El femicida Farré y un "espectáculo" montado por cadena nacional

0
442


El viernes, simultáneamente, Farré habló en los principales canales de televisión, tras ser hallado culpable por el femicidio de Claudia Schaefer en un juicio por jurados.

El femicidio de Claudia Schaefer conmocionó al país en agosto de 2015. El hecho, ocurrido en el lujoso country Martindale de la localidad de Pilar, permaneció durante días en las pantallas, radios y periódicos del país. Dar a conocer los detalles del crimen, reconstruir la escena, tejer hipótesis amorosas, policiales y psiquiátricas, encontrar el punto en el que se comprobaría que en realidad fue ella la que causó la reacción “incontrolable” de Farré, fueron, como suele suceder ante estos casos, los temas del momento para gran parte del periodismo. Generar horror, culpabilizar a la víctima, despersonalizar a la mujer hasta convertirla en el titular más llamativo. El rating y la primicia, la primicia y el rating.

Si el de Claudia fue “un femicidio de manual”, como sostuvo en el juicio la defensa de su familia, la televisación de Farré, tres días después de ser hallado culpable del “homicidio doblemente agravado por el vínculo” y el “femicidio” de Claudia, también fue “de manual”. Mostrándose compungido, desde una celda solitaria de la Unidad 46 de San Martín del Servicio Penitenciario Bonaerense, donde está detenido a la espera de su sentencia, el empresario habló durante horas ante las cámaras de cinco de los principales canales del país: horas enteras con sus declaraciones casi al unísono, en horario prime time.

Raiting, banalización de la violencia machista y un “espectáculo” montado alrededor de la palabra de un femicida declarado. De más está decir, pero hay que hacerlo porque es tan evidente que se oculta, que el beneficio con el que contó Farré para realizar su “descargo” es el mismo que la justicia le niega a Higui De Jesús, y a otras tantas mujeres, para relatar ante el periodismo la verdad de su historia. Esa, lamentablemente, es una noticia que no se televisa. Ese tiempo es el mismo que le falta a los reclamos que hace décadas sostiene el movimiento de mujeres, así como a las infinitas denuncias que desesperadamente buscan difundir cientos de familias, amigos, amigas y compañeros de las que no llegan a sus hogares al salir del trabajo o de la escuela, el tiempo que no tienen las que denuncian que son revictimizadas por jueces y policías cuando van a buscar ayuda, a las que denuncian son despedidas por quedar embarazadas o exigir su derecho a una licencia por maternidad o enfermedad, a las que son reprimidas por exigir un salario que les permita vivir, a las que mueren en el anonimato por aborto clandestino. Para cuestionar la misoginia, no; para promoverla, sí. Por eso este viernes, rating manda, Farré inundó las pantallas.

“Yo también me considero víctima”


Entre las innumerables afirmaciones que profirió ante los medios, Farré, quien ya había sido denunciado por violencia doméstica y a quien el país conoció en aquél 2015, cuando la imagen de su cara ensangrentada apareció ante las pantallas, afirmó que está “convencido que no soy un femicida”, al mismo tiempo que sostuvo que “no recuerda” lo que ocurrió en la habitación en la que reconoció haber asesinado a Claudia Schaefer con casi 70 puñaladas. Con supuesta extrañeza, no tardó en reflexionar que “evidentemente, el asesino fui yo”. Y ante una audiencia televisiva a la que se convidó a ser jurado, en un macabro espectáculo que emulaba al Gran Hermano y el reality show, el femicida sostuvo que “yo también me considero víctima” porque “una persona que mata a lo que más quiere en un acto irracional es víctima de su propio acto. Si yo estaba sano, eso no lo cometía”.

Sin dudas, sus declaraciones, similares a las que mantuvo su defensa ante el juicio por jurados, pretendían volver sobre el argumento del femicidio como un crimen cometido bajo la “emoción violenta”, un acto inimputable, una expresión “desmedida” del amor. Aunque Farré ya fue condenado y sólo resta conocer la sentencia y aunque sus declaraciones en los medios no sirven como pruebas, la colaboración explícita entre el Poder Judicial, el servicio penitenciario y los medios de comunicación, no merece menos que el más amplio repudio.

Lejos de ser hechos aislados, insólitos o irracionales, los femicidios son la expresión más brutal de la violencia machista, la reiteración cotidiana de una opresión histórica, con raíces estructurales, que garantiza este sistema capitalista y patriarcal para mantener su vigencia. No son excepciones. Esos femicidios que nos abruman con sus titulares y coberturas amarillistas, son el último eslabón de una larga cadena de violencias que se origina, legitima y reproduce desde las propias instituciones del Estado, como la justicia, las fuerzas de seguridad o el propio parlamento, donde una casta política compuesta por los partidos mayoritarios sigue posando para la foto mientras le da la espalda al genuino reclamo de Emergencia nacional contra la violencia machista, negándose a implementar las medidas concretas y elementales que exigimos en las calles.

Distinta vara


El hecho es repudiable no sólo porque colabora en el intento de desprestigiar las incontables pruebas aportadas por la familia de Claudia Schaefer, que incluyeron testimonios, pericias y hasta audios con conversaciones probatorias de la violencia que Farré ejercía sobre ella, sino también por el efecto disciplinador que pretende establecer sobre todas las mujeres, porque ese mensaje transmitido en “cadena nacional” obra también como amenaza y advertencia para las que sufren cotidianamente la violencia y aún no se atreven a denunciar su situación ante las instituciones del Estado, porque conocen la respuesta: allí también serán desoídas o revictimizadas y luego, para la amplia mayoría, no habrá recurso al que puedan acudir.

Ese mensaje de impunidad así como la negativa del Estado a implementar las medidas urgentes e indispensables para palia este flagelo, como los refugios y hogares transitorios, o los planes de empleo y de vivienda, o la asistencia a las mujeres víctimas de violencia, con un presupuesto acorde, constituyen un verdadero entramado de impunidad que niega a las mujeres sus derechos más básicos, incluído el de hacerse oir. Eso fue lo que denunciaron también decenas de miles de varones y mujeres hace tan solo una semana en las principales calles y plazas del país, cuando volvieron a decir “Ni Una Menos”, “Vivas las queremos”. El reclamo político que tanto asusta a los Lanata es claro: no estamos pidiendo el aumento de las penas para que se apliquen sobre los cuerpos de las mujeres que murieron, estamos exigiendo que se garanticen ya mismo las medidas elementales y urgentes que permitirían que estén vivas.

La entrevista a Fernando Farré pretendió reforzar ese pacto con un mensaje desafiante: “si hablan, nadie les creerá… y si mueren, tampoco”. Mucho menos si el femicida es un poderoso ex gerente de empresas multinacionales como Avon, Loreal y Coty, como Fernando Farré, o si la víctima es una mujer, pobre y lesbiana a la que se intentó “corregir” con una violación grupal, como Higui. Pero no es menos cierto que a ese pacto reaccionario millones de personas le antepusieron en las calles un grito ensordecedor, que caló profundamente en amplios sectores de la sociedad, y que sigue creciendo, mostrando toda la potencialidad que tiene nuestra lucha.

Miles para imponer nuestro reclamo urgente


En Argentina, el movimiento de mujeres lleva años reclamando que en los medios se designe y se refleje a los femicidios como lo que verdaderamente son: expresiones brutales de la violencia contra las mujeres, y no “crímenes pasionales” o actos irracionales provocados por una repentina “pérdida de control”. La exigencia se apoya en datos alarmantes: un femicidio cada 18 horas en el país, sólo siguiendo las noticias de los diarios.

Aunque cada masiva movilización por “Ni Una Menos” logró irrumpir en las pantallas, el rating y las ventas siguen dominando la programación, incluso cuando de nuestras vidas se trata. Un caldo de cultivo para que luego periodistas como Jorge Lanata, reconocidos entre otras cosas por su declarada ideología misógina, se sientan habilitados a desmerecer la fortaleza y la potencialidad de esta lucha, de la que hoy se sienten parte activa y fundamental millones de personas.

Contra esa “normalidad” las mujeres también nos manifestamos masivamente en las calles, ganando aliados fundamentales para imponer nuestro grito. Así lo demostró el paro internacional por los derechos de las mujeres que el pasado 8 de marzo arrancaron miles de trabajadoras y trabajadores a sus conducciones sindicales para acompañar esta pelea y, más recientemente, la movilización nuevamente masiva del pasado 3 de junio. Con esa fuerza, tenemos que avanzar y profundizar nuestra lucha, hasta imponer todos y cada uno de nuestros reclamos, incluido el que propone que nuestras voces tengan el derecho a hacerse oir en los medios de comunicación.

Te puede interesar: El grito de #NiUnaMenos volvió a ganar las calles



Source link