Del rol docente en épocas de crisis

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Existe en la docencia la vieja pretensión de aislarnos del mundo y que la clase transcurra lo más cercano posible a nuestra planificación previa. Pero la tozudez del mundo real, el mundo que duele, insiste y gana por cansancio, entrando sin golpear al aula.

Cuando hablamos de crisis en cualquiera de las clases, no es ya un concepto que resulte abstracto. Se filtra por algún comentario oportuno y simpático, sobre “el dólar” o sobre “la política” y termina irrumpiendo violentamente en el aula pidiendo más viandas o con un desmayo de hambre o con una silla vacía porque esa piba pasará a hacerse cargo de los más chiquitos de la familia. La planificación se derrumba, “es muy chica para cuidar sola a los hermanitos” pero los padres tienen que laburar todo el día. La búsqueda de distintas formas de ayuda tiene un límite insalvable: no es un caso puntual. En épocas de crisis estos ejemplos se multiplican, al tiempo que nosotres multiplicamos nuestra jornada laboral para llegar a fin de mes.

Los datos electorales, la estrepitosa derrota del macrismo y la condolencia de Alberto Fernández por la devaluación (mientras el FMI desde lejos se sonrojaba entre tantas adulaciones) provocaron cambios en la arena política y económica. En un blanco sobre negro comienza a quedar para dónde juegan los partidos mayoritarios del sistema. Ciertamente, cuando las noticias acribillan con el dólar, con la deuda al FMI o con las tasas de interés, omiten las consecuencias cotidianas. Con esta crisis, miles de mochilas escolares van a cambiar inevitablemente de color, publicitando ahora, a los patrocinadores de la precariedad laboral: Glovo, Rappi y demás beneficiarios de la pobreza de les pibes.

Repensar el papel docente en este escenario se torna urgente. Y no basta, lamentablemente, con una tarea que ayude a les estudiantes a pensar la realidad actual. Ellos y ellas son, más que nadie, los principales actores y actrices, porque es justamente su futuro el que está en juego. Justamente los que también protagonizaron la gran Marea Verde en las calles y en las escuelas, y que terminaron por imponer, a disgusto de la mayoría de los candidatos, la necesidad del derecho al aborto en la agenda electoral. Son los que llenan el aula con ideas y debates expresando que “no se comen ninguna”. Sobre ellos recae algún tipo de temor soslayado que se tradujo en el intento de borrarlos del padrón electoral o en la búsqueda de adoctrinarlos mediante un repudiado servicio militar moderno.

Para comenzar a problematizar la tarea docente, tenemos que tener en cuenta que la realidad atraviesa el aula. Dejar de lado el anticuado idealismo de un aula que busca replicar una realidad de alambique que nos ayude a sacar conclusiones del mundo que nos rodea. El aula es un lugar más donde todas las contradicciones conviven en simultáneo y las conclusiones que podamos sacar no se separan de nuestra actitud frente a ellas. Así nuestro rol docente se hace difuso cuando atravesamos una crisis como la que se vislumbra. Donde uno, una o varies estudiantes dejan la cursada para salir a trabajar doce horas, en condiciones precarias. El problema trasciende el aula como así también su solución. No basta la ayuda individual, la empatía personal que alivia la conciencia pero que como tarea de educadores es completamente insuficiente y frustrante.

Estamos ante un dilema. El espacio áulico, que pensamos como un canal de transformación social, como lo han propuesto decenas de pedagogos, se presenta completamente inútil para dar una salida de fondo a la crisis, por lo tanto, nosotres mismos nos figuramos igualmente inútiles. Algunes más optimistas, con la ilusión de que es una labor de hormiga, a largo plazo, y que gradualmente los frutos se cosecharán muchos años después. Sin menospreciar esas afirmaciones (y poniendo todo en ese sentido también), nos vemos obligados a pensar un rol más activo que sobrepase las paredes de la escuela, pensando justamente en ella. Se trata de no encorsetar las soluciones a nuestra actividad áulica, sino hacernos sujetos de la totalidad que supone la institución escuela y su rol en la sociedad.

Hay ejemplos de sobra de docentes que dejan el cuerpo en la escuela, incluso la vida, como los casos emblemáticos de Fuentealba o el de Sandra y Rubén más recientemente. La escuela y el país no están separados más que artificialmente y romper esa barrera ficticia es un problema pedagógico que les docentes tenemos que debatir. Pero estas dificultades que se nos presentan en nuestra tarea diaria son justamente los puntos que nos hacen fuertes. Chocan cotidianamente entre sí porque la institución toda no está pensada para transformar la sociedad, sino para reproducirla, y esa contradicción ontológica nos obliga a repensar su rol.

¿Dónde puede encontrarse la fortaleza? La escuela genera lazos entre la familia que perdió su único ingreso por el cierre de una fábrica, les estudiantes que salen a trabajar para cubrir como pueden la carestía y les docentes que perdemos todos los meses contra la inflación. Romper esas fronteras que nos separan (y que las instituciones, los gobiernos y los sindicatos se esfuerzan por cercar) es la didáctica más potente que podemos tener.

El gremio docente no cuenta, en el pasado próximo, casi con ninguna victoria corporativa importante que nos haya permitido retornar al trabajo, luego de jornadas de lucha, recompensados por un logro significativo. Todo lo contrario, convivimos con la sensación de que las medidas tomadas por las direcciones de nuestros sindicatos son aisladas y con sabor a insuficiente. Y así es. Sin embargo, contamos con ejemplos donde la unidad de la comunidad educativa dio resultados alentadores. Por citar un ejemplo, el fallo favorable por vacantes escolares fue una pelea que impulsamos en conjunto entre toda la comunidad y obligó a la justicia a tomar nuestro reclamo.

Si queremos encontrar la fuerza para enfrentar los planes de ajuste a los que nos quieren empujar, tenemos que buscarla en esos lazos que podemos tejer, por el rol estratégico que tiene la escuela en el entramado social. Es harto conocida por la docencia, la connivencia entre el sindicalismo tradicional y los gobiernos. Y hay que decirlo con todas las letras, las direcciones sindicales docentes de Ctera, como también la CTA y CGT están esperando su nuevo gobierno. Viendo cómo se acomodan, sin que se les note la mochila sobrecargada por haber dejado avanzar el ajuste del gobierno durante cuatro largos años, sin oponer resistencia alguna.

Nos piden que seamos testigos pacientes del vaciamiento paulatino de las aulas producto de la crisis, pero les docentes sabemos que esa pasividad equivale a complicidad con el ajuste y con el crecimiento de la pobreza. Hay que pararles la mano en el único idioma que entienden: la movilización popular. La posibilidad de imponer un paro activo a esos dirigentes viene de la mano a la unidad que podamos conseguir con les pibes y sus familias.

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Educar en un contexto de crisis económica y política implica repensarnos como trabajadores y trabajadoras de la educación. Tender los puentes necesarios para que cada escuela pueda ser un motor de rebeldía y cambio a las políticas restrictivas de la educación que nos quieren imponer bajo las recetas, acuerdos y renegociaciones con el FMI. Desde el PTS y el FIT Unidad, peleamos día a día en todos los terrenos y la educación, como disputa entre la reproducción y el cambio, no es una excepción. Cada una de nuestras bancas legislativas está puesta también a ese servicio. Peleamos por impulsar espacios de autoorganización de la comunidad educativa que pueda decidir, dar batalla y derrotar el ajuste, invirtiendo las prioridades para que la plata vaya donde tiene que ir, educación, salud y trabajo y no para el pago a los usureros.

Sabemos que no solo con nuestro prisma escolar se ve esta realidad que relatamos aquí. Abrimos este puente de comunicación para que estudiantes y docentes puedan escribir su historia.



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