Arma verde

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Compartimos la reflexión de Romina, recientemente egresada de la carrera docente, alrededor de la opresión a las mujeres y a la importancia del desarrollo de la marea verde.

ARMA VERDE

Llevar un pañuelo verde es un arma. Lo lleves como lo lleves: colgando en tu mochila, abrazando tu cuello, sosteniendo tu pelo o empoderando tu muñeca. Es un arma, un arma letal. Y no precisamente de esas armas que buscan apoderarse de una vida. No precisamente de esas armas que te callan. Todo lo contrario. Es un arma que, como si fuera un micrófono, realza tu voz. O la voz de alguien que camina al lado tuyo, y tiene miedo de hablar.

¿No leyeron o escucharon testimonios de mujeres a las que otras mujeres pidieron ayuda por llevar el pañuelo verde? Como si se tratara de un cartel que con luces de neón grita “yo sí te creo”, “yo sí estoy acá para ayudarte”. Yo no sé si nos damos cuenta ante esos hechos de la importancia de saber, y de hacer saber, de qué lado de la mecha nos encontramos.

Y de pronto pienso en Lila, una amiga mía. Qué diferentes hubieran sido las cosas con personas portando un pañuelo verde en ese momento, cuando Lila tenía 12 años, y un novio más grande que la golpeaba, y la perseguía por la calle. Y la amenazaba. Y la ataba. Y la violaba. Lila quedó embarazada producto de esas violaciones y él le produjo un aborto a los golpes. Sufrió el abuso y la violencia de este tipo por años. Su familia se enteró mucho después pero nunca le creyó. Lila no hablaba porque no se animaba. ¿Se imaginan si una noche, una tarde, una mañana, Lila veía a alguien con un pañuelo verde en el cuello? ¿Se imaginan si le hubieran hablado en la escuela de Educación Sexual Integral? Quizás seguía con miedo, quizás no. Quizás se resignaba a seguir viviendo ese maltrato, quizás no.

Y de pronto pienso en Margarita, otra amiga, que a los 14 años medía casi 1,70m y pesaba 40 kilos. Su familia tuvo que poner una reja en su ventana para que ella deje de ir a vomitar a cada rato a la terraza pensando que nadie se daba cuenta. Margarita no podía mirarse en un espejo, de verdad no podía; mientras el tele le decía “el que quiere celeste, que le cueste”, “que los huesos marquen la belleza en tu piel”, o “llegá divina al verano”, como si fuera a llegar si seguía así. ¿Se imaginan si a Margarita le hubieran hablado en la escuela de que todos los cuerpos son distintos, que la “perfección” que muestran los medios masivos de comunicación es inalcanzable? Quizás seguía vomitando, quizás no.

Y también pienso en Alelí, otra amiga, también de novia con un tipo violento. Ella lo sabía, lo hablamos muchas veces. Pero, viste… que al principio no era así, que no sé qué le está pasando, que todo va a cambiar, que algo debo estar haciendo mal. Alelí lloraba casi todas las noches pero él se enojaba porque le decía que hacía puro teatro. No era violento por golpearla pero sí lo era por los insultos, por volver cada noche borracho, tirar cosas al piso y golpear un puño contra la pared. Eso también es violencia, Alelí. Que nunca se le haya escapado de la boca un “¿cómo estás?”, es violencia. Que tengas que decirle que te duele muchísimo la espalda para ver si te hace un masaje y así por lo menos conseguís que te toque un poco, también es violencia. Que te diga qué tenés que ponerte, que ojo con lo que hacés porque todos tus amigos te tienen ganas, y vos se las alimentás porque los tratás bien y te reís con ellos, también es violencia. ¿Se imaginan si una noche, una tarde, una mañana, Alelí veía a alguien con un pañuelo verde colgando de la mochila? Quizás seguía justificando a ese tipo, quizás no.

Y entonces me pregunto: ¿y si dejamos de tener vergüenza por hablar? ¿Y si dejamos de decir “alguien me contó” “le pasó a un amigo”, “le pasó a una amiga”; “le pasó a Lila”; “le pasó a Margarita”, “le pasó a Alelí”? Porque Lila, Margarita y Alelí, soy yo. Era yo. Era yo sin un pañuelo verde, era yo justificando y naturalizando la violencia, era yo con miedo. Y mirá que me han dicho pelotudeces, pero creo que ésta pelea en el podio: “y, bueno, pero gracias a que te pasó todo eso, ahora sos como sos”. O sea que tengo que agradecer esa violencia. No, che. ¿Sabés que no? Dejemos de pensar que necesitamos sufrir para aprender. Porque no es así. Porque haría lo que fuera para que nadie pase por alguna de esas situaciones que yo pasé. Y lo peor de todo, es que pasa todos los días.

Lila, Margarita, Alelí. Elegí nombres de flores, porque así me siento ahora. Porque no me arrancaron de raíz. Porque, como dijo Neruda alguna vez, no podrán detener la primavera.

Ahora ya no me callo más, ya no permito nada que me haga sentir mal. Ahora hablo, ahora grito, ahora escribo, ahora hago y ahora milito. Ahora soy. Y pienso que si a los 12 años hubiera tenido cerca gente como ustedes, con sus pañuelos, con su sororidad, con sus carteles de luces de neón, quizás hubiera tenido la fuerza y la valentía de decir “no me golpees”, “no me persigas por la calle”, “no me toques”; y pienso que a los 14 años hubiera tenido la fuerza y la valentía de decir “necesito ayuda”, “tengo que valorarme y aceptarme”; y pienso también que hace un par de años hubiera tenido la fuerza y la valentía de decir “ya fue loco, quedate solo, yo valgo mucho”.

Esta marea, este tsunami verde, crece cada vez más y seremos cientos de miles pidiendo… no, pidiendo no: exigiendo y conquistando el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, y una educación sexual realmente integral. Seremos cientos de miles portando este arma, y diciéndoles a las pibas: “yo sí te creo”, “no estás sola”.



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