Con la soga al cuello: avanzan la inflación y la recesión

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La inflación no encuentra techo. En quince días, el país ingresará técnicamente en recesión. La fórmula secreta para una devaluación exitosa.

Esta semana volvió a escena, luego de unas breves vacaciones, el protagonista principal de la película de terror económico que atraviesa el país: el dólar.

También regresaron las presiones por un cambio de gabinete que le permita ganar aire al presidente Mauricio Macri. El reclamo se deja oír desde el lejano Estados Unidos. Pero sin hacer tantos kilómetros, el pedido de oxigenación se percibe a corta distancia.

Es lo que trascendió en el evento del Consejo Interamericano del Comercio y la Producción (CICyP) que tuvo lugar en el hotel Alvear Palace, donde se reunió parte del establishment local: allí se enalteció la figura de Rogelio Frigerio en contraste con la del devaluado Marcos Peña.

Como semanas atrás, en el encuentro anual de la Asociación Empresaria Argentina (AEA), realizado en el Sheraton, los empresarios hacen catarsis demoliendo hoteles.

El fantasma de Carlos Melconian sigue dando vueltas como posible recambio si la meteorología continúa atentando contra el mejor equipo de los últimos cincuenta años.

Es que el golpe devaluatorio que comenzó tímidamente en diciembre, se aceleró a fines de abril y volvió como un huracán los últimos días de agosto (cuando el dólar saltó a oscilar alrededor de $ 40), no está consolidado.

¿Todo bajo control?

El primer acuerdo con el FMI, formalizado el 20 de junio, duró menos de dos meses y medio. Siguieron pasando cosas. Frente a las nuevas turbulencias se está cocinando un nuevo pacto con dos ingredientes principales.

Uno de ellos es el Presupuesto 2019, que presentará el próximo lunes en el Congreso el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne: con el fin de llegar al “déficit cero” contiene tantas dosis de ajuste y en una fórmula tan delicada que todavía no logra meter a todos los gobernadores adentro de la bolsa, a pesar de la larga hilera de dadores voluntarios de gobernabilidad que existe entre ellos.

El otro condimento es el paquete de condiciones que va a exigir el organismo internacional. Cambiemos está con la soga al cuello y pidió al FMI que amplíe el monto del préstamo acordado: desde los U$S 50 mil millones hasta U$S 65 mil millones.

Christine Lagarde dejó entrever que el nuevo acuerdo comprenderá reformas estructurales. No es difícil adivinar a qué se refiere. De mínima, querrá atacar más al sistema previsional, por ejemplo elevando la edad jubilatoria y liquidando el Fondo de Garantía y Sustentabilidad de la Anses.

¿Hay condiciones políticas para encarar reformas de este tipo? En diciembre la modificación de la movilidad jubilatoria se votó en el Congreso, pero el Gobierno perdió en las calles donde se expresó el descontento social.

Mientras la devaluación y la inflación hacen su trabajo para intentar recomponer las ganancias empresarias, no se puede descartar nuevas escenas de pánico y locura como la desatada el 29 de agosto por el mensaje de menos de dos minutos de Macri.

En esa oportunidad, el presidente anunció un acuerdo que todavía no existía con el FMI. Tanto no existía que, incluso, se congeló la aplicación del anterior: este viernes el Ministerio de Hacienda informó que el Fondo puso freno al desembolso de U$S 3.000 millones previsto para septiembre hasta que no se logre un nuevo entendimiento.

Como en aquella semana fatídica, los factores que pueden llevar a una potencial pérdida de control de la situación por parte del equipo económico son varios. Un factor persistente es la fuga de capitales motorizada por el empresariado de nacionalidad argentina.

A lo cual se agrega la salida de capitales golondrina: un informe de Morgan Stanley afirma que, pese al desarme de posiciones de los últimos meses, los fondos de inversión internacionales siguen sobreponderados en activos argentinos. En criollo: seguirán huyendo del país.

Por otro lado, pero también vinculado a la salida de capitales, el desarme de la bomba de tiempo de Lebac estresa a los “mercados” ante cada vencimiento. El próximo martes vencen alrededor de $ 400 mil millones, de los cuales una parte se volcará a dólares.

En el mejor de los casos, el equipo económico logrará ir absorbiendo (tarea en la que no le está yendo del todo bien) pesos a través de las Letes que emite el Ministerio de Hacienda: se trata de un virtual canje de deuda del Banco Central en Lebac nominadas en pesos por deuda de Hacienda en Letes nominadas en dólares. Esta operación implica ganar tiempo instalando una bomba atómica en la puerta de Hacienda.

No sólo eso. Además, la operatoria de intervención del Banco Central en el mercado de cambios sigue siendo errática, con señales que muchos operadores consideran que no contribuyen a calmar las aguas.

Aunque la suba de tasa de interés de referencia del Banco Central y el incremento de los encajes constituyen medidas recesivas de la actividad económica que se vehiculizan a través de los bancos, por el momento la corrida cambiaria no implicó cimbronazos en el sistema bancario.

Pero hay varios puntos críticos que encienden alarmas: una lenta pero persistente salida de depósitos en dólares de los bancos, el cubrimiento de los encajes bancarios con papeles que emite un Banco Central con un patrimonio que se debilita al calor de la pérdida de reservas y, no menos importante, el derrumbe de la cotización de bancos locales en Nueva York.

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Es estas condiciones, el segundo plan en tratativas con el FMI puede fallar a poco de andar. Por eso, los dueños del poder siguen lanzando al ruedo alternativas: desde una nueva convertibilidad cambiaria hasta la necesidad de un acuerdo de precios y salarios, que la historia indica consistiría en un chaleco de fuerza para que los trabajadores pierdan poder de compra.

La fórmula secreta

Aun cuando el Gobierno no pierda el control de la situación y logre imponer cierta estabilización cambiaria, el panorama inmediato estará impregnado por la recesión.

El parate en la capacidad instalada industrial se reflejó en los números del Indec que muestran un 40 % sin utilizar.

El retroceso más general de la actividad económica se inició en abril y se fue agudizando mes a mes. Concluido septiembre, la economía acumulará dos trimestres de caída, por lo cual técnicamente estará en recesión.

Es dudoso que el Gobierno logre con un nuevo acuerdo con el FMI cubrir todo el programa financiero de 2019, entre otras cuestiones porque necesita de cierta alquimia con las Letes que, como se mencionó, no está logrando.

Lo que es seguro que no permite el acuerdo con el Fondo es obtener los dólares necesarios para equilibrar el déficit externo.

Incluso la recesión y la devaluación todavía no dieron como resultado una mejora sustancial del balance comercial (el déficit generado por la diferencia entre importaciones y exportaciones), aunque sí reducir en cierta medida el déficit por el turismo.

Esto pone de relevancia un aspecto clave: la política oficial intenta conseguir dólares reduciendo el consumo popular y, por ende, el ingreso de importaciones, además de limitar el turismo de argentinos en el extranjero. ¿Cuánta más recesión se necesita para lograr restablecer equilibrios externos? Imposible saberlo, pero el ataque recién empieza.

Ligado a lo anterior, resalta otra arista de la política cambiemita: en ninguna alternativa asume el problema de la escasez de dólares expresada en el déficit externo atacando el vaciamiento que tiene lugar con la fuga, la huida de capitales golondrina, la remesa de ganancias de las multinacionales a sus países de origen o por la deuda externa.

Desde diciembre la cotización del dólar aumentó más de 130 %: es la paritaria de los exportadores y los que atesoran grandes sumas en dólares.

Cada semana se establece una nueva estimación de inflación anual: ahora está en 45 %. La condición para que se concrete esta proyección es que el dólar no siga subiendo: sería una epopeya pampeana. La inflación es una suerte de paritaria de toda la clase empresaria, que comprende disputas hacia su interior.

Finalmente, para los trabajadores la mayoría de las paritarias se ubican entre el 15 % y el 25 %, con unas pocas excepciones que sellaron aumentos mayores.

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Se puede ver de otra forma. El dólar avanza a un ritmo mayor al 10 % mensual. La inflación lo hace a un promedio mensual de 2,76 %, con tendencia a acelerarse, tal como se observó en el 3,9 % de agosto (y el 24,3 % acumulado de los ocho meses del año). Mientras, el salario privado registrado crece a 1,88 % mensual, el de los empleados públicos a 1,38 % y el de los no registrados (o mal llamados “en negro”) a 0,64 %.

Es decir, dólar, inflación y salarios concentran en gran medida la tensión entre los intereses antagónicos puestos en juego en la crisis.

La recesión, además de su funcionalidad en el intento de recomponer las cuentas externas, tiene otra faceta: la búsqueda de disciplinar a trabajadoras y trabajadores mediante la amenaza del despido y terminar de imponer la erosión cotidiana del poder de compra del salario. Es decir, consolidar el golpe devaluatorio en favor de las ganancias del gran capital.

La aspiración de un recambio de gabinete por parte de las patronales locales y el capital financiero internacional para oxigenar el Gobierno intenta hacer viable políticamente el ataque en curso.

Resta consolidar la degradación del salario, el empleo y, más en general, de las condiciones de vida. El partido se está jugando y todavía, como mostraron los gloriosos trabajadores del Astillero Río Santiago, no está dicha la última palabra.



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