El lado oscuro del pacto social

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La clase empresaria remarca precios y las ganancias le sacan varias cabezas de ventaja al salario. La calma cambiaria y los cabos sueltos de una economía en terapia intensiva.

De la dictadura genocida a esta parte cada crisis se procesó con un saqueo en todos los ámbitos de la vida del pueblo trabajador, lo cual se expresa en una tendencia al aumento de la pobreza y de la desocupación estructural, y en el retroceso del poder de compra del salario en términos históricos.

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La devaluación salarial (es decir, el abaratamiento de la fuerza de trabajo), mediante el alza del tipo de cambio, es una de las perillas principales del tablero de control económico que utiliza tradicionalmente la clase capitalista autóctona para torcer la balanza en favor de sus ganancias.

La fórmula secreta

Para que una devaluación sea exitosa la condición es que la suba de la cotización del dólar supere a la evolución de la inflación en simultáneo que el incremento de precios le gane a los salarios.

En los términos del capitalismo, las devaluaciones exitosas los son para una sola clase social: la empresaria. El pato de la boda: la clase trabajadora.

Considerando la evolución entre noviembre de 2015 y septiembre de 2019, el dólar subió 506 %: el tipo de cambio es una suerte de “paritaria” de las grandes empresas exportadoras, fundamentalmente agrarias. Ese 506 % indica en cuánto subieron sus ingresos en la era Macri.

El efecto de la suba del dólar no se agota en cómo impacta en los ingresos de los exportadores. También impacta en el patrimonio medido en pesos de los ricos que tienen fugados sus dólares en paraísos fiscales (como algunos funcionarios del actual gobierno), propiedades o inversiones en el exterior.

Por su parte, la inflación en el mismo período (noviembre de 2015-septiembre de 2019) se incrementó un 272 %. Este número se puede asimilar a una “paritaria” de toda la clase capitalista: es una expresión sintética de cuánto aumentan los alimentos, el transporte, la electricidad, el agua, en resumen todos los bienes y servicios en el mercado interno.

Por último, los salarios del sector de trabajadores registrados del ámbito privado (el mejor pago de la economía) exhiben un incremento de 201 % en el período señalado.

De este modo, la pérdida del poder de compra del salario en el sector privado registrado es del 19 % o de casi un quinto en comparación con 2015. En los salarios estatales la situación es más grave. Lo mismo que entre los trabajadores no registrados (en “negro”).

Esta triada de tipo de cambio (que se incrementó 506 %), inflación (que aumentó 272 %) y salarios (que subieron 201 %) ofrece una fotografía de los ganadores y perdedores durante el gobierno que está concluyendo.

Hay algo más importante aún. Una proporción significativa del saqueo al salario que expresan estos números se está procesando durante la transición.

Del aumento total del tipo de cambio durante el Gobierno de Mauricio Macri, un 31 % tuvo lugar durante los meses de agosto y septiembre. En el caso de la inflación, casi un 13 % del total del aumento se ejecutó luego de las PASO.

No sólo eso. Los salarios siguen corriendo muy de atrás a las subas de precios (algunas autorizadas por el Gobierno, otras a fuerza de la prepotencia de las grandes empresas) que se están practicando en los combustibles, las prepagas, los alimentos, la telefonía móvil y los servicios públicos.

El incremento de precios (al igual, que en otro andarivel, los despidos y suspensiones en muchas empresas) da cuenta de la preparación de la clase capitalista en vista de la convocatoria del acuerdo social que propone Alberto Fernández.

El fracaso económico macrista deja, desde el punto de vista de los dueños de todo, una dulce herencia para Alberto: la devaluación salarial.

La era de hielo

La flotación sucia de la cotización del dólar (es decir libre, pero con intervenciones del Banco Central) condujo a la pérdida de casi U$S 23 mil millones entre las PASO de agosto y las elecciones generales de octubre.

La dilapidación de reservas alcanzó a casi un tercio del total: es esfumaron por la fuga de capitales, el retiro de depósitos en dólares y los pagos de deuda.

Las reservas netas disponibles para uso de la autoridad monetaria quedaron en un nivel alarmante. Esto condujo a la medida de emergencia del “cepo hard” (duro) que restringe la compra de dólares a U$S 200 por mes por cada individuo.

La crisis causó un nuevo régimen cambiario: un cuasi control de cambios que reemplaza a la flotación sucia. Esta medida restringe el acceso al dólar de la mayoría, no obstante los peces grandes utilizan maniobras varias para hacerse del billete verde (dólar bolsa, contado con liqui), donde la cotización es más alta.

La calma cambiaria es precaria. Todavía quedan demasiados cabos sueltos: el acuerdo con el FMI está roto y el default (no pago) selectivo que decretó Macri puede transformarse en total en los próximos meses si tienden a agotar las reservas del Central. De hecho, la función del “cepo hard” es guardar todos los dólares posibles para que se los lleven los especuladores de la deuda.

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En el inicio de la gestión macrista, mientras en Nueva York Alfonso de Prat Gay negociaba con los fondos buitre, un funcionario del Ministerio de Hacienda le explicó a un delegado gremial que si esa negociación salía bien, a los trabajadores les iría mejor. La negociación salió “bien”. Acá estamos.

Guillermo Nielsen (uno de los referentes económicos de Fernández) tuvo un encuentro “casual” con funcionarios del FMI en Miami.

En Nueva York los fondos especulativos se preparan para poner nuevamente en marcha el negocio de la deuda.

Existen tensiones entre el FMI y los acreedores privados. Pero todos coinciden en quien pagará la fiesta capitalista macrista: los trabajadores y trabajadoras que se quedaron afuera viendo como otros la pasaban bien.

Apenas asuma Alberto Fernández es probable que se intente colocar la economía en la era de hielo a la espera de que se negocie “bien” con los amos del norte. Hay una realidad: en los Estados Unidos no se negocia bien o mal, sólo se regatean los grados de sumisión.

El establishment económico hace propaganda afirmando que un pronto arreglo mejorará la vida de todos, la misma fórmula discursiva con la que comenzó la historia de “volver al mundo” macrista.

En una economía en terapia intensiva esta semana se conocieron los desastrosos datos de la industria y la construcción. La economía se conduce a concluir el segundo año de recesión y 2020 sumaria el tercero, según los pronósticos de todas las consultoras y el FMI.

El gobierno de Fernández buscará encorsetar a la clase trabajadora en el pacto social para congelar está situación donde la clase capitalista sacó ventajas claras a todos los que no viven de explotar trabajo ajeno.

Las expectativas de mejoras en las condiciones de vida chocarán con la realidad de una torta de la riqueza que se comprime y de la que comen una porción cada vez más grande unos pocos.

Mientras la clase empresaria prepara su salida, la CGT está militando conscientemente para congelar la organización y la lucha obrera.

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En las relaciones sociales no hay leyes rígidas como sí las hay en las ciencias duras. La ley del capitalismo autóctono de hundir a la clase obrera en el triángulo de las Bermudas en cada crisis no es una fatalidad inevitable. También podemos inspirarnos en Chile y Ecuador para buscar abrir camino a otro destino.



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