Chascomús, “el paraíso cercano” en el que a Navila no la dejaron vivir

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El lema turístico de la ciudad bonaerense no se condice con los acontecimientos vividos en la última semana, donde otra joven fue víctima de femicidio.

El femicidio de Navila Garay dejó en evidencia una serie de factores que ya no pueden barrerse bajo la alfombra. Expuso miserias que no pueden cubrirse con imágenes de atardeceres apacibles a la vera de la laguna: mostraron una trama donde la desidia estatal frente a la vulnerabilidad, la complaciente pasividad de los funcionarios judiciales y policiales y el ruidoso silencio de una administración municipal que se jacta de la gestión constante estuvieron a la orden del día. Una exposición de las miserias del pago chico.

Navila fue vista por última vez el martes 10 a las 18 horas. El domingo hallaron su cuerpo, luego de que la dueña de la casa denunciara que el parquero Néstor Garay –detenido por el femicidio– le había dicho que había pedido permiso el jueves para enterrar un perro.

Luego encontaron sus pertenencias (salvo el celular, clave para la investigación) y apareció un video donde se la ve en una moto con el acusado del crimen. Llegó el momento tranquilizador. Pero la causa tiene muchos trapitos sucios que van más allá del show del morbo y que exhiben lógicas patriarcales y clasistas insoslayables.

Navila era una mala víctima: en la semblanza de Clarín y en los rumores sobre su vida privada (mientras la familia la buscaba) resuenan los ecos del caso Melina, donde se habla más de la víctima que de los verdugos.

Una piba pobre, activa en redes, que va a la casa de una persona varias décadas mayor es un blanco fácil para la condena moral rápida, sobre todo si se busca sostener el mito de ciudad tranquila y ascética.

El movimiento de mujeres y la acción en redes sociales visibilizaron el caso. La información que se iba publicando sobre los últimos movimientos de Navila y la movilización del sábado (donde se pidió que el comisario atendiera a la familia) rompieron la inercia.

Pero en los cinco días previos al hallazgo, la pasividad fue la norma: la familia denunció que la policía no tomó la denuncia en su momento; su desaparición fue difundida como extravío cuando ya había indicios de que no lo era; los allanamientos fueron tardíos.

El caso es otra muestra más de que el acceso a la justicia para una familia sin recursos es una tarea quijotesca; sin apoyos estatales (o lo que es casi lo mismo: la respuesta tardía y a cuentagotas), sólo queda la movilización de las organizaciones y los vecinos (que cantaban en las movilizaciones: “yo sabía que a los violadores los cuida la policía”).

La represión del lunes (producida luego de que unos encapuchados rompieran las vidrios de la comisaría) fue el nefasto corolario de otra página ignomiosa de la policía. Las fallas fueron múltiples, y el sayo también le cabe a la fiscalía a cargo. Sin la declaración del remisero –que la llevó hasta la casa de Garay– y de la dueña de la casa donde la encontraron la causa hubiera quedado estancada desde el principio.
La lentitud genera más sospechas cuando se sabe dónde estaba el cuerpo de Navila: los dos terrenos aledaños a la casa pertenecen a la Policía Federal (a escasas cuadras de la laguna). Garay es empleado –según indicó el diario La Nación– del Círculo de Suboficiales.

Según la declaración de tío de Navila, Garay regenteaba mujeres. La fiscal de la causa dijo que, por el momento, no hay elementos que permitan vincular el femicidio con una red de prostitución. Sin embargo, que haya una denuncia de explotación infantil de mujeres en situación de vulnerabilidad es grave. Que no esté demostrada la existencia una red no implica que no existan casos.

La prostitución, en estos términos, es la expresión nítida de la opresión de clase y de género; además, expresa que el Estado no garantiza los derechos mínimos e indispensables.

En el país de la pobreza CEO, donde el 51% de los menores de 18 años son pobres, los intercambios de dinero u objetos de consumo por sexo pueden ser considerados una opción. Según las denuncias previas al hallazgo de Navila, Garay ofrecía regalos a pibas en situación de vulnerabilidad. De comprobarse, sería la punta del ovillo; si hay más implicados, la investigación tiene que extenderse y determinar quiénes son los nexos necesarios para que se desarrolle.

No sería el primer caso de vulnerabilidad y prostitución en Chascomús: durante años existieron cabarets en la Ruta 2 y en la Ruta 20, con casos evidentes de trata de personas.

Durante años funcionaron sin que la policía interviniera: los negocios clandestinos no serían posibles sin la silenciosa complicidad de las instituciones del Estado. Con la sanción de la ley de trata, esos espacios se cerraron pero la prostitución siguió funcionando; sólo hubo un desplazamiento. Los prostituyentes saben dónde ir. Los negocios sucios no prosperan porque sí en el capitalismo: están motorizados por la ganancia y requieren de la complicidad de los poderes públicos. Mientras no batan olas, prosperan. Pero en algunos casos son tan evidentes que tienen que intervenir.
Patricia Bullrich descabezó la unidad de la Policía Federal de Chascomús luego de que un suboficial denunciara que su superior filtraba información sobre allanamientos de drogas y se negaba a investigar sobre ciertas causas.

El Estado es responsable

En este contexto, no sorprende que ni la Federal ni la Bonaerense estén implicados en los entramados de las economías ilegales. Mientras no haya escándalos ni malas víctimas, la rueda se alimenta de los oídos sordos de amplias capas de la comunidad (manteniendo a resguardo la moral farisea de pago chico). Eso sí: con un telón de fondo de laguna espejada y de atardeceres violáceos.

Navila, como miles de mujeres, niñas y niños son victimas de femicidio y entramados de abusadores. Sufren la violencia de un Estado, y una justicia patriarcal y machista.

Por cada Navila nos tenemos que organizar miles. En la pelea contra todo tipo de e

xplotación y opresión tenemos que ganar las calles y hacer visible lo que los de arriba quieren barren debajo de la alfombra. ¡Ni Una menos!



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