Discurso de odio en acción: cliente de YPF lo amenazó por ser venezolano

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“Que opinás de tus dos compatriotas que estaban tirando bombas molotov en el congreso? porque si yo los tengo en frente les pego un tiro” Esa fue la amenaza que recibió Daniel por parte de un cliente, solo por ser venezolano. El discurso de odio que promueve el Gobierno, tiene violentas consecuencias en la vida de la juventud trabajadora. La Izquierda Diario publica su testimonio

Mi nombre es Daniel Arguinzones. Soy venezolano y estudiante de música. Tengo 24 años y hasta hace unos días trabajaba tercerizado para YPF y el Automóvil Club Argentino. Vine a Argentina huyendo de la crisis que está afrontando Venezuela y el 3 de agosto del año pasado firmé el alta con la empresa. Desde entonces, acepté trabajar 48 horas semanales incluyendo sábados, domingos, feriados. Todo esto con un solo franco semanal y un sueldo que en menos de un año se devaluó más de un 50%.

Renuncié después de un incidente que tuve la semana pasada. Un señor escuchó mi acento y me preguntó si era venezolano. Quería saber qué opinaba de “mis dos compatriotas que estaban tirando bombas molotov en el congreso”, y agregó “si yo los tengo enfrente, les pego un tiro”.

Cayó con todo ese discurso de entrada mientras yo lo atendía y cumplía con mi ciclo de servicio para cerrar la venta. Ya era la segunda vez en la mañana que alguien me increpaba por ser extranjero. Esto usualmente pasa, porque es una zona con gente que tiene mucha plata, pero no con tanta frecuencia y mucho menos dos casos en un solo día.

Ante su insistencia, respondí que solo hacía mi trabajo y que prefería no opinar al respecto. Sin respuesta y aún más alterado, continuó diciendo que, de estar en el congreso, seguramente yo también habría tirado bombas y que tendrían que deportarme por quitarle el empleo a los argentinos. Mientras tanto, en la fila un chico entre dientes decía “viejo facho” y muchos otros tampoco podían disimular su enojo e impresión.

Al pasar la comanda a cocina, le advierto a mi compañero, también venezolano, que tenga cuidado porque el pedido era para un cliente xenófobo. Como yo no respondí ante las provocaciones de éste cliente, el tipo continuó con mi compañero, que sólo le deseó buen provecho al servirle el plato. “¿Vos también sos venezolano? ¡Argentina está llena de venezolanos! ¿Por qué no se van a su país?”.

La encargada, ya enojada por lo que pasaba, abordó al tipo para decirle que si continuaba agrediendo al equipo de trabajo no le iba a quedar más opción que pedirle que se fuera del local. El cliente respondió con más violencia ante la advertencia y entonces otros clientes acompañaron a la encargada con la petición, lo querían fuera del establecimiento. “¡Queremos comer en paz!” y “Por qué no te callás?” gritaban algunos. El xenófobo se levantó de su mesa, no para irse, sino para encarar a otro cliente que le pidió que se fuera, ¡y le dió un golpe! En ese momento llamamos a seguridad y amenazamos con llamar a la policía. El tipo se calmó inmediatamente, se sentó como si nada hubiese pasado y continuó con su plato.

Dos minutos más tarde el dueño de la estación, el jefe de jefes, entró al local y sin saber nada de lo que había pasado se acerca a saludar a quién resultó ser su amigo. Del lado del violento y contagiado del discurso xenófobo, mi antiguo jefe me increpó diciendo que la próxima vez que se enterara de que yo le daba mi opinión a uno de sus clientes me echaría; que yo no tenía que estar opinando de nada. Dijo que me pondría a limpiar los pisos y que no iba estar más en el sector de caja. Insinuó que yo tenía que ser agradecido porque él me dio trabajo y “ni siquiera” me había pedido antecedentes penales.

Con el nudo en la garganta de la impotencia y con la cabeza llena de ideas desordenadas, le pregunté que por qué no escuchaba nuestra versión y la del resto de los clientes. Le aseguré que las cosas no fueron como seguramente le habían dicho. Le dije que ese señor que tanto defendía fue un violento; que el problema había sido precisamente que no quise dar mi opinión para no caer en provocaciones y eso lo había alterado. Le respondí que su cliente fue un abusador que atentó contra la integridad física y moral de otros clientes y de sus empleados. Sin ganas de entender y mucho menos de ponerse del lado de los trabajadores, me contestó “vos no tenés que decir nada”.

Después de eso, y con toda la bronca de no haber podido hacer algo para ponerle un alto a la discriminación -que no solo recibí yo sino también el resto de mis compañeros-, me fuí a la parte de atrás para avisarle a mi encargada que hasta ese día trabajaba. Me respondió que entendía perfectamente la decisión que yo tomaba y también me dijo que de no tener un hijo que mantener, haría exactamente lo mismo.

Esto que me pasó a mi le sucede a diario a muchos inmigrantes en Argentina y en el mundo. Son las consecuencias de una ofensiva que la derecha utiliza para pasar por debajo su plan de ajuste. Un plan que se traduce en una reducción significativa del presupuesto para la salud y la educación pública, por ejemplo. Un presupuesto que seguirá favoreciendo a los empoderados políticos y sus empresarios, que solo se preocupan por seguir aumentando las ganancias. Esas que genera con su esfuerzo la clase trabajadora, la juventud asalariada que día a día lucha para no dejar a un lado sus estudios y las madres solteras y trabajadoras que luchan por la educación y la comida de sus hijos.

Responsabilizo al gobierno de Cambiemos y a la oposición del PJ, que pretenden legitimar la represión criminalizando la protesta y sembrando chivos expiatorios. A los dichos de Patricia Bullrich sobre los detenidos extranjeros en la votación de la media sanción del presupuesto se sumó Miguel Angel Pichetto. No lo hacen solo para promover la discriminación y el odio, sino también para valerse de la excusa perfecta que los habilita a usar sus armas contra un pueblo que se viene movilizando y que repudia un presupuesto que tiene grandes consecuencias concretas y pretende liquidar la vida de millones, la vida de nosotros.

Dispuestos nuevamente, los trabajadores y las trabajadoras; la juventud estudiantil; las mujeres y adolescentes que se apoderaron de las calles para exigir el aborto legal, seguro y gratuito; la comunidad LGBTIQ; volveremos a salir a las calles el 14 de noviembre para decir ¡no al presupuesto de hambre que escribió el FMI! Si tocan a uno ¡nos organizamos miles!



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