Seamos realistas, no paguemos la deuda

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Está en curso una nueva avanzada del saqueo por parte del capital financiero imperialista. Un poco de historia y sus consecuencias.

Las turbulencias financieras de estos días encontraron un impasse contingente. El Banco Central pasó airoso el supervencimiento de Lebac del día martes. El Gobierno celebró la calma de pocos días como si hubiera ganado el Mundial.

En una aparente paradoja, el oficialismo estabilizó la cotización del dólar potenciando todos los factores especulativos preexistentes: suba de tasas de Lebac, menores encajes bancarios, además de recurrir, con la “mano invisible” del ministro de Finanzas, Luis Caputo, a BlackRock y Templeton, dos fondos buitres aún más corrosivos que J.P. Morgan. Aun así, se decretó vencedor.

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Pero la paradoja es aparente: los vencedores fueron otros. Los “mercados”, que no hacen conferencias de prensa, lograron imponerse. Quien habló en su nombre fue Mauricio Macri desde Olivos: anunció que se acelera el ajuste porque lo pide el “mundo” (en criollo, el capital financiero) y reconoció que hubo problemas de coordinación del equipo económico.

Un balance provisorio indica que en las últimas semanas el fuego amigo de los “mercados” obligó a un giro drástico en la política económica: el llamado gradualismo, que para las mayorías trabajadoras no es tal, descansa en paz.

Macri decretó el fin de las turbulencias. Se trata de un anuncio apresurado. Todo se postergó apenas un mes: hasta el próximo vencimiento de Lebac. Todavía falta ver la letra chica de los condicionamientos del FMI: por ejemplo, si exige más devaluación.

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No solo eso. En junio se espera que el Morgan Stanley Capital Internacional (MSCI), con sede en la torre siete del World Trade Center de Nueva York, dé su veredicto sobre si Argentina merece el calificativo de “mercado emergente”.

En las actuales condiciones, no puede descartarse que esa decisión sea adversa como el año pasado. Sería un cimbronazo a las alicaídas expectativas financieras.

Hay algo más. La suba de tasas en Estados Unidos, que fue uno de los desencadenantes de la corrida cambiaria, parece no haber concluido.

Pero… ¿qué tiene que ver la deuda?

A través del mecanismo de la deuda, el capital financiero internacional (ahora de nuevo el FMI, J.P. Morgan, BlackRock, Templeton y tantos otros buitres) efectúan una extracción permanente de recursos (plusvalía) del país: los intereses pagados promedian el 2 % del Producto Interno Bruto (PIB) en el período 2000-2017.

En los últimos años está creciendo el saqueo: en 2017 fue 2,6 % del PIB. Para ser más claros: se llevan una parte de lo que produce la clase trabajadora.

Los pagos de intereses en dólares crecen vertiginosamente desde la salida de la Convertibilidad (donde también eran elevadísimos), luego del default y la renegociación de deuda: a una tasa anual de 14 %. Esto implica un monto acumulado de U$S 135 mil millones. Para dar una idea, se podrían haber construido 1.350.000 viviendas con esos recursos.

La mayor parte de esos pagos de intereses fluyen al exterior: durante los gobiernos kirchneristas se estima que se pagaron U$S 87 mil millones de intereses de deuda, de los cuales salieron U$S 70 mil millones hacia el exterior.

Esa es sólo una dimensión. Cuando la lupa se pone sobre el Presupuesto de la Administración Pública Nacional, que se vota todos los años en el Congreso con mayoría de votos, tanto del oficialismo como de la oposición peronista, se ve de manera más directa la colisión con las necesidades de las mayorías: este año los pagos de intereses se llevan el 14% del gasto público.

Se trata de $ 406 mil millones (más de U$S 16 mil millones al tipo de cambio actual). Si no se paga la deuda se puede duplicar el presupuesto de educación, salud, de ciencia y técnica, vivienda y urbanismo, agua potable y alcantarillado. O se podría incrementar ¡700%! el ingreso de los 2,7 millones de personas registradas en el decil más bajo en la Encuesta Permanente de Hogares del Indec.

“Claramente esta semana el mundo ha decidido que la velocidad en que nos comprometimos a reducir el déficit no era suficiente y por eso tenemos que acelerar”, afirmó Macri desde Olivos.

Todo el establishment económico tiene en su boca las palabras “ajuste” y “déficit”. Pero hay un dato muy importante que cuidadosamente se evita destacar: el 60 % del déficit financiero público se explica justamente por los pagos de intereses de la deuda.

El pago de intereses aumenta ¡69 %! este año. Y se van a incrementar más con las nuevas colocaciones y el acuerdo en ciernes con el FMI. Es decir, que el déficit va a seguir en alza justamente por la deuda.

Flojo de papeles

Lo que recapitulamos hasta ahora comprende sólo los pagos de intereses. Pero todo el mundo sabe que el endeudamiento comprende, obviamente, la devolución del capital inicial prestado.

En este punto comienza cierto “caos” en el registro histórico. En primer lugar, porque el Estado nacional está flojo de papeles.

En una entrevista, Alejandro Olmos Gaona, quien como su padre estudió los fraudes con la deuda, explicaba que cuando el Juzgado Federal Nº 2 solicitaba al Ministerio de Economía y al Banco Central documentación “contestaban invariablemente que ellos no tenían registro de la deuda, sino simples anotaciones sin valor contable”.

Esta falta de documentación atravesó, por ejemplo, la negociación que realizó Axel Kicillof con el Club de París.

No solo no existe (o se oculta) la documentación que respalda las deudas, sino que a nivel estadístico tampoco es fácil recapitular la evolución del endeudamiento.

Incluso los cambios metodológicos en las estadísticas dificultan más la tarea. El año pasado, La Izquierda Diario publicó un informe especial de Esteban Mercatante sobre el estado de la deuda pública con el macrismo: allí se señalaron varios cambios metodológicos de Indec que disimulaban el impacto del crecimiento del endeudamiento externo.

Con las mencionadas dificultades a cuestas, este diario recopiló datos de la evolución de la deuda de distintas fuentes. Allí se ve como a pesar de los pagos cada vez mayores, la deuda es una bola de nieve: creció 3.900% desde el inicio de la dictadura hasta la actualidad.

En el medio se pagaron U$S 546 mil millones entre capital e intereses: es como regalar un año entero de la riqueza que se produce en el país.

Mecanismo de dominación imperialista

Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, planteaba que la exportación de capitales (como la “lluvia de inversiones” que no llegó a la Argentina) y la deuda externa, constituyen mecanismos de dominación imperialista.

No es casualidad que las grandes plazas financieras sean Nueva York y Londres. Allí residen los emporios financieros que gestionan las deudas.

Argentina es prolífica en ejemplos de este tipo de ataduras que trae la deuda. Comenzaron con los balbuceos en la constitución de un Estado: del primer empréstito de la Baring Brothers a Bernardino Rivadavia casi no llegó una libra esterlina al país, pero la deuda se pagó durante un siglo.

En la historia contemporánea, la deuda pegó un salto con la dictadura. Los países de América Latina recibieron el 80% de los préstamos que se orientaron a los países en “desarrollo” en la década de 1970: el endeudamiento de América Latina que en 1970 llegaba a un total de U$S 21 mil millones pasó en 1980 a ser de U$S 243 mil millones.

Fue una política de los centros financieros, en connivencia con la clase empresarial local, para colocar los llamados eurodólares y petrodólares que no encontraban salida rentable en las economías centrales.

En Argentina alimentaron la “patria financiera” y la “plata dulce”. Un efímero bacanal que todavía paga el pueblo trabajador.

Existe una denuncia de Alejandro Olmos (padre) y un fallo del juez Jorge Ballestero sobre el carácter ilegal, ilegítimo y fraudulento de esa deuda: se comprobaron 470 ilícitos, entre ellos la nacionalización, durante la dictadura, de la deuda privada en beneficio de la familia Macri, Renault, Pérez Companc, Bridas de la familia Bulgheroni, Pescarmona, Ford y muchas otras empresas.

La estatización definitiva la consagró el Gobierno de Raúl Alfonsín: se dio en 1985 cuando José Luis Machinea asume el Banco Central y sustituyó la garantía del Estado, que era accesoria, por obligaciones principales del Estado, explicó a La Izquierda Diario, Alejandro Olmos Gaona (hijo).

Cada renegociación de deuda reportó enormes ganancias para el capital financiero: el Plan Brady (por el nombre del secretario del Estado de los Estados Unidos) durante la presidencia de Carlos Menem, junto con la cada vez mayor injerencia de los organismos internacionales, estuvo vinculada al plan de privatización de las empresas públicas.

Durante el Gobierno de la Alianza de Fernando De La Rúa tuvieron lugar el “blindaje”, que fue anunciado con el famoso “qué lindo es dar buenas noticias”, y el “megacanje”, denunciado como una operación fraudulenta en la que estuvo involucrado el actual presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger.

El relato K muere en George Soros

Juan Domingo Perón al inicio de su primer gobierno buscó ratificar el ingreso al FMI suscripto por Edelmiro Farrell, pero en 1948 desistió y solicitó al Congreso no tratar la adhesión. Finalmente, será por consejo de Raúl Prébisch durante la Revolución Fusiladora, que Argentina se incorpora al organismo internacional.

En 2006, en un hecho inédito, Néstor Kirchner pagó casi U$S 10 mil millones en efectivo al FMI, pero Argentina nunca abandonó su participación en el Fondo. En este punto, como en otros tantos, el kirchnerismo, y el peronismo en pleno, quedó a la derecha del fundador del movimiento.

Néstor Kirchner, junto a Roberto Lavagna, realizaron la negociación del canje de 2005. La quita conseguida fue presentada como soberana.

En realidad, la mayoría de los tenedores de bonos los habían adquirido durante la crisis con cotización por el piso, por lo cual aun con quita muchos hicieron hasta 300 % de ganancias, como reconocería más tarde Kicillof en la disputa con los fondos buitre.

Los especuladores no sólo habían comprado los bonos cuando su cotización se había derrumbado, sino que también, los que aceptaron el canje, se beneficiaron de pagos extras en función de la inflación y el crecimiento de la economía: los cálculos indican que la contabilización en los años posteriores de estos pagos extras compensaron la quita.

En ese canje, como en el de 2010 de Amado Boudou y en el acuerdo con Chevron, se aceptó que los litigios se resuelven en los tribunales de Nueva York. Esto implicó darle poder de fuego al juez Thomas Griesa que luego falló contra Argentina en beneficio de los fondos buitres que no aceptaron los canjes.

Un testimonio de que los canjes de 2005 y 2010 fueron un enorme negocio para varios buitres “buenos” lo constituye el repaso de sus nombres: George Soros (el que especuló contra la libra esterlina ganando U$S 1 mil millones en pocos días), los fondos Gramercy y Fintech del mexicano David Martínez (por entonces accionista de Telecom, Personal, Arnet y socio del Grupo Clarín en Cablevisión) y Kyle Bass (que hizo millones especulando con hipotecas en Estados Unidos).

Axel Kicillof quiso volver a los “mercados”. Para eso realizó acuerdos entreguistas con el Club de París, el Ciadi y Repsol. En el primer caso, la deuda reconocida a ese consorcio de bandoleros fue de U$S 9.700 millones cuando antes de las negociaciones el gobierno decía que rondaba los U$S 6 mil millones. Nunca hubo una explicación: París bien vale una misa.

El ex ministro, hasta hizo una Ley de Pago Soberano en la que volvió a ofrecer 300 % de ganancias a los fondos buitres que litigaban en Nueva York. Pero estos querían más: pedían 1.600 % o más de ganancias, algo que finalmente les concedió el macrismo. Kicillof tampoco se privó de realizar operaciones de endeudamiento con J.P. Morgan, uno de los bancos detrás de la corrida de estos días.

Los “pagadores seriales”, como autodefinió Cristina Fernández a los gobiernos kirchneristas, pagaron U$S 200 mil millones de deuda pública: para eso sacaron plata de la Anses (es decir, de los jubilados), recurrieron a fondos del Banco Nación y a las reservas del Banco Central. Todo para honrar la deuda.

Aun así, la deuda pública pasó de U$S 145 mil millones cuando asumió Néstor Kirchner a U$S 223 mil millones cuando culminó la gestión de Cristina Fernández.

¿Qué pasa cuando se paga la deuda?

La historia de nuestro país muestra que el pago de deuda y los acuerdos con organismos internacionales vienen acompañados de privatizaciones, descuentos del 13% a los estatales y jubilados (detalle: fue votado por el peronismo en el Senado), que fue la condición para el “blindaje” durante la Alianza, reformas laborales y previsionales que atacan derechos conquistados.

La deuda, además, financia el repago de vieja deuda, la fuga de capitales que alcanza cifras exorbitantes en toda la historia argentina, acentuada con el macrismo, y la remisión de ganancias de las empresas multinacionales.

Las crisis desde la dictadura a esta parte estallaron justamente por pagar la deuda para sostener este saqueo.

En un artículo titulado Ellos o nosotros, Claudio Katz explica que en Grecia, gracias a los acuerdos con la Troika (Banco Central Europeo, Comisión Europea y FMI), “ya padecieron cuatro rescates de sus bancos y tres agudas recesiones que retrotrajeron un 25% la renta nacional. La tasa de desempleo bordea ese mismo porcentaje, la deuda pública ha trepado al 180% de PBI y las pensiones sufrieron 14 recortes”. Eso pasa cuando se paga la deuda.

¿Y si no pagamos? Cala entre los trabajadores el sentido común que crea la burguesía a través de sus usinas ideológicas, políticos y periodistas: “nos caemos del mundo”, “no somos previsibles”. Es terrorismo mediático. No se desatarán las siete plagas ni van a invadir el país.

En 2001, Adolfo Rodríguez Saá decretó el default de deuda con los bonistas (no así con los organismos internacionales a los que se siguió pagando) sin represalias. Claro, lo hizo, no por convicción antiimperialista, sino porque no había un centavo en las arcas del Estado.

En Ecuador, Rafael Correa, también realizó una cesación de pagos: “La suspensión de los pagos no implicó problemas con la exportación de petróleo, de banana ni de camarones, que son los principales productos que exporta el país. El Ecuador siguió funcionando normalmente”, explica Alejandro Olmos Gaona.

Argentina debutará en el Mundial de Fútbol frente al modesto equipo de Islandia. Producto de la crisis mundial desatada en 2008 ese pequeño país dejó de pagar su deuda afectando los intereses financieros de Gran Bretaña y otras potencias europeas en medio de la crisis social y la hecatombe económica.

La deuda había crecido al calor del fraude bancario y de los más ricos personajes. La burguesía había perdido todo recurso moral para exigir el pago.

En todos estos default los países estaban exhaustos de tanto pagar. En circunstancias críticas el sistema capitalista acepta absorber el no pago como salida transitoria para recomponer el ciclo de negocios, pero el no pago que plantea la izquierda va en el sentido de la ruptura con el dominio imperialista.

Por eso debería apuntar a despertar la simpatía de los oprimidos del mundo, como ocurrió con la campaña por el no pago de la deuda de Grecia, algo que finalmente fue defraudado por Syriza (claro, nunca había sido su programa).

El no pago que propone la izquierda apunta liberar recursos para la vivienda, mejorar los salarios, la salud y educación. Claro que esta medida impuesta por la vía de la movilización iniciaría una ruptura con los lazos de dominación del imperialismo, que seguramente querrá imponer represalias llevándose los dólares o bloqueando la economía.

En el libro Endeudar y Fugar, editado por Eduardo Basualdo, se detalla a cincuenta grupos que fugaron capitales al calor de la crisis de 2001: Pérez Companc, Telefónica de Argentina, Repsol, Telecom, Nidera, Shell y sigue la lista. La banca debe dejar de ser una canal de la fuga de capitales.

Por eso, para dar una salida integral a la crisis, el no pago de la deuda debería ligarse a otras medidas como la nacionalización de la banca bajo gestión de los trabajadores: así también se evita que se confisquen a los pequeños ahorristas como hizo al principio de su gestión Carlos Menem o la Alianza con el “corralito”.

Una banca estatal única sería una herramienta poderosa para el crédito barato para la vivienda popular o para el pequeño comerciante ahogado por el gran capital.

En el mismo sentido apunta el monopolio estatal del comercio exterior: hoy existe un monopolio privado de agroexportadores y grandes industriales que operan en favor de la devaluación, por ejemplo retaceando la liquidación de granos. Una medida de este tipo permitiría importar y exportar en función de satisfacer necesidades sociales.

La propia dinámica de los acontecimientos impondrá la necesidad de la clase trabajadora de expropiar a las multinacionales, incluso los grandes aglomerados de la burguesía local, que se ubicará del lado del imperialismo.

El no pago de la deuda sería el puntapié inicial de una larga lucha, cuya consagración última sólo podría tener lugar con un gobierno de los trabajadores.

¡De eso se trata!



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