Carta abierta a las pibas de la marea verde: ahora más que nunca, no bajemos los pañuelos

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Nuestro pañuelo verde no puede unirse al celeste de las Iglesias. Más que nunca: siempre con las pibas, jamás con la Iglesia.

Aunque a veces parezca que pasó hace mucho, porque hicimos que pasaran muchas cosas en este tiempo, todavía se nos eriza la piel cada vez que recordamos esas noches y madrugadas heladas de Agosto donde entre millones hicimos de las calles el lugar del grito colectivo.

Pibas salidas de la escuela, trabajadoras, amas de casa, jóvenes y no tanto, luchadoras de toda la vida, luchadoras recién llegadas tomando en sus manos banderas históricas, unidas por la complicidad de haber aprendido que nuestros derechos se conquistan. Por eso nos ganamos la denominación de “marea verde”, porque llegamos para cuestionarlo todo, para arrasar con esas minorías institucionales siempre dispuestas a dar la espalda a las mayorías sociales, como pasó aquel 8 de agosto donde unas pocas bancadas celestes -eso sí, de todos los partidos tradicionales- decidieron contra millones y sancionaron la continuidad de la clandestinidad, esa que mata y sigue matando. ¿Sabrán esos senadores y senadoras cuantas mujeres, niñas muchas, murieron desde su votación hasta el día de hoy?

Prefieren ignorarlo como política de estado. Por eso aquella madrugada, mientras mascullabamos rabia y con las caras todavía llenas de glitter, nos dijimos entre abrazos y cantos eufóricos que la pelea sigue, que la tarea es redoblar fuerzas.

Porque si hay algo que aprendimos es a redoblar fuerzas. Desde aquel 3 de Junio de 2015 donde irrumpimos gritando desde lo más hondo de nuestro hartazgo Ni Una Menos, basta de matarnos, fuimos siempre más allá, sabiendo que habíamos despertado por miles para no callarnos más.

Pusimos en discusión la violencia machista y dijimos el Estado es responsable, le llamamos al patriarcado por su nombre, y nos lanzamos a darle nuevo impulso a la lucha por el aborto que nos legaron generaciones anteriores. Vimos a las abuelas estrechar las manos de las nietas. Sostuvimos pañuelazos, movilizaciones masivas, llevamos el debate a las escuelas, hospitales. Nuestros argumentos entraron a miles de casas, cambiaron miles de consciencias, inundaron las redes sociales y el debate cotidiano. Y nuestro gran triunfo: fueron hablados en el lenguaje de las nuevas generaciones, les pibes, que hicieron del pañuelo verde su uniforme y bandera.

Generaciones inconformistas que no le deben nada a este sistema y que hacen sus primeras armas viviendo en carne propia cómo las instituciones más reaccionarias pasan a la ofensiva para seguir regimentando la vida: las Iglesias católica y evangélicas que militaron contra nuestro derecho a decidir y hoy encabezan una cruzada contra la educación sexual integral.

¿Puede alguien pretender que la lucha por nuestros derechos sea compatible con la alianza con esas instituciones reaccionarias? Claro que no. Por eso cuando Cristina usó su discurso en el Senado aquel 8 de agosto -donde votó lo que nos negó durante 12 años de mayoría parlamentaria- para pedirnos que “no nos enojemos con la Iglesia”, sabía muy bien de qué lado de la mecha se encontraba: tratando de apagar la llama que encendimos, esa que plasmamos en el pañuelo naranja que exige separación de la Iglesia del Estado. No sea cosa que nuestra marea haga temblar los pilares de este orden capitalista y patriarcal.

Quieren domesticar un movimiento que puede proponerse ir por más. Porque las mismas Iglesias que militan contra nuestros derechos son las que están en cada barrio tratando de evitar que la bronca de las familias obreras que se quedan sin trabajo, del que está precarizado y no llega a fin de mes, de las mujeres pobres que sufren los peores padecimientos, de esos y esas que ya no tienen nada más para perder, se transforme en lucha y organización. Intentan garantizar la paz social mientras sufrimos un saqueo histórico de la mano del gobierno y el FMI. Pero la paz social no es más que el derecho de los ajustadores a saquearnos, y en nombre de su principio sacrosanto quieren que nos quedemos en nuestras casas a esperar el 2019.

Por eso, junto a las conducciones sindicales, nos llamaron en la previa de la votación del presupuesto de ajuste a rezar a la Basílica de Lujan. Son los mismos sectores que hoy nos dicen que los acuerdos electorales con el peronismo y la centroizquierda están por encima de la división entre pañuelos verdes y celestes, como si nuestros derechos entrasen en su poroteo electoral acomodaticio que hace de nuestras vidas y nuestras luchas vitales una prenda más de negociación.

Hace cien años los estudiantes reformistas proponían “levantar bien alta la llama que está quemando el viejo reducto de la opresión clerical”. Hoy se trata de mantener bien altas esas banderas. Nuestro pañuelo verde no puede unirse al celeste de las Iglesias. Más que nunca: siempre con las pibas, jamás con la Iglesia.



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