"Acá no se rinde nadie"

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Un relato de cara al 8 de Marzo, una jornada donde las mujeres trabajadoras y la diversidad sexual saldrá a la calle en un nuevo #ParoInternacionalDeMujeres.

Caminábamos codo a codo, la bandera de arrastre exigía justicia por Lucía Pérez, Alejandra también estaba peleando por su puesto de trabajo en Siam y juntos ese día copamos las calles de la Ciudad de Buenos Aires.

  • “Mi vieja fue la primer luchadora que conocí”, me contaba mientras agitábamos.
  • “La mía es gorila, pero si tengo que elegir a la primer luchadora que recuerdo se me viene el nombre de Herminia, una madre setentista rosarina”, le respondí.

    Las cámaras se acercaban, sacaban fotos, le pedían a Alejandra que levante su cartel. Ella vivió en sangre propia el 2001, fue delegada de su curso en la secundaria y también peleó porque exista un centro de estudiantes.

    Era la primera vez que hablábamos, siempre nos cruzábamos en alguna actividad del partido, en la última Marcha del Orgullo, incluso en los cortes contra el ajuste que hicimos durante el año pasado en Corrientes y Callao. Pero esta vez fue distinto, porque pude conocerla un poco más.

    En su mirada me reflejaba. Conozco lo que es trabajar a destajo, no solamente cuando ejerzo el violento oficio de escribir sino porque toda mi vida fui un precarizado, cuando podía tener un trabajo porque soy trans y eso ya era motivo de exclusión. También se de primera mano lo que significa que no te respeten. Una vez una patrona me hizo limpiar 60 sillas de cuero blanco con un cepillo de dientes.

  • “Que quede bien brillosa, capaz te doy un extra si lo haces bien rosarinA”, me dijo riendo.
  • “Mí nombre es Tomás”.

    Ese extra fue de $ 50 pesos, y me los tuve que gastar en un taxi porque ese día entré a las 7 salí y salí a las 19. Por ese “trabajito extra” me quedé libre de las materias que tenía en Puan.

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    “Ni una menos, vivas nos queremos”, se sentía de fondo. Seguíamos caminando en la muchedumbre, hablando de nuestra vida. Había algo que nos conectaba, a nosotres, a todes en el lugar, la impotencia de saber que hay una vida menos, las ganas de acabar con el maltrato cotidiano, las miradas con desdén, la violencia de la contravenciones.

    Voy más atrás y me acuerdo que a Alejandra la conocí en un Club Obrero, en un curso sobre feminismo socialista de esos que se hacen para quienes no saben que es el feminismo pero sufren el machismo día a día.

    Tiene una voz humilde, manos de trabajadora pero una mirada de esas que reflejana seguridad de la lucha.

    “De acá no nos movemos. Si me tienen que sacar, me van a sacar con los pies para adelante. ¡Acá no se rinde nadie!”, había dicho Alejandra poco antes del desalojo policial al acampe que mantenían las y los trabajadores de Siam. Esta sentencia también se aplicaba en ese momento, el mismo día que nos enteramos que la justicia había dejado en libertad a Juan Pablo Offidani, Matías Farías, y Alejandro Maciel, los asesinos de Lucía. De ahí tampoco nos movíamos, porque queremos justicia por cada una de las mujeres que perdemos cada 28 horas. Porque el Gobierno nacional y los provinciales no hacen más que demagogia.

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    Alejandra no solamente fue echada porque defendía los derechos laborales de sus compañeros, sino también porque junto a sus compañeras denunciaba la violencia de género que se vive en las líneas de producción, en los vestuarios, en las oficinas de Recursos Humanos, cuando la respuesta siempre es a favor de quienes nos violentan. Porque en su voz se escuchó el grito de todas las que nos negamos a resignarnos a la miseria y humillación cotidianas e invisibilizadas en las que nos quieren sumergir los empresarios, sus burócratas sindicales y sus políticos.

    Como Alejandra hice malabares para estudiar y trabajar, nunca me quedé callado. Moraleja para el 8 de marzo que nos encontrá nuevamente en las calles: transformar la bronca en odio, el odio en pasión, esa pasión en la lucha.



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