El Fondo, la plata quemada y diez juramentos a los “mercados”

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Donald Trump apuesta a la reelección de Mauricio Macri. El FMI tiene sus principios, pero también tiene otros. El acuerdo con el peronismo responsable: ¿seguro para llegar al final o un final seguro?

La mayoría de los argentinos hace malabares para apenas llegar a fin de mes y no tiene ni idea qué es el S&P Merval. Se trata del principal índice del Mercado de Valores de Buenos Aires: mide el valor de las acciones de las empresas que cotizan en bolsa, las más grandes del país.

Es una suerte de termómetro de las expectativas de ganancias. Entre el martes y el viernes, el S&P Merval acumuló un alza del 10 %. El viernes también explotó (en el sentido positivo) la cotización de empresas argentinas en Wall Street.

Influyó que se dieran a conocer datos favorables de la economía de Estados Unidos, pero los principales factores que estimularon la euforia de los “mercados” hay que rastrearlos en la autorización del FMI para que el Banco Central queme reservas para contener la cotización del dólar y el acuerdo en ciernes que negocia el Gobierno con el peronismo responsable (con el ajuste).

Con estas novedades el oficialismo logró encapsular por unos días la catástrofe económica y evitar la potencial pérdida de control en la gestión de la crisis. La bomba de tiempo sigue activa.

Trámite exprés

Desde Washington llegó la autorización para que el Banco Central (valga la aclaración: el de acá, de Argentina) pueda utilizar los dólares que guarda en las reservas para intentar evitar que se desarrolle la corrida cambiaria que tomó impulso a fines de abril.

El comando central de la economía argentina hace tiempo que se localiza en el país del norte. En esta ocasión la decisión no fue tomada en los cuarteles del FMI sino en la Casa Blanca, por intermediación del secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, quien ordenó a David Lipton, el representante de los Estados Unidos en el organismo, que habilite a que en estas pampas se quemen dólares para evitar el colapso final.

¿A dónde irán esos dólares? A financiar la fuga de capitales de los empresarios locales a paraísos fiscales, a la dolarización de carteras de los capos de la “bicicleta financiera” que huyen del país más enriquecidos de lo que entraron, a la remisión de ganancias de las empresas imperialistas que operan en el país, pero engrosan cuentas bancarias en las potencias centrales. Es decir, a garantizar el vaciamiento.

La medida fue resistida por Alejandro Werner y Roberto Cardarelli, los técnicos del organismo que atienden el caso argentino. E incluso por el mismo Lipton. Es que en el Fondo tienen por prioridad asegurar que los dólares que envían no se dilapiden en otro destino que no sea cancelar la deuda pretérita: al saqueo por otros medios.

Pero el Fondo está dominado por las potencias del G7 y el voto más importante corresponde a los yanquis. El gobierno de Donald Trump fue alertado por las autoridades argentinas sobre la catástrofe cambiaria inminente si el Banco Central seguía con las manos y los pies atados para intervenir a través de la venta de reservas.

La burocracia del FMI, que lleva sus recetas “técnicas” incendiarias a cualquier país que se esté incendiando, en esta oportunidad pasó por alto cualquier formalidad: no hubo carta de intención oficial por parte de Argentina, ni memorándum, ni metas a cumplir, ni indicadores para medir la evolución del plan.

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El macrismo utilizó como arma de negociación con Washington la amenaza del regreso de Cristina Fernández. La paradoja es que la expresidenta fue la mejor “pagadora serial” de la deuda. Y su joven estrella, Axel Kicillof, se reunió con el FMI para garantizar que no habrá ruptura. Mientras Macri va a terminar la gestión al borde del default.

Las otras cartas cambiemitas son el descrédito acelerado de Jair Bolsonaro y la crisis en Venezuela. El macrismo utiliza en el terreno geopolítico el único argumento que tiene a mano para las elecciones domésticas: “somos los menos peores”, tal como esgrimió Jaime Durán Barba.

Este lunes 29 de abril quedó enterrada la política cambiaria con bandas de no intervención anunciada por Guido Sandleris, el actual titular del Central, el 26 de septiembre de 2018, en vísperas de que el FMI aprobara el segundo acuerdo en menos de seis meses.

La modificación de esta semana es la tercera a aquél acuerdo de septiembre en menos de un mes: la primera fue a principios de abril cuando se autorizó al Ministerio de Hacienda a vender U$S 60 millones diarios, la segunda cuando se congeló la banda de no intervención semanas atrás.

La nueva política cambiaria del Banco Central en realidad consiste en la vieja receta que hizo rodar la cabeza de Luis Caputo a instancias de Christine Lagarde. El “Messi” de las finanzas (así lo llamaba Mauricio Macri a Caputo) dilapidó el año pasado miles de millones de dólares de las reservas para intentar contener, sin éxito, la suba del dólar

En la jornada del 15 de agosto de 2018, Caputo cedió U$S 1.610 millones de reservas; el 31 de agosto U$S 1.136 millones. Son solo botones de muestra de otras tantas jornadas donde las reservas se le escurrían de la mano. Ahora el Banco Central podrá intervenir dentro de las bandas sin especificación de monto y con U$S 250 millones cuando el dólar supere el tope de la banda: $ 51,45. La pregunta del millón es ¿por qué ahora con menos poder de fuego va a funcionar?

Tierra arrasada

Bajo el mando del FMI (las negociaciones comenzaron en mayo y el primer acuerdo se selló el 20 de junio de 2018), la economía transita mes tras mes la misma monótona oscura realidad: más allá de alguna mínima suba entre meses, la economía exhibe un derrumbe sin fin cuando se compara lo que se produjo en un mes en relación al mismo período del año previo.

La caída de los dos primeros meses del año (los últimos datos de Indec llegan a febrero) supera en promedio el 5 % de retroceso. Este número se ubica con creces por encima del pronóstico del FMI, que en su proyección de abril esperaba una caída de 1,2 % para todo el año. Claro que la expectativa del Fondo es una recuperación para, obviamente, el “segundo semestre”.

La inflación también se aceleró bajo el virreinato de Christine Lagarde: pasó de un promedio del 25 % a principios de 2018 hasta el 54,7% en marzo de este año.

Por un lado, la recesión empuja a la desocupación que ronda el 10 %. Por el otro, la inflación destruye los ingresos de los asalariados, los desocupados que perciben asistencia social y la clase media. El efecto de conjunto es el empobrecimiento generalizado y un tercio de la población bajo la línea de la pobreza.

Las espadas principales de la política destructiva son la tasa de interés y el ajuste presupuestario. No obstante, como si faltaran pruebas del fracaso de las tasas voladoras (que en la actualidad se encuentran en el 74 %) para contener la inflación, este aspecto de la política monetaria se mantiene en pie. Lo mismo ocurre con el “déficit cero” que destruye la educación, la salud y otros presupuestos sociales.

Mientras el oficialismo sostiene lo esencial de la política de destrucción de las condiciones de vida, produjo cambios en otros aspectos económicos que expresan un giro que atenta contra los principios cambiemitas: reforzamiento del programa de Precios Cuidados; créditos de la Anses que proyectan llegarán a los $ 124 mil millones (al tipo de cambio actual son U$S 2,7 mil millones, similar a lo que se fuga de capital en promedio por mes); relanzamiento del programa Ahora 12 a tasas astronómicas; entre otras medidas.

Un combo similar de tinte kirchnerista fue utilizado en 2017 para ganar las elecciones, pero entonces hubo presupuesto para la obra pública, la “bicicleta financiera” funcionaba aceitada y en los meses de votación el salario real experimentó una leve recuperación. Estos tres elementos no estarán presentes: el “plan alivio” difícilmente tenga éxito en las nuevas condiciones.

Jinetes del apocalipsis

La convocatoria a firmar un consenso de diez puntos que trabaja el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, con el peronismo macrismo friendly tiene como objetivo calmar a los “mercados” en camino hacia las elecciones, donde se prevén más turbulencias financieras: se trata de un juramento a favor del ajuste fiscal, de un Banco Central independiente de cualquier interés nacional pero comprometido con el vaciamiento del país, de honrar la deuda con los especuladores, de reformas laboral y previsional regresivas, de bajar impuestos a las empresas.

El G6, que agrupa las principales cámaras empresariales (bancos, la Bolsa, la UIA, Sociedad Rural, Cámara de la Construcción, Cámara de Comercio), se apresuró a dar el visto bueno. No podía ser de otra manera frente a un juramento para profundizar el régimen del FMI.

Roberto Lavagna se desmarcó rápidamente del consenso. Él tiene su propia receta de ajuste: la que llevó adelante como ministro de Economía de Eduardo Duhalde allá por el 2002 cuando destruyeron el poder de compra del salario con la megadevaluación.

El lunes fue Sergio Massa quien se adelantó a la iniciativa para que Macri convoque a la oposición a buscar una salida a la crisis: “La soberbia e irresponsabilidad de Macri, no le permiten ver su fracaso y el de su gestión. A este ritmo podemos terminar mucho peor. No se pueden perder más meses, para recuperar a la Argentina de esta crisis.”, afirmó el dirigente.

El tigrense fue uno de los principales dadores voluntarios de gobernabilidad con su bancada votando el pago a los fondos buitre o la ley de blanqueo a los fugadores, mal presentada como reparación histórica a los jubilados. Ahora dice que el macrismo no es serio y no tomó contacto con él.

Otros dadores voluntarios de gobernabilidad dieron señales amigables. El salteño Juan Manuel Urtubey dijo “voy a tratar de ayudar”. Para Miguel Ángel Pichetto es “positivo” buscar el consenso. Todavía no hay firmas firmes. Y aunque las hubiera, la propuesta de Cambiemos no deja de ser una declaración de buenas intenciones: un compromiso con todo en general, pero en nada concreto en particular. Un “consenso” adecuado a la catástrofe económica: para acompañar a Macri hasta el final o, más bien, para anunciar anticipadamente su final.



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