Marta Ramallo: “Vidal, Garro y Lacki están del lado de los proxenetas que se llevaron a mi hija”

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La madre de Johana, la joven desaparecida hace un año, le escupe en la cara a la “Justicia” y a la Bonaerense. Le exige a la gobernadora, al intendente de La Plata y a la fiscal que le devuelvan a su hija con vida, porque sabe que el Estado es responsable.

Marta Ramallo condensa en sus ojos un año de lucha. En ellos se traslucen y entremezclan fuerza, tristeza, aprendizaje y recuerdos.

A su casa del barrio platense de Villa Elvira la ganó el silencio. Pero no es un silencio triste, sino expectante. Cada vez que un ruido irrumpe en la vereda, las cabezas de seis hermanos espían por la ventana para ver a Johana entrar de nuevo, con una sonrisa y flores en la mano.

Hace un año Marta le aseguraba a la titular de la Fiscalía Nº 2 de La Plata Betina Lacki (quien comenzó con la causa caratulada “averiguación de paradero”), que a su hija se la llevó una red de trata.

“La Justicia me dijo que mi hija se había ido, que andaba perdida, que pasaba en colectivo cerca de mi casa, pero yo sé que no es así, que eso es lo que nos quieren hacer creer: que nuestras pibas se fueron por su cuenta, que nuestras pibas conocieron un machito y se fueron”, comenzó diciendo Marta a La Izquierda Diario.

Inmediatamente Marta comprendió que el Poder Judicial no sólo patriarcal, sino que además discrimina por la pertenencia de clase. “Betina Lacki no la buscó porque mi hija desapareció de la Zona Roja de la ciudad de La Plata, no desapareció de 7 y 50”, dice en referencia al centro de la capital bonaerense. “Mi hija estaba en un estado de prostitución y de adicciones y era víctima de proxenetas y narcotraficantes, también de la Comisaría 9°”, agrega.

Vale recordar que se trata de la misma seccional policial tristemente famosa por ser el lugar donde desapareció el joven estudiante de periodismo de 23 años Miguel Bru en 1993.

Recuerda Marta aquellas primeras semanas de búsqueda, cuando el cansancio le ganaba la pulseada y la tristeza la invadía, se recostaba en su habitación con la luz apagada y se refugiaba con la excusa de un dolor de cabeza. Uno de esos días la hija de Johana entró y la cuestionó: “a vos no te duele la cabeza -afirmó desde la puerta-, vos llorás porque te sacaron a mi mami, pero vos no te vas a quedar ahí, levantate y anda a buscarla, anda a buscar a mi mamá, abuela”, le dijo.

“Con seis años y a quince días ella se dio cuenta. Y a un año la Justicia no se da cuenta de esas cosas”, reflexiona.

Proxenetas

“Cuando le escupí la cara a Lacki y le dije que era una proxeneta más me respondieron que me podían hacer otra causa. Pero no porque tengan un silloncito de oro ellos podían juzgar a mi hija y no buscarla”. Esa es la relación de Marta con el Poder Judicial, al menos desde hace un año.

“En la DDI le escupí la cara a un policía porque se burlaba de cómo buscaba a mi hija, le pedía que no la busquen en bolsas de basura, con perros especializados en cadáveres, a mi Johana me la buscás viva y sonriente como ella se fue de mi casa”.

Actualmente la causa está en el juzgado Federal N°1 de La Plata, a cargo de Ernesto Kreplak, pero sigue sin haber respuestas.

“Estoy reclamando viva a mi hija, que así como me la sacaron que aparezca en mi casa, con todos sus sueños para que ella los cumpla, que la dejen ser una piba libre con todos los derechos que ella tiene de ser mujer”.

Mientras, la gobernadora María Eugenia Vidal y el intendente de la ciudad Julio Garro le negaron reiteradas veces a Marta siquiera tener una reunión. “Vidal, a cinco meses de la desaparición de Johana, estaba sentada en la mesa de Mirtha Legrand, mientras mi nieta esperaba a la mamá para que la peine y la lleve a la escuela”, recuerda.

Marta se acuesta y se levanta maldiciendo a esos representantes del Estado que no sólo le dieron la espalda sino que son cómplices. “Garro, Vidal, Lacki son unos proxenetas más, se olvidan que Johana es hija, mamá, hermana, nieta, no es una piba que desapareció, como dijo Garro”. Y agrega que “si ellos no estuvieran a favor de los proxenetas y de los narcotraficantes nuestras pibas no estarían en la situación en la que están”.

Para ella queda claro que el Estado es responsable, “no solo por la desaparición de Johana y no sólo es este gobierno, viene pasando con todos los gobiernos que tuvimos”. Y sostiene que “ninguno pudo desbaratar las redes de trata, sino ya a Marita Verón la hubiesen tenido con su hija y con su familia”.

Ausencias que cambian la vida

La casa de Marta está llena de fotos, carteles, banderas. “El 27 de julio esta casa se apagó, quedó así en silencio, porque ves que mis hijos no juegan, no se ríen entre ellos”. El 26 Marta agarró una mochila que habían “cirujeado” con Johana. Hacía mucho frío y lloviznaba. Ese día todos los hermanos estuvieron acostados en una cama para darse calor, hasta que Marta tuvo que salir a buscar a su hija.

  • Ma, ¿adónde vas?
  • Cuidá a los nenes que ahora vengo. Voy a buscar a Johana, vos hacé algo de comer.
  • Pero yo no sé cocinar.
  • Hace lo que te salga.

    Horas más tarde Marta volvió sin su hija, luego de recorrer las comisarías locales, y vio cómo los hermanos de Johana asomaban sus cabezas por la ventana esperando verlas llegar juntas.

    Desde ese día sus hijos aprendieron a cocinar, a preparar el mate para esperar a su mamá que aprendió a salir a luchar.

    La vida de Marta dio un giro de 180 grados al tener que aprender a vivir sin Johana, esa compañera de vida con la que participó en la olla popular de Plaza San Martín, con la que trabajaba en el programa cooperativo “Ellas Hacen”, con quien hacía mandados todos los días.

    “No sólo le sacaron los derechos a mi hija. Mi nieta antes hacía dibujitos, las vocales, ahora hace cartas para la mamá. Con seis años escribe ‘Devuelvan a Johana’”, sostiene.

    Marta se rodeó de otros hijos e hijas que la acompañan en su lucha. Jóvenes de diferentes agrupaciones y partidos políticos que se organizan para reclamar que Johana aparezca con vida.

    “Aprendí a conocer a gente honesta, a creer y a confiar. No estaba tan sola como creía”, dice. Y agrega: “aprendí a que la vida es esto, o la luchás o te dan por la espalda”.

    Hace un año Johana salió de una estación de servicio ubicada en la esquina de 1 y 63 de La Plata. Desde entonces no se supo más de ella. Varios pares de ojos siguen esperando verla llegar riendo a carcajadas, con sus 24 años, para jugar a la Play o a la bolita, para mirar Los Simpson, para recibir un pellizco de cachete.

    “Yo decía que eran dos locas, Johana y mi nieta, porque siempre que venían a visitarme me pedía que las alcance. Y cuando salía las veía a las dos juntas de la mano, corriendo, con los brazos abiertos y con flores que cortaban por la calle”, finaliza.



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