Los curas villeros contra las mujeres

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La Iglesia continúa su campaña contra las mujeres, dentro y fuera del Senado. Ahora, los curas “villeros”, que tienen como referente al sacerdote Pepe Di Paola, insisten en calificar de “antinatural” el reclamo de aborto legal.

Mientras se desarrollaba la tercera jornada de audiencias informativas del Senado, un grupo de sacerdotes encabezados por el obispo auxiliar de Buenos Aires, Gustavo Carrara y los sacerdotes José María “Pepe” Di Paola (Villa La Cárcova, José León Suárez), Carlos Morena (Villa Itatí, Quilmes) y Basilicio Britez (Villa Palito, La Matanza), realizó una conferencia de prensa para anunciar que impulsarán, bajo el nombre de “Hogar del abrazo maternal”, la creación de “centros de contención psicológica y asistencia alimentaria, sanitaria y legal y de orientación para el acceso a los planes sociales para mujeres con embarazos de riesgo o inesperados”.

Desde la parroquia Cristo Obrero de la Villa 31, en Retiro, los llamados “curas villeros” dieron lectura a una declaración en la que manifestaron su “dolor” por la media sanción del proyecto de legalización del aborto y llamaron a los senadores a rechazar la iniciativa teniendo en cuenta el “inmenso valor de toda vida humana, la de la madre y de la niña o niño por nacer”. “En nuestras propias parroquias –dijeron- dispondremos de un lugar adecuado para que puedan estar durante el día, almorzar, merendar, descansar, recibir cariño y contención, formación y orientación ante cada situación y, en los casos en los que no fuera posible la crianza posterior del niño, poder rápidamente articular con el sistema judicial para una pronta adopción del mismo”.

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Acompañados por cinco mujeres que colaboran en esos barrios con la acción de la Iglesia, los referentes del clero en la Ciudad y el Gran Buenos Aires dieron lectura al documento que firman unos cincuenta sacerdotes. Siguiendo con la tónica de las polémicas declaraciones del papa Bergoglio, acusando a quienes defienden el proyecto de prácticas “nazis”, así como de las que profirieron luego dirigentes del PJ y de la conducción de la CGT, los curas que promueven la “opción por los pobres” volvieron a afirmar que “los niños por nacer molestan” y aseguraron que “hay una fuerte tendencia a descartarlos, a quitarles el derecho a la existencia”. “Cada embarazo, cada niña y cada niño es esperado y recibido como un don, un regalo, con la esperanza de que un futuro distinto y mejor que el actual le espera”, aseguraron.

En defensa… de su propio interés

“Las mujeres de nuestros barrios eligen la vida, la vida de la niña o niño que vendrá y de la mujer que lo lleva en su vientre, incluso cuando muchas veces deben hacerlo solas, sin un hombre que se haga cargo de su paternidad y totalmente ausente. Por eso, las mujeres serán las grandes protagonistas de esta propuesta: como sujetos de derechos que no solo se reciben, sino que también lo brindan a sus pares”, afirmaron. La propuesta, sin embargo, más que a “iniciativa” suena a mandato: el mandato de la maternidad y de su aceptación como destino “único” y “natural” de la mujer, sin opciones, sin derecho a decidir cuándo, cómo y con quién ser madre, si es que queremos serlo.

Con mayor o menor ostentación, con un discurso más abiertamente oscurantista y reaccionario, o con otro edulcorado y matizado por la “preocupación” por “los pobres”, ya resulta inocultable que esta institución milenaria, que siempre ha mantenido profundos lazos con las clases dominantes, representa a una ideología enemiga de los derechos de las mujeres y de los sectores más oprimidos de la sociedad, sobre los que busca ejercer ese control y dominio.

Los antecedentes hablan por sí solos. Mientras desarrolla su campaña militante contra el derecho a no morir que reclaman las mujeres, la Iglesia sigue ocultando entre otras cosas que entre sus miembros hay miles de curas acusados por abuso y violación de niños y niñas en las instituciones que éstos representan, con los sueldos, propiedades, exenciones impositivas y jubilaciones de privilegio que, entre otros aportes directos e indirectos, les garantiza el propio Estado.

No se trata de una repentina preocupación por la situación de las más jóvenes y pobres que año tras año, sin acceso a los derechos más elementales, se convierten en madres, aunque no quieran serlo. Se trata de la preocupación por contener la potencialidad de la fuerza que hoy se expresa en la pelea por el aborto legal, cuestionando su injerencia en las políticas públicas, y por esa vía los mandatos y el papel que tiene en la sociedad. Su preocupación no es “la defensa de la vida”, es la defensa del poder social, político y cultural que le garantiza el ejercicio de ese rol, puesto tantas veces al servicio de mantener este orden social. La inmediata separación de la Iglesia del Estado está a la orden del día.



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