de los excrementos sólidos y fluidos de los habitantes de las ciudades, y devolverle a cada agricultor la porción procedente de los productos que originalmente había suministrado a la ciudad, se podría mantener la productividad de sus tierras casi intacta en los tiempos venideros y la reserva existente de elementos minerales de cada campo fértil seria de sobra suficiente para las necesidades de una población en aumento”.

Es importante hacer esta aclaración sobre Anderson y Liebig para no caer en una interpretación dogmática o fuera de contexto de la discusión respecto a los residuos, desechos y la importancia del reciclado en la concepción de Marx y Engels. Los capitalistas algo han cambiado para que en el fondo no cambie nada. El imperialismo británico ha logrado finalmente limpiar el Támesis pero al costo de destruir y socavar “los manantiales de toda riqueza social” en el llamado Tercer mundo. El imperialismo moderno ha llevado la fractura metabólica a un nuevo nivel, como es en el caso del ciclo del carbono, en donde la industria capitalista ha generado durante décadas una mayor cantidad de dióxido de carbono de lo que puede absorber la flora y fauna del planeta, acumulándose en la atmosfera con terribles consecuencias climáticas globales. También prolifera la obsolescencia programada que ha convertido a África y Asia Menos en los principales depositarios de basura electrónica del mundo, demostrando que el libre mercado es incompatible con el reciclado.

Por ello, frente a este escenario, es necesario que la revolución comunista que lleve al proletariado del siglo XXI al poder tome la tarea consciente de recomponer este metabolismo entre la sociedad y la naturaleza, algo que el capitalismo es incapaz de hacer desde el vamos. Tal como decía Marx: “Desde el punto de vista de una formación económico-social superior, la propiedad privada del planeta en manos de individuos aislados parecerá tan absurda como la propiedad privada de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad, una nación o, es más, todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra. Sólo son sus poseedoras, sus usufructuarias, y deben legarla mejorada, como buenos padres de familia, a las generaciones venideras”.



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