Cristina Kirchner recrea su relato y le habla al empresariado como mejor garante de sus ganancias

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Dos auditorios, un mismo relato. De balances y dibujos históricos. Volvió a aparecer Cristina, y con ella, los mitos económicos sobre lo que fueron, y lo que no, los 12 años de gobiernos kirchneristas.

La ex presidenta habló ayer en el Congreso de Clacso (presentado como “contracumbre del G20”) y también aprovechó las sesiones del pasado miércoles en el Senado para hacer un balance de la economía del gobierno macrista en comparación con los 12 años del kirchnerismo.

En su discurso honró los pagos millonarios de deuda al imperialismo, llamó a los trabajadores a aceptar el impuesto al salario y se enorgulleció por la alta rentabilidad empresaria durante su gobierno.

“Conmigo ganaban más” (los empresarios)

Cristina Kirchner sostuvo en ambas oportunidades lo que siempre celebró abiertamente: que con su gobierno la “rentabilidad operativa” de las empresas –poniendo como ejemplo los balances de la empresa trasnacional Arcor- fue más alta que con Cambiemos. Lejos de sonrojarla, retomó así la confesión de que en su gobierno los empresarios “se la llevaron en pala”.

Años atrás recordábamos en este medio las enormes ganancias que obtuvieron las empresas y los dueños de la tierra durante su mandato: 3,6 veces se multiplicó la renta total apropiada por los terratenientes respecto al período previo, según Juan Iñigo Carrera y 1,5 veces se multiplicó la tasa de ganancia anual de los capitalistas industriales respecto a la década del ´90. Así también, según cálculos de Esteban Mercatante, la tasa de ganancia sobre el capital fijo estuvo por encima del 22 % en todo el período kirchnerista, lo que contrasta con relativamente bajos niveles de inversión privada en relación al PBI.

De esta forma, el kirchnerismo retoma este hecho irrefutable para perfilar un relato en el cual sus gobiernos fueron más efectivos para resguardar las ganancias capitalistas porque ellos impulsaron políticas desde el lado de la “demanda”. Cristina se apoyó en el “marxista” Kaleki y su defensa de una política de pleno empleo en Europa en los años cuarenta, para justificarlo teóricamente.

Sin entrar en detalles sobre este autor y la falsedad de su ascendencia marxista que Cristina le imputó –en particular porque nunca se paró desde la teoría del valor trabajo de Marx ni en la teoría de la explotación- lo que omitió decir la ex presidenta es que las burguesías alemana e italiana impulsaron esos proyectos de “demanda” y “pleno empleo” como una apuesta al rearme en el contexto de la segunda guerra mundial, al igual que hizo la burguesía norteamericana posteriormente. Fue este elemento bélico (y la masiva destrucción de vidas obreras en el campo de batalla y de fuerzas productivas), y no un abstracto impulso a la demanda, el que creó las condiciones para un nuevo ciclo de acumulación capitalista en la posguerra.

Cristina afirmó en el Senado que “92 son las empresas productoras, distribuidoras de luz energía y agua y las de petróleo. Las únicas que están ganando en la economía. El resto está en la lona” . Pero mientras señala eso pretendiéndose ubicar como representante de todos los empresarios y no de un sólo grupo selecto, también afirma, respecto a las tarifas, que “hay que sentarse” con las empresas del sector, sin siquiera sugerir la necesidad de investigar adonde fue la plata de los subsidios y de los incrementos tarifarios que no se canalizó a inversiones, profundizando el deterioro de los servicios.

Pero no todo es cuestión del pasado. También resaltó los favores que sus distintos aliados peronistas del FpV (Pichetto, Bossio) le hicieron al gobierno actual para realizar ataques a la clase obrera: “Han tenido lo que no tuvo ningún otro gobierno, una oposición que desde los fondos buitres, pasando por la reparación histórica, pasando por la reforma previsional, y por todo lo demás le votó todo lo que le pidieron. Hasta los presidentes del Banco Central”.

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No fue magia

El modelo económico “heterodoxo” presentado como solución a la crisis actual es funcional a impregnar la idea entre los trabajadores de que este esquema es bueno para ellos y de que es posible alcanzar un ciclo virtuoso de crecimiento basado en la conciliación de clases entre trabajadores y empresarios: con pleno empleo y mejores salarios crece el consumo y con éste se reactiva la inversión, que a su vez absorbe puestos de trabajo y mejora los ingresos. Una fantasía teórica que no tiene tampoco validez empírica.

El kirchnerismo pretende presentar los doce años de su gobierno como prueba de este funcionamiento. Sin embargo, un repaso por la historia económica de los gobiernos kirchneristas muestra que no fue una “expansión de demanda” la que explicó el crecimiento económico a “tasas chinas” en la primera etapa (2002-2007) sino precisamente la profundidad de la crisis económica en los años anteriores que culminó con la destrucción de los salarios reales por la vía de la devaluación en la salida de la convertibilidad y la inflación posterior. No fue casual que Néstor Kirchner haya mantenido el comienzo de su gobierno y por un largo período al mismo ministro de Economía que hizo parte de ese trabajo sucio con Eduardo Duhalde. La reactivación económica se vio favorecida también por el contexto internacional de altos precios de las materias primas, en particular de la soja.

Esteban Mercatante, en su libro “La economía argentina en su laberinto”, analiza esta “caja negra” del crecimiento y explica que se trató de un período de muy alta rentabilidad capitalista que sólo puede explicarse por el fuerte ataque perpetrado a los salarios, ayudado por la desocupación y la represión. No fue gracias a una mejora en las condiciones de vida de los trabajadores que se inició un período de crecimiento, sino precisamente por una ofensiva histórica del capital sobre el pueblo trabajador.

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Así también, una vez que comenzó la reactivación de la actividad que redujo de niveles alarmantes el desempleo (aunque no muy luejos del 10 %), se mantuvieron las condiciones de flexibilización laboral y las altas tasas de informalidad, mientras que las organizaciones de base de trabajadores que salieron a enfrentarla y rechazar despidos como en Kraft (2009) y Lear (2014) –entre otros ejemplos- sufrieron la represión de los aparatos del Estado.

Pero además de la disputa sobre la verdad histórica, el problema hoy está en que es imposible recrear un ciclo de crecimiento como en la primera década de los años ´2000 que no sea con ataques profundos hacia el movimiento obrero, en una economía mundial que además no es la misma que en aquellos años.

Cabe recordar que en América Latina el crecimiento desde 2012/2013 se desaceleró y desde 2014 se revirtió el ciclo de las materias primas. Esa es la base material, no sólo de la grave situación económica con la que concluyó el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, sino también la que llevó al ajuste del PT con Dilma Rousseff en Brasil.

Quizás por eso, y posicionándose como “oposición (o posible candidata) responsable”, Cristina Kirchner convocó a realizar un “gran acuerdo nacional” entre todos los arcos políticos, preparándose para un escenario probable de mayor conflictividad y luchas de clases como respuesta a los próximos ataques.

El mito de la “reindustrialización”

Otro aspecto que la ex mandataria repitió en ambas instancias recientes fue la idea de que en sus 12 años de gobierno el país se “reindustrializó”.

Si bien la actividad industrial creció en la etapa kirchnerista, esto no debe oscurecer que su participación en el PIB no mejoró sustancialmente. Mucho menos aún, se superó el atraso histórico del país. En promedio la participación de la industria en el Valor Agregado del país fue de 17,2 % en dicha etapa (serie Cuentas Nacionales año 2004), apenas un punto por encima del nivel de 2001 (derrumbe histórico del sector) y por debajo del 19 % del PIB que promedió la década del ´90, aquella en la que la devastación de la industria fue extendida (Esteban Mercatante, “La economía argentina en su laberinto”, IPS, 2015).

La ausencia de una transformación estructural se muestra en las condiciones de vida del pueblo trabajador: desde 1974 hasta la actualidad el poder de compra del salario retrocedió un 50 %; el trabajo en negro pasó del 20 % a un tercio estructural; la pobreza pasó del 4 % a afectar como mínimo a un tercio de las personas; y la desocupación pasó de 2,7 % a no bajar nunca sustancialmente por debajo del 10 %.

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Pero además, la primarización económica no se detuvo: Argentina no sólo fue el exponente principal del monocultivo sojero, sino también casi un paraíso de las mineras, siendo su máximo exponente de la “gran” política de desarrollo de su último período explotar Vaca Muerta de la mano de Chevron. Macri, agradecido por la “herencia” recibida.

¿”Nunca menos” pagadores seriales?

Otro punto de indudable referencia es el problema del endeudamiento. Cristina Kirchner aludió a él en el Senado con aparente combatividad: “se la pasaron hablando durante dos años de la ´pesada herencia´ y ahora nadie sabe cómo se va a hacer para pagar en 2020 la formidable deuda que ustedes han contraído. Tampoco se sabe dónde está la deuda, ¿dónde están los 150.000 millones de dólares?”, acusó.

Nuevamente, la experiencia histórica obliga a mirar qué hizo en su propio gobierno con la deuda para pensar cuál es su propuesta ante este tema. Allí aparece la política de “desendeudamiento” o de “pagadores seriales”, en la que la decisión fue destinar en poco tiempo una formidable masa de recursos a convalidar la deuda ilegítima y fraudulenta, pagando toda la deuda al FMI y destinando más de 200.000 millones de dólares a los especuladores.

Cristina, que hace una oda a esta sangría de recursos como si fuese una evidencia de enfrentamiento al imperialismo y al FMI, no pudo evitar que la deuda crezca durante su gobierno. Es que la “vuelta a los mercados de crédito” no es un invento del “neoliberal” de Macri, sino una política activa durante su mandato.

Kicillof hizo lo imposible para volver a endeudarse con los mercados internacionales: arregló con el Club de París aumentando sin justificación la deuda con esa entidad; arregló con el Ciadi -un tribunal imperialista del Banco Mundial- pagar reclamos de las privatizadas; incluso hizo una Ley de Pago Soberano para acordar con los buitres una ganancia del 300 %, algo que Singer y Griesa rechazaron para ganar más aun. La deuda pública en 2015 alcanzó 223 mil millones de dólares, un monto similar al momento de la crisis de la convertibilidad y 43 % más que antes del canje de 2005.

De igual forma, la elevada fuga de capitales es uno de las principales críticas del kirchnerismo para cuestionar la política económica del gobierno de Macri. Así planteó, “tenemos un triste récord: Argentina es el quinto país en la formación de activos externos. Las empresas terminan fugando la plata para formar activos en el exterior. ¿No les parece que eso también tiene que ver con la restricción externa?”.

Interesante reflexión que, al igual que su voto oportunista por el derecho al aborto, viene a concluir oportunamente una vez concluido su mandato. Se desentiende así de 100.000 millones de dólares que se fugaron en los años de gobierno kirchneristas, por más “cepo” y otras medidas tardías y limitadas para enfrentar esta salida de dólares.

Cristina omitió que los dólares que obtuvieron por el superávit comercial se destinaron a los pagos de deuda, a financiar la fuga de capitales y utilidades de las empresas extranjeras que no variaron su participación durante el kirchnerismo (de las 500 grandes empresas el 75 % de la facturación es extranjera). Es esta sumisión al imperialismo la que explica los problemas de “restricción externa” (escasez de dólares para que la economía crezca) que Cristina menciona con fervor pero que no puede explicar, ni combatir, con su “modelo de demanda”.

¿Qué haría un gobierno peronista o kirchnerista frente a los elevados niveles de endeudamiento actual? El gobierno que asuma a fines de 2019 se encontrará con una deuda superior al 100 % del PBI de la Argentina, con una cuenta corriente incapaz de generar divisas suficientes para pagar los elevados intereses y con un mercado de crédito internacional prácticamente cerrado. ¿Seguirán legitimando la deuda pública externa? ¿Desconocerán el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que tanto cuestionan?

Un gobierno que no cuestione de raíz la deuda pública ilegítima e ilegal sólo tiene para ofrecer, y más en estas condiciones, un nuevo ajuste feroz sobre las condiciones de vida de las masas para extraer hasta la última gota de sudor en pos de “cumplir” con el pago de una deuda que ningún trabajador votó o decidió.

Con la experiencia del kirchnerismo en el poder en la que no se apuntó a cuestionar, y menos a romper, los marcos del capitalismo dependiente argentino, no llama la atención que el “heterodoxo” y “marxista” Axel Kicillof aparezca recientemente en la tapa de la famosa revista internacional de negocios y finanzas “Forbes” anunciando que “no rompería con el FMI” en caso de ser gobierno.

De neoliberalismos y posverdades

Es interesante, por último, observar la referencia que ayer hizo Cristina sobre el neoliberalismo como una “construcción política” diferenciada de los Estados de Bienestar, en la que prima la meritocracia, el individualismo y la generación de nuevos sentidos comunes que exacerban los aspectos más negativos de la condición humana y rompen los lazos de solidaridad.

La dicotomía simplista “Macri-neoliberalismo” en oposición a “Cristina- Estado de Bienestar” (más allá de evidentes continuidades entre los años ´90 y los ´2000 en materia de flexibilización laboral, servicios públicos privatizados y modelo de negocios, entre otros) omite un punto cardinal que destacan los especialistas y filósofos analistas como característica distintiva del neoliberalismo: la sociedad de consumo. Cristina tiene el “mérito” de presentar ese aspecto como su contrario: el “carrito lleno” del supermercado y las compras en el mercado del barrio con el cobro de la AUH serían las máximas aspiraciones de los trabajadores. La “inclusión” que te hace pertenecer y “ser” por el hecho de consumir y comprar.

El nuevo sentido común de que “antes estábamos mejor” que impulsa el kirchnerismo se complementa con el concepto de solidaridad reconstruido de “sentidos” que ahora consiste en que un sector de los trabajadores que tenga el “privilegio” de estar en blanco debe resignar “solidariamente” parte de su salario en el impuesto a las ganancias, para que los trabajadores informales puedan cobrar las AUH.

Esto entra en directa contradicción con la confesión, minutos antes, de que se pagaron millones de dólares todos los años a los especuladores de deuda y al FMI y, minutos después, que los empresarios la levantaron en pala durante su gobierno. Parece que el concepto de “redistribución” también está en proceso de reconstrucción de sentidos, y que nada de eso constituyó una transferencia millonaria del trabajo al capital orquestada por ese “Estado de Bienestar”.

De manera que “solidaridad de clase”, en lugar de ser la unión y la organización para enfrentar los ataques de los patrones, ahora es la resignación a ser explotados por migajas y redistribuir la pobreza entre trabajadores. El “bienestar” queda reducido al acceso al mercado como consumidores. Las “identidades” que nos diferencian del otro/a ya no son la pertenencia de clase, sino el lugar del mostrador en el que nos encontramos. O, en forma más mundana, el “salario” es “ganancia”. Pelear contra ese impuesto sería un síntoma de egoísmo capitalista.

Pero además, queda allí develada una confesión profunda que merece ser desnaturalizada. Para Cristina, el rol central de la AUH (Asignación Universal por Hijo) es permitir tener más ventas más a los empresarios. Es decir que incluso la satisfacción de una necesidad social urgente que atraviesa a millones de familias con bajos recursos está puesta en función de mejorar los negocios. De eso se trata la “sociedad de consumo”.

Lo que viene, lo que viene…

Mirando este balance sobre sus 12 años de gobierno, ¿qué implica hacia adelante su “modelo de gestión” capitalista? En primer lugar, afirman de antemano que no están dispuestos a dejar de pagar la deuda. Apelando a generar ilusiones de volver a un pasado que ya no se puede volver por el cambio en las condiciones internacionales, se preparan con ataques mucho más brutales contra los trabajadores.

Las alianzas que está haciendo el kirchnerismo anticipan este escenario “previsor”: la nueva alianza con Felipe Solá (responsable de los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Dario Santillán) y con la burocracia sindical del SMATA conducida por Pignanelli y la de Moyano advierten que si en épocas de vacas gordas hicieron represiones contra la vanguardia obrera, en épocas de crisis preparan ataques mucho más brutales.

Frente a una posible crisis de la deuda, los aliados son precisamente acordes para realizar dichos ataques (nuevo saqueo al poder adquisitivo del salario, reforma laboral y jubilatoria, entre otras). Es necesario preparar una organización política de los trabajadores que esté a la altura de enfrentar dichos ataques.

Imagen/Enfoque Rojo



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