El año que nuestras vidas cambiaron

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    Porque detrás de cada trabajador despedido, había una familia. Las esposas, compañeras, hermanas e hijas conformamos la Comisión de Mujeres y nos pusimos a la cabeza de luchar por los puestos de trabajo.

    Hace un año que con el conflicto, nuestras vidas, junto a las de nuestras familias cambiaron. Hubo un antes y un después. Nuestras vidas cambiaron y nos llevó a poner a prueba nuestra fortaleza individual y grupal, a empezar a convivir con compañeros que solo tenías una referencia por anécdotas que llegaban a nuestros hogares por parte de nuestros maridos. Todo cambió el 3 de julio.

    Ese día pasamos de estar tranquilas en la pasividad de nuestros quehaceres, de la rutina de cada día de trabajo, a tener que aprender a organizarnos, a unirnos, a ser objetivos y sobre todas las cosas, a luchar por nuestros derechos.

    El ver como nuestros maridos pasaron de estar trabajando toda una vida dentro de la fábrica, con el sacrificio que esto implica, a de un día para otro salir a pedir plata, fue lo más doloroso que vivimos. La vergüenza, la humillación en sus rostros es algo que de nuestra memoria no se nos borra jamás.

    Algunas de nosotras tomamos la decisión de empezar hacer algo para colaborar con esta lucha, en principio fueron las ventas de torta fritas, volanteadas en la ruta para recaudar fondo de lucha, organizando eventos, varieté, bingos, peñas.

    Al principio las preocupaciones pasaban por cómo pagar la luz, el gas. Transcurrido el tiempo, nuestras preocupaciones cambiaron, al pan de cada día para nuestras familias, empezábamos a darnos cuenta que esto iba para largo, aun así, acompañamos y apoyamos a nuestros maridos firmes, porque entendemos que su reclamo es más que justo, porque detrás de cada trabajador hay familias.

    Porque no vamos a permitir más avasallamientos de estos empresarios que no les tembló el pulso a la hora de cerrar las puertas sin previo aviso de un día para otro. Ni del gobierno que avala las ilegalidades de estos empresarios Bergese invirtiendo millones y bancando la policía en la fábrica hace 6 meses con plata de la comunidad después de la brutal represión que vivimos el 8 de diciembre.

    Para nosotras fue un golpe muy duro ver y presenciar como la policía disparaba a mansalva a nuestros maridos, compañeros. “No son delincuentes” les gritábamos. Son trabajadores que reclaman por sus derechos adquiridos después de haber trabajado toda una vida. No obstante con impunidad reprimieron y criminalizaron a nuestros compañeros. Por su parte el sindicato de la madera, que tendría que haber defendido nuestros derechos, es el que nos entregó deliberadamente, defendiendo los intereses empresariales como propios, pidiendo el desalojo de la fábrica.

    Nosotras cumplimos un rol fundamental en este conflicto, somos las que sostenemos desde el lugar que nos toca a cada una de nosotras, moral y psicológicamente, porque creemos en ellos y porque sus derechos son los nuestros.

    Este conflicto también llego hasta acá, gracias a la enorme solidaridad de la comunidad que nos apoya y acompaña, las organizaciones de izquierda que le han puesto el cuerpo a nuestra lucha, a los docentes, a los estudiantes, a los compañeros de la cerámica Neuquén, de Zanon, las compañeras textiles que se han vuelto parte de nuestra familia por el apoyo incondicional que nos brindan día a día.

    Muchas de nosotras siempre vivimos en la superficialidad, en el individualismo, sin mirar más allá de nuestras narices, nuestra manera de ver la vida estaba cambiando.

    De la pasividad de nuestras vidas pasamos a solidarizarnos con otras luchas, muchas veces entre charlas y charlas entre nosotras nos decíamos “en tan poco tiempo, todo lo que hemos vivido”. Ninguna de nosotras se hubiese imaginado que en algún momento de nuestras vidas íbamos a marchar, a cortar rutas, a pedir plata, a ser perseguidos por la policía. Todo esto, ninguno lo imagino antes de ese día.

    Desde Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, las Madres de Plaza de Mayo, los docentes, los estudiantes, los ceramistas, las textiles, Ni Una Menos. Poco a poco fuimos entendiendo lo que permanentemente veníamos escuchando “solidaridad de clase”, la importancia de rodearnos de solidaridad. Cuando nuestro sindicato no puso el cuerpo, ahí estaban todos ellos para acompañarnos y apoyarnos. Los ceramistas, las textiles, los estudiantes, los docentes, las organizaciones de izquierda, las agrupaciones, todos ellos eran los que ponían el cuerpo al reclamo por nuestras fuentes de trabajo.

    Eso es solidaridad de clase. Que otros sectores de trabajadores se hayan acercado a solidarizarse fue muy importante. A veces pensábamos, ¿qué hacen ellos acá? , qué necesidad de pasar frío, calor, vientos, lluvias. Gestos y actitudes que jamás imaginamos venían de gente de nuestra misma clase, la clase trabajadora.

    ¿Qué nos enseñó el conflicto?

    A luchar, a organizarnos, a unirnos. Si pensaron que una represión nos iba debilitar o que íbamos a desistir de nuestro derecho, se equivocaron, esto nos fortaleció mucho más.

    A tener conciencia de clase, a que no estamos solos, nos dimos cuenta que esta experiencia nos hizo ver la vida, de otra manera, a ver más allá de nosotros, que las conflictos sociales y políticos a lo largo de la historia se logró a fuerza de lucha, sangre y muerte, para la clase trabajadora nunca nada fue fácil.

    Es por eso que hoy salimos a las calles, a luchar por nuestros derechos, y por eso nos plantamos contra el ajuste, los despidos, la reforma laboral, la reforma previsional, contra el acuerdo con el FMI.

    Familias en la calle nunca más, por nuestros derechos, porque nuestras familias valen más que sus ganancias, es que seguimos resistiendo. En las calles nos veremos.



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