El cuento de la doméstica: mentiroso retrato de La Nación al servicio de las patronas

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En el marco de la repercusión de Roma, la película mexicana nominada a varios Oscar, el diario intentó demostrar que la vida de las empleadas domésticas “no es tan mala” como se dice.

Hace unos meses, las trabajadoras domésticas de Nordelta fueron las protagonista de un gran hecho: cortaron 15 minutos una de las entradas de ese complejo de 23 barrios privados, y armaron un gran revuelo.

Sólo 15 minutos y un vídeo, de menos de 2 minutos, grabado en un celular por una de ellas. Lo suficiente para mostrar la bronca que tenían guardada. El grito de odio de quien filmaba bastaba como prueba para desnudar una realidad que a muchos incomoda: “¡Basta de que esta gente nos discrimine, no nos podemos quedar calladas. Basta chicas, basta, despertémonos”. La gota que rebalsaba el vaso era que no las dejaban viajar en MaryGo, el único medio de transporte para ingresar a Nordelta, donde trabajan miles de mujeres y varones todos los días.

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A través de esa denuncia, que se conoció por La Izquierda Diario , las mujeres de Nordelta dieron voz a millones de otras mujeres que también sufren la discriminación, la explotación y muchas veces vejaciones aún peores. Decenas de medios televisivos, digitales y radiales se contactaron con las protagonistas para cuenten sus historias.

Ante el enorme rechazo social que despertó su denuncia, los empresarios y funcionarios de la zona, así como la conducción del sindicato, tuvieron que salir a dar explicaciones sobre ese inaceptable, pero cotidiano, maltratro a las obreras, que tan bien retrató la comediante Verónica Llinás.

Pero La Nación, fiel a su estilo, no llamó a estas mujeres para que cuenten sus realidades. Para hablar del vínculo entre las patronas y sus empleadas, entrevistó a otras mujeres, que condicionadas con sus patronas sentadas al lado, debían contar lo ”copada” que era la empleadora. La nota escrita con mucho esmero por Joaquín Sánchez Mariño, inútilmente intenta exponer que “hay patronas que pueden llegar ser tu amiga”.

En el intento de querer demostrar que la discriminación muchas veces es psicológica, o que viajar 3 horas en transporte público “está bueno” porque “sos libre” de hacer lo que quieras arriba del colectivo y el tren, el diario destaca algunos ejemplos que alcanzan, y sobran, para darse una idea de la perversidad de esta publicación:

Mabel viaja con su hija, que trabaja en el mismo edificio, pero en otro departamento. Usan dos colectivos y un tren, y pueden estar hasta tres horas yendo y otras tres volviendo. Sin embargo, es su parte favorita del día. “Querría trabajar más cerca de casa, pero a la vez no, porque yo en el viaje me siento libre. Hago lo que quiero (…) Cuanto más lejos estoy, más lejos viajo, y es lo mejor que hay. Ahí dentro no tengo más que hacer que gastar el tiempo en lo que yo tenga ganas”, dice.

“Cuando era más joven, a los nenes les decía por el nombre como si nada. Hoy les digo por el nombre pero siento que tienen una jerarquía diferente… Para mí por más chiquitos que sean son más que yo. Siento eso. Más que yo. Como si fueran mis jefes, por más que tengan ocho años, sí. El más chiquito me hizo reír el otro día. En la casa son todos de River y yo soy de Boca, ¿viste? Y el nene me dice: ‘¿Vos de qué cuadro sos?’. ‘Soy de Boca -le digo-, soy del mejor’. ‘Ah, bueno -me dice-, entonces estás despedida’. Tiene cinco años. Y yo me reí y se lo conté a la mamá como algo divertido. Pero por dentro me había picado. Sentí como una discriminación. Pero no fue así, es un nene nomás, pero yo misma me impongo esa sensación. Creo que aunque vaya creciendo, yo nunca llego a ser una persona como sería mi jefe. Es una idea que tengo en la cabeza nomás, lo sé, pero es así”, cuenta, según el diario La Nación.

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También está el relato de Gisela, una mujer muy joven que trabaja hace 4 años en San Fernando. Para llegar a la casa, en un barrio cerrado de San Fernando, tiene que tomarse un colectivo desde Benavídez, donde vive, y luego caminar dentro del country como 15 o 20 minutos. Dice que no le molesta, que en verano lo disfruta más que en invierno. Trabajó también un tiempo en Santa Bárbara (barrio cerrado de Nordelta), donde tenía que caminar casi una hora dentro del barrio para llegar a la casa. No sintió nunca discriminación en el transporte, como sucedió en Nordelta.

Estos son solo 2 de los relatos que aparecen la nota de La Nación Revista. Parece una broma de mal gusto. Con el relato de Mabel intentan sembrar la idea de que la discriminación es psicológica, y que nos es real que los patrones tienen el poder de despedir sólo porque no les gusta tu cara. O que viajar 6 horas por día “está buenísimo”, porque podes ser libre en el viaje, porque claro, seguro Mabel y su hija “re disfrutan” viajar muchas veces paradas y hacinadas en dos colectivos y un tren.

Pero en el relato, Mabel deja muy en claro que ella se siente menos, que ellos tienen una jerarquía, y que ella nunca va a llegar a ser una persona como sus jefecito de 5 años, que ya sabe a su corta edad que dispone del poder de despedir a la empleada cuando quiera. Gisela, por su lado cuenta que no sintió nunca discriminación en el transporte de Nordelta, claro. Si caminaba una hora para llegar a su lugar de trabajo.

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Claramente La Nación intenta naturalizar la sumisión y transmitir un mensaje: que podés ser feliz siendo explotada y discriminada; que viajar 6 horas por día “está bueno”, como así también tener que caminar una hora para ir a trabajar.

Las condiciones en las que están inmersas esas miles de mujeres, son el resultado de una doble opresión que este sistema, capitalista y patriarcal, impone sobre millones de nosotras: una opresión que nos condena por ser mujeres, y por ser obreras.

En el caso de las empleadas domésticas, como sucede en otros ámbitos (como la salud o la educación), su trabajo es una extensión del rol social que se nos asigna a las mujeres, de cuidadoras, de hacedoras de las tareas de la casa, de la crianza de los niños y las niñas, y permanece invisibilizado, o bien, romantizado. Eso es lo que intenta hacer el diario La Nación al tratar de convertir una relación de explotación y discriminación laboral, en el relato de un supuesto vínculo amoroso entre las familias millonarias y las mujeres pobres que limpian, a cambio de un salario que les permita sobrevivir, sus lujosas mansiones.

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Las trabajadoras de Nordelta dieron un gran ejemplo y un gran paso: empezaron a cuestionar la discriminación y el maltrato; que “no está bueno” que te impongan caminar una hora para ir a trabajar; que el transporte se te niegue como un derecho porque “hablás mucho”, porque sos inmigrante o porque “oles mal”; que tu salario siga siendo de 10 mil pesos por mes y que mientras pasas hambre, tener que cocinar roast beef al perro del patrón, mientras ellas y sus familias no comen por las noches. Es injusto, y no sólo lo saben: hoy se han puesto de pie, y se organizan para cambiarlo,

Así lo hicieron con los y las trabajadoras de MadyGraf (ex Donnelley), con las comisiones de mujeres que se ponen de pie ante los despidos, como en Fate, con las docentes y estudiantes, con las organizaciones de mujeres que luchan por Ni Una Menos. Porque saben que las patronas no son sus amigas. Porque han ido aprendiendo “el género nos une, pero la clase nos separa”. Por eso en la gran marcha que se espera para este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, van a levantar bien alto su bandera, que es la de muchas en el mundo.

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