Ahora que sí nos ven

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    Finalmente, el Senado rechazó la legalización del aborto que ya había obtenido media sanción, en medio de una movilización que nuevamente fue multitudinaria, a pesar de las condiciones climáticas adversas y de que la reaccionaria cámara ya había dejado entrever cuál sería el resultado.

    Con una sesión extendida por más de dieciséis horas, con discursos agraviantes contra las mujeres, apelaciones a la fe y disparates irresponsables, el Senado no hizo más que ratificar, ante la vista de millones, el carácter clerical, reaccionario y profundamente antidemocrático –valga el oxímoron– de la democracia capitalista argentina. Fue la segunda votación parlamentaria más repudiada de los últimos meses si contamos también la reforma previsional, rechazada por millones y aprobada con el acuerdo del PJ, en medio de la represión a la colosal movilización.

    Esta vez, el resultado fue de 38 votos en contra, 31 a favor y 2 abstenciones, en un recinto blindado al reclamo con el que insiste el movimiento de mujeres desde hace más de una década, pero que en los últimos meses se extendió masivamente y se impuso en la agenda política y mediática, como nunca antes. Un resultado vergonzante que, no por impredecible, puede decirse que “cayó del cielo”: el mismísimo Bergoglio, a través de la Conferencia Episcopal Argentina, pero sin escatimar tampoco en comunicaciones directas, ejerció una presión sin precedentes. Sorprendido por la media sanción que la ley obtuvo en Diputados, el Papa ordenó un giro repentino a la curia para abandonar la pasividad y lanzar la “guerra santa” contra el derecho al aborto.

    Paradójicamente, la acción desplegada por el oscurantismo clerical estuvo financiada también por quienes nos movilizamos para que se apruebe la ley, porque según datos oficiales, el presupuesto del Estado destinado a la remuneración de los obispos es de más de 130 millones de pesos, que representan apenas el 7 % de los ingresos anuales de la Iglesia, la que además recibe subsidios a la educación privada, goza de exenciones impositivas y otras prebendas. Una partida millonaria a la que hay que sumar, también, los aportes privados de grandes empresarios.

    Sin embargo, el triunfo circunstancial de los dinosaurios con sotana fue a costa de desprestigiarse aún más ante los ojos de millones, para quienes la Iglesia, a la que ni Francisco pudo aún rescatar de su crisis secular, ya tenía una imagen alicaída y erosionada. A los escándalos financieros del Vaticano y los encubrimientos de curas acusados por miles de abusos sexuales contra niños, niñas y adolescentes, no se los tapa fácilmente con la sonrisa bonachona de un viejo jesuita.

    La Iglesia que pensaba revalidarse, cumpliendo el rol que siempre supo cumplir ante las crisis sociales, de contener a las masas empobrecidas por las políticas de ajuste para evitar su radicalización, se expuso brutalmente y también exhibió descarnadamente los oscuros vínculos que mantiene con la casta política. La burocracia sindical, el peronismo, el mismo kirchnerismo y los movimientos sociales que comulgan con Bergoglio y que, apenas en la víspera de la votación del Senado desfilaron con símbolos religiosos para pedir trabajo a San Cayetano, quedan salpicados por estas relaciones carnales.

    Excursión a Jurassic Park

    La Iglesia no actúa en el vacío: del otro lado hubo senadoras y senadores dispuestos a arrodillarse, entregando la vida de miles de mujeres pobres sometidas a los riesgos del aborto clandestino.




    Fotografía: Enfoque Rojo

    La decisión del gobierno de poner este tema en el debate parlamentario provocó algunas rispideces en Cambiemos, que ahora intentan morigerar. Pero nadie desconoce que Elisa Carrió o la vicepresidenta Michetti hicieron de su fe una bandera política. Y pocos días antes de que el proyecto se tratara en Diputados, la gobernadora María Eugenia Vidal y la ministra Carolina Stanley se entrevistaban con el Papa en el Vaticano. Aunque quien ganó el “Pinocho de oro” es la UCR: dos tercios del bloque de ese recalcitrante partido antiobrero, que dice defender la laicidad del Estado, votaron en contra.

    Otro traspié más para un gobierno que viene en picada en las encuestas y que pretendía reposicionarse con la apertura de este debate, después del masivo rechazo popular a su reforma previsional de diciembre. Pero su “doble juego” de abrir el debate y votar mayoritariamente en contra, lo dejó herido. Ahora, engañosamente, el Poder Ejecutivo piensa reacomodarse impulsando la despenalización de las mujeres que aborten, en la reforma del Código Penal que enviará, en pocos días, al Congreso. Una medida ínfima y ambigua, que no avanza en la legalización del aborto, ni en “defender las dos vidas”, ni en nada.

    El PJ, por su parte, desplegó su doctrina papal y se expidió en contra de un derecho elemental al que consideran, sin pelos en la lengua, “la cultura del descarte”. Su ala “nac&pop” (y ahora también ¡feminista!) del Frente para la Victoria, que se había comprometido a votar unánimente a favor, aportó el tiro de gracia con la panquequeada de la senadora García Larraburu, la que no dudó en insultar al movimiento feminista para justificar el vergonzoso incumplimiento de su promesa. El silencio de Cristina Kirchner frente a este hecho, que se conoció unos días antes de la sesión parlamentaria, fue una clara demostración de su propio “doble juego” entre la calle y el Vaticano.

    Muchos otros que ingresaron al parlamento en las listas kirchneristas y hoy están repartidos en los distintos sectores en que se encuentra dividido el peronismo, en la medianoche del miércoles 8 le dieron la espalda a las mujeres pobres que dicen representar, con un “no” contundente y discursos verdaderamente agraviantes. Sus nombres son Blas, Espínola, Mayans, González, García Larraburu, Urtubey, Fiore Viñuales, Alperovich. Estos mismos dinosaurios habían sido kirchneristas hasta las vísperas. Desde afuera, el ex Jefe de Gabinete del gobierno de Cristina Kirchner, Jorge Capitanich, como también Juan Manzur, quien fuera su ministro de Salud, se congraciaron con la Iglesia y los antiderechos con misas y movilizaciones contra las mujeres. ¿Por qué habría que suponer que no serán estos mismos u otros semejantes los que se vuelvan a unir para el 2019?

    Párrafo aparte merece la propia senadora Cristina Kirchner. Votó a favor, con un discurso tardío, después de dos mandatos presidenciales en los que militó fervientemente para evitar el tratamiento de este mismo proyecto, aun cuando lo apoyaban legisladores de su propio bloque. Expectantes, millones de personas hicieron silencio para escuchar lo que tenía para decirles la recientemente deconstruida expresidenta, y ella nos mandó a no enojarnos con la Iglesia, además de proponer un compromiso con los antiderechos, para dejar contentos a los más reaccionarios, a su amigo Bergoglio y, al mismo tiempo, decirle al movimiento de mujeres que es el esforzado resultado “de lo posible”.

    La abuela exmandataria es capaz de escribir una Historia propia que la absuelva de la responsabilidad política que le cabe por las miles de muertes de mujeres que causó su obstinado rechazo a tratar esta ley, las seis veces anteriores en que fue presentada. No sabemos qué le preguntará su nieta; pero sí sabemos que hoy no necesitamos preguntarle qué hizo cuando fue presidenta porque, lamentablemente, una pila de cadáveres de mujeres son la respuesta que nunca hubiéramos querido que existiera.

    El viento, la lluvia y la marea

    Y sin embargo, aun con los millones que el Estado le provee a la Iglesia y con todos los chupacirios de los partidos mayoritarios haciéndole la corte, sumados a los fundamentalistas evangélicos que son los que más militancia aportaron en las magras movilizaciones “por las dos vidas”, los que actúan contra nuestros derechos no lograron convocar ni la décima parte de lo que movilizó la marea verde.




    Fotografía: Enfoque Rojo

    Las imágenes son elocuentes: a pesar de la tormenta que arreció en el horario en que más gente acudía al Congreso, miles de chicas, estudiantes, trabajadoras, mujeres mayores acompañadas por sus amigos, padres, hermanos, compañeros de trabajo, pintaban sus caras con brillantina verde, se ataban los pañuelos al cuello, se protegían con los paraguas y se guarecían bajo los toldos de bares y pizzerías. Mientras, del otro lado de las vallas había muchos más hombres que mujeres, algunas monjas, varios fascistas con sus insignias nazis y estandartes de Cristo Rey, que no dudaron en festejar con fuegos artificiales y bandas de rock cristiano cuando, pasada la medianoche, se confirmó que el aborto seguiría siendo clandestino.

    El festejo tuvo un poder simbólico, pero episódico. Del otro lado, el revés ya se avizoraba en los días previos y si bien hubo bronca y desazón, nadie se fue creyendo que se trataba de una derrota irreversible. Que “esto sigue” fue un sentido común extendido que, al día siguiente, lo ratificaron miles de comentarios en redes sociales y los pañuelos verdes que seguían anudados en las mochilas y protegiendo las gargantas del frío.

    Hubo quienes, como la senadora K Larraburu, hablaron despectivamente de “una moda”. Y aunque el fenómeno pueda parecer epidérmico, donde las consignas y los objetivos son variables y variados debajo del mismo color verde, es evidente que se trata de algo más profundo. Es una generación entrando a la política por la puerta del feminismo, al que identifican difusamente con la lucha contra el patriarcado, contra el machismo, contra el recorte de libertades, contra la desigualdad.

    Para muchas pibas y pibes, el recuerdo más nítido de una movilización extraordinaria es la que se hizo por #NiUnaMenos, en 2015. Empezaron a sentirse protagonistas con los paros internacionales de mujeres de los 8 de marzo de los últimos dos años. Y por una red de múltiples capilares que inesperadamente comenzaron a extenderse, enredarse y anudarse, las pibas que no se aguantan más el uniforme escolar, que están hartas de estar expuestas a los acosos callejeros, que no aceptan más que les digan lo que tienen que hacer, cómo y con quién, encontraron en la demanda del aborto legal un punto de encuentro con las mujeres más pobres que son las que ponen en riesgo sus vidas en la clandestinidad y, también, con las que ya vienen militando por estos derechos desde hace décadas.

    Fueron las chicas las que convencieron a sus amigos, a sus familiares y a sus profesores, ayudando a convertir en algo masivo lo que antes sostenía una minoría de activistas. El movimiento de las pibas que muchos ya denominan metafóricamente como “la revolución de las hijas”, penetró en sus hogares, impactando en sus madres que son oficinistas, trabajadoras estatales, maestras, enfermeras, operarias, profesoras, empleadas de comercio, médicas, abogadas o amas de casa. Fueron como un río verde que, en su corrida hacia el océano, lo va inundando todo hasta fundirse en la marea.

    El entusiasmo contagió a las mujeres de otros países que acompañaron la movilización con marchas y acciones en los consulados, en México, Brasil, Chile, el Estado español, Uruguay, Bolivia, Francia. Nuestras compañeras feministas socialistas de Pan y Rosas impulsaron las manifestaciones en distintos puntos del mapa, como en Argentina, donde participamos con miles de compañeras y compañeros del PTS en el Frente de Izquierda, en Buenos Aires y otras ciudades del país.

    El futuro es verde, por la esperanza de conquistar el derecho que los senadores arrebataron. Pero también el presente, donde es tiempo de sacar las lecciones que nos permitan madurar el triunfo.

    Asunto separado, asunto nuestro

    Al revés de lo que decía Cristina Kirchner en el recinto, en la calle la marea verde estaba razonablemente enojada con la Iglesia. En los locales de comida de la zona, la muchedumbre esperaba a los mozos haciendo ritmo con los cubiertos y los vasos al grito de “Iglesia, Estado, asunto separado”. Los pañuelos naranjas que identifican esta causa también navegaron en la marea verde. La campaña ya está en marcha, porque los hechos fueron más que elocuentes: si queremos conquistar el derecho al aborto, tenemos que ir por la separación de la Iglesia del Estado. El proyecto de ley presentado por el diputado Nicolás del Caño del PTS en el Frente de Izquierda, para derogar los privilegios de la Iglesia, ya reunió en pocos días más de 70 mil firmas.

    Pero además, la mayoría de los que debatieron sobre el derecho al aborto superan los 60 años, mientras una gran parte de quienes se movilizaban afuera ni siquiera tienen derecho a votar en las elecciones. Los que dictaron sentencia de muerte para las mujeres más pobres de este país cobran hasta 200 mil pesos entre la dieta, el canje de pasajes y el plus por desarraigo. ¡Veinte veces más que el salario mínimo, vital y móvil, que hoy está en 10 mil pesos! Ellos legislan para los ricos, defendiendo los negocios de los capitalistas, muy lejos de las necesidades de las familias que viven de su salario, como las que estaban en las calles. Aún más recalcitrante es esa Cámara Alta, donde los gobernadores y los señores feudales de cada provincia presionan en defensa de sus intereses oligárquicos. ¿Qué democracia es aquella en la que 38 senadores de provincias que, en total, representan a 16 millones y medio de habitantes, impongan que se mantenga el aborto clandestino, contra 31 senadores que representan a casi 22 millones de personas?

    En estos meses de movilización, se pudo ver a quienes tienen una pata en cada lado: partidos y movimientos políticos que besan el anillo del Papa y después se emplazan como representantes y adalides de nuestra lucha. En la cámara de Diputados dio más vergüenza ajena que orgullo propio, corroborar que el Frente de Izquierda es la única fuerza política con representación parlamentaria que no tiene lazos con el Vaticano y que tiene en su programa el derecho al aborto, desde su fundación.

    No podemos tener la más mínima expectativa en que, con negociaciones en los pasillos del Congreso, conseguiremos nuestros derechos. Rechazamos los enjuagues que nos proponen, entre oficialistas y opositores. Por eso, tampoco vamos a permitir que nos digan que esperemos, con suerte, a las elecciones de 2019. Los derechos no se mendigan, se conquistan con la lucha y eso es lo que aprendieron centenares de miles de jóvenes que salieron a las calles por primera vez y que ya no quieren volver atrás.

    Vamos por el derecho al aborto, pero vamos por más. Y para eso, tenemos que tomar esta pelea en nuestras manos, organizarnos desde abajo, en nuestros lugares de trabajo y de estudio e imponerles nuestra fuerza y nuestra decisión. Incluso a quienes dicen representarnos, como los dirigentes sindicales, pero que están abiertamente en contra del derecho al aborto o se pronunciaron a favor, pero no han hecho ni una toma, ni un corte de calle, ni una asamblea, ni un paro para conseguir doblarle el brazo a la Iglesia y la reacción antiderechos. ¿Temen que las mujeres que cada vez somos más en las escuelas, los hospitales, las fábricas, las empresas de servicios, recuperemos, junto a nuestros compañeros, las organizaciones sindicales para nuestra lucha, para que estén verdaderamente al servicio de pelear por nuestros derechos y para derrotar el ajuste que la burocracia deja pasar sobre nosotras?

    Continuaremos nuestra lucha por el aborto legal, contra los femicidios y la violencia machista, pero también por los derechos de las trabajadoras que cargan con la doble jornada del trabajo reproductivo no remunerado, con el que ahora se llenan la boca el oficialismo y la oposición en el Congreso, pero que no moverán un dedo para reducirlo afectando las ganancias de los capitalistas, cuyos intereses representan. En medio de una nueva crisis económica y política como la que estamos atravesando, las mujeres podemos encabezar la lucha por evitar la decadencia de la nación y que las masas trabajadoras, otra vez más, sean arrojadas a la desocupación y la miseria.

    Vamos a exigir el derecho al aborto seguro y gratuito. No vamos a descansar hasta conseguir la separación de la Iglesia del Estado. Vamos a reclamar que haya jardines materno-parentales en los lugares de trabajo, licencias más extendidas por maternidad y paternidad, centros de atención para el cuidado de adultos mayores, para reducir nuestras fatigosas jornadas de trabajo afuera y dentro de nuestros hogares.

    ¡Queremos un movimiento de mujeres en lucha, independiente de la Iglesia, los capitalistas y todos sus personeros políticos! Las jóvenes junto a las mujeres de la clase trabajadora son las que pueden encabezar esta alianza poderosa con millones del pueblo trabajador, para preparar las próximas batallas. La energía desplegada en las calles muestra la convicción de que hay derechos que se nos deben y que estamos dispuestas a conquistarlos.

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    Fotografías: Enfoque Rojo



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