El 68 postergado: a 50 años de la lucha estudiantil

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Los herederos de 1968 siempre han sido y serán los estudiantes mexicanos. Aquellos que no se callan. Que un día despiertan a la realidad y quieren contribuir a la construcción de un mejor país. Son aquellos que un día marchan por miles cerrando sus escuelas y exigiendo un cambio.

“Yo acuso a la fosa común,/ y a los incineradores, y a la piedad sobre los ojos/

…Yo acuso al dos de octubre que quiso ser dos de noviembre mexicano”.

Leopoldo Ayala (1939-2018)

Mienten aquellos que se dicen herederos de 1968 y sólo ganan poder político o elecciones de Estado. Los herederos de 1968 siempre han sido y serán los estudiantes mexicanos, aquellos que no se callan, aquellos que un día de tanto golpearlos, despiertan abruptamente a la realidad mexicana y quieren contribuir a la construcción de un mejor país. Son aquellos que un día marchan por miles cerrando sus escuelas y a gritos de consignas exigen un cambio.

En unos días marcharemos para conmemorar, con dolor y rabia, la funesta fecha del martirologio mexicano. Coincide nuevamente, como en 1999, con una revuelta estudiantil que pone en entredicho a los que enarbolan desde el poder un triunfo del 68 electoral. Los jóvenes han tomado las calles y difícilmente volverán a las aulas con las manos vacías.

Al igual que en 1968, se harán desconfiados y hostiles de un Gobierno que no escucha y los mata todos los días. Como ejemplo de esta hostilidad está el caso de Marco Antonio Sánchez Flores, estudiante de Prepa 8 desaparecido por policías del Gobierno de la CDMX, y que, gracias a la valiente fotografía de su compañero, se pudo demostrar la agresión y abuso de la fuerza policial a la que estuvo expuesto. Él tuvo “suerte”, no así los miles de desaparecidos y desaparecidas, el peregrinar de las familias; que van de fosa en fosa, ahora de tráiler en tráiler, exigiendo la aparición de sus seres queridos, dejando en su andar una herida abierta que atraviesa todo el país.

Muchas cosas han cambiado desde aquel 1968 que exigía la disolución del cuerpo de granaderos y este 2018 que exige mayor seguridad en sus escuelas y alrededores. Lo que ha pasado es una perfección de las fuerzas represivas del Estado, que mantienen una ciudadanía secuestrada, temerosa y dispuesta a aceptar al ejército en las calles en un falso discurso de “seguridad”.

Todo parecería indicar que estamos lejos de una solución de las demandas del movimiento estudiantil 2018, sin embargo, hay resuellos que nos muestran a esta generación joven que, escuchando y aprendiendo de los ecos del pasado, han pintado nuevamente murales en sus paredes, llevando ahí la memoria de luchas pasadas. Los muros no mienten, reivindican.

Hace 20 años, en 1999, perdimos los muros, pero también exigimos demasiado, soñamos con destruir los cimientos del Estado y sólo contribuimos a sacar al PRI de los Pinos y detener el Reglamento General de Pagos, para lo que habíamos vívido y para lo que habíamos despertado, nos supo amarga la victoria. Quedaron muchos pendientes en nuestra agenda sin resolver, eso contribuyó a un retroceso de nuestro propio movimiento estudiantil después de ese 6 de febrero.

Hace unas semanas el Archivo General de la Nación anunció que los archivos de 1968 todavía se mantendrían en resguardo porque contenían datos sensibles, proteger la identidad de los infiltrados es cuestión de Estado. Días después reculó y dijo que se abrirán los archivos, 50 años después, cuando tristemente nos hemos despedido de varias voces del 68, hace unos meses de Leopoldo Ayala. Ojalá que los sobrevivientes encuentren en estos archivos la posibilidad de tener un cierre a años de injusticia, olvido e impunidad.

El Comité 68 ha luchado porque Echeverría pise la cárcel. A sus 96 años, parece una cuestión imposible. Si las autoridades mexicanas por fin decidieran hallarlo culpable, con seguridad apelarían a su edad para mantenerlo en arresto domiciliario.

No sólo es Echeverría, hay muchos nombres de la impunidad que se espera salgan a la luz con la apertura de los archivos y que finalmente la justicia los alcance. La mejor enseñanza que podemos esperar de lo acontecido en 1968 es que haya verdad y justicia. El triunfo del 68 no está en las urnas electorales, pero sí en el esclarecimiento de los hechos, en el castigo a los culpables, en la reivindicación de las familias que perdieron un ser querido aquel trágico día.

Así como el 68, varios movimientos sociales tienen urgencia en resolver los pendientes de sus luchas, en mostrar la cara de un Estado que reprime, se lava las manos y vuelve a golpear, y que cada seis años sólo se cambia el traje. Los movimientos estudiantiles del 71, 85, 99, 14, 17 y 18 deben reflexionar sobre la tinta que se dejó de escribir y resolver las deudas pendientes, señalar las estrategias del Estado que enfrentaron, crear un corpus de lucha y resistencia, para que las nuevas generaciones tengan un camino menos complicado. Que la represión no sea un pretexto para irse a casa, que la represión no sea un pretexto para el olvido.

Si se abren los expedientes del 68, es por los activistas que no apostaron al olvido, por los que resistieron, por los que no volvieron a casa. Antes de señalar a los nuevos movimientos estudiantiles y sus demandas, debemos volver sobre nuestros pasos, a ese lugar que creímos era la Revolución, donde nació la conciencia, donde recibimos el apoyo de la comunidad. Es tiempo de volver a las calles, apoyar las nuevas luchas y reivindicar los años en que la universidad nos obligó a luchar como buenos hijos, ahí donde renegamos de ser usados como carne de cañón de las pugnas electorales y escribir lo que faltó de nuestra historia.

Levantemos nuestras banderas como monumentos de la memoria, faros de enseñanza, miremos atrás para mirar hacia adelante. Hace 20 años, los líderes del movimiento del 68, al ser cuestionados sobre qué le aconsejaban al movimiento de 1999, respondieron que el 99 era nuestro, que lo viviéramos como mejor nos pareciera. Fueron unos buenos padres y de su organización tomamos lo que en su momento consideramos necesario para nuestro movimiento, también desechamos o intentamos desechar sus errores. Por ellos, existimos nosotros y por nosotros estarán otros, sólo nos queda hermanar y aprender del gran movimiento estudiantil mexicano que nos ha dado duras y valiosas enseñanzas en estos 50 años. 2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA, ES DE LUCHA Y MEMORIA COMBATIVA.

Guadalupe Lezama Limias.

Hija del 68, madre del 2018.



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