Ya es hora de salir a las calles

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Reflexiones callejeras de una trabajadora, durante una fría y embroncada mañana de junio. Ajustes varios, frases hechas y deshechas. Y la firme convicción de que no hay que quedarse.

Viernes primero de junio. Subís al colectivo y te encontrás con la nueva tarifa. Respirás

hondo y tomás asiento. Delante tuyo, un matrimonio saca cuentas sobre el nuevo gasto que tendrá.

-Son como quinientos pesos por mes, viejo.

-No saqués más cuentas. Igual la plata sigue sin alcanzar.

Caminás por el centro de la ciudad y en las puertas de los bancos cruzás a viejos y viejas que esperan cobrar la miserable jubilación. Cubiertos de ropa, empapados de frío, con la mirada en los confines de las baldosas.

Frío y resignación. Otra respiración profunda.

Seguís caminando. Entrás al cajero automático y lo que encontrás es poca plata y muchas maldiciones. “No alcanza, la plata no alcanza y tengo que pagar la luz”, se repite en el continuo transcurrir diario.

La radio te avisa que es “necesario” un ajuste en el Estado, que “sobran empleados” mientras blindan el auto del presidente por casi 2 millones de dólares. Quiere evitar que le lleguen las quejas, los enojos y los huevazos.

Respirás profundo. El pecho se infla de bronca.

¿Una pesadilla, un maldito sueño recurrente? No, la realidad que golpea fuerte y contundente una y otra vez.

Seguís marcando el paso mientras a tu lado pasan, como escenas rápidas de una película, trabajadores con apuro, vendedores de lo posible, mendigos de lo urgente.

Respirás profundo una vez más. Boletas impagables, compañeros despedidos, sueldos arrasados y la panza que no se llena.

Otro complicado mes comienza. Pero la indignación es una constante en estos días.

Pensás “nadie nos regaló nada, batallamos toda la historia por una vida digna, que nuestras vidas valen y mucho, lo que tenemos lo conquistamos”.

Entonces tomás aire, hinchás el pecho y seguís caminando. Ya es hora. Las calles son nuestras.



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