#cuéntalo o el poder del dolor compartido

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“Esos días crecí. Mucho. Muchísimo. Creo que fue la primera vez

que tomé conciencia de mí misma como mujer y de que mi soledad

era la soledad de tantas otras

y de que probablemente era para siempre.”

La no-violación. Virginia P. Alonso

Si alguien duda aún del poder de la escritura, los tiempos que corren y las historias que corren en ellos le darán una respuesta irrefutable. La escritura tiene no solo tiene poder terapéutico para quien escribe sino que lo tiene también para quienes leen. Y esto lo prueba hoy de la mano de la tecnología, que nos permite publicar en simultáneo y leer casi al mismo tiempo que centenas de miles en pantallas grandes y pequeñas, portátiles y no. “La manada” vuelve a ser noticia indignante. Las mujeres nos revolvemos de bronca ante la afrenta de una justicia tibia, que descree y revictimiza, una justicia indiferente al dolor de una mujer que es compartido por otras miles en el mundo. Ante la sentencia del pasado 26 de abril a solo nueve años de prisión para los violadores, Cristina Fallarás y Virginia Alonso lanzaron #cuéntalo, una invitación a construir un decir de mujer plural que resonara en español.

Y ahí está #cuéntalo como evidencia de que juntas construimos un hipertexto, donde un tema enhebra millones de intertextos atravesados por ese pequeño signo del hashtag, el numeral, seguido de un imperativo que pide, ruega y manda contar a una segunda persona, una o varias historias. Historias que caben en esa sílaba minúscula y enclítica que se estira y se amayuscula tanto como quepa en nuestra imaginación para testimoniar el dolor y el miedo, el asco y el recuerdo involuntario. Dentro de ese LO cabe un catálogo casi infinito de agresiones contra mujeres, de violencias de diferente grado, color y edad pero todas, desde la más incipiente, deleznable.

Cristina Fallarás dice “hemos compuesto un retrato coral y feroz” y acordamos. Ese retrato es por un lado el de una sola mujer que es todas las mujeres. Esa mujer en la que su piel y su alma denuncia a esas otras noventa y cinco de cada cien que junto a ella sufren abuso por estadística. Ese retrato es por otro lado el del hombre que depreda a las mujeres, que no son todos los hombres pero que son centenas de miles y unos cuantos pasaron por nuestras vidas. Esos retratos son la voz de las mujeres. En ella un yo y un tú, un yo y un vos, un yo y un él, un yo y un ellos se despliegan en escenas que se dinamizan en nuestros teatritos mentales y se cargan de paisajes, de frases susurradas o gritadas, de edades, de bocas y manos, de penes y lenguas y ojos y piernas y tetas y vulvas, de situaciones, de consecuencias, de vulnerabilidades y de valentías, de silencios de años que estallan al fin hechos astillas.

¿Por qué ahora y no antes? se pregunta la incisiva periodista y magnífica escritora. Y se responde y nos responde, porque ahora hay un espacio (lo hubo antes pero era chiquito e íntimo y cerrado). Porque ahora hay muchas otras contando historias parecidas (las hubo antes, pero eran la amiga, la vecina, la hermana). Porque ahora que en ese espacio, por virtual y abierto inconmensurable, suenan historias parecidas de mujeres con las que nunca vamos a cruzarnos por la calle pero tan amiga, tan vecina y tan hermana como yo misma, crece la oxigenante confianza del amítambiénmepasó y del cómonovoyacreerte. Tanto es el aire de ese espacio que nuestro propio encierro explota y repasamos piel abajo su exclusiva enumeración de abusos porque siempre es más de uno y vinieron con nuestro andar.

Y es cuando cada una al sentirse parte del convite, en la privacidad del papel o tecla a tecla, ofrenda al aire de la voz y a la luz de un momento y de la pantalla una escena única o toda una secuencia de dolor, de vergüenza, de miedo, de culpa que se levanta como tantas veces desde que sucedió, nítida y repetida. Pero así ofrecidas esas palabras se vuelven un río de espejos donde caben la voluntad de las mujeres y el asombro de los varones. En esos espejos de caracteres nos iremos mirando para saber quiénes somos, cuándo se nos creció adentro el miedo, por qué llevamos el coraje metido entre los ojos, cómo ser hombres que no lastimen mujeres para ser hombres, cómo ser más mujeres con voz para hacer juntas la voz de las mujeres. Y ahora que “La manada” queda libre esa voz es un abrazo de voces que se hace grito.



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