El mundial invisible: una devaluación del 50 % que licúa el salario

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En lo que va de junio el peso se devaluó 13,60 % y en sólo 5 meses la devaluación superó el 50 %. Por el momento, el gobierno lleva la ofensiva contra el salario. Todavía hay tiempo de cambiar el resultado.

Empezó el mundial en Rusia y en pocas horas el team de Messi moverá la pelota en el debut contra el equipo Islandés. Pero en Argentina las tapas de los diarios esta semana estuvieron distraídas con temas más acuciantes. La foto de la marea verde de las mujeres que se expresó en las calles por el aborto legal -que por primera vez en la historia del país consiguió media sanción en Diputados-, también se acompañó de la foto de otra marea verde: la de la fiebre del dólar.

La cotización de la divisa se acercó peligrosamente a los $ 29 en el cierre de la semana, y no hubo préstamo del Fondo Monetario Internacional, aval del organismo explícito hasta el cansancio al plan de ajuste del gobierno argentino, enroque de ministro de Finanzas por presidente del Banco Central ni conferencia de prensa del superministro de Economía Dujovne que alcance para frenar la suba del dólar.

En lo que va de junio el peso se devaluó 13,60 % y en sólo 5 meses la devaluación superó el 50 %. Comprar un dólar hoy vale un 54 % más de lo que costaba el 2 de enero. Pero, según medios internacionales como The Economist, aún queda un 10 % más de depreciación para que el dólar alcance un “equilibrio” relativamente estable (si es que eso existe), y el dólar futuro de diciembre ya se vende en torno a $ 33.

Nadie lo dice, pero el verdadero mundial para los argentinos tiene más que ver con el dólar y con Lagarde que con Messi. Lo que está en juego hoy no es otra cosa que quién pagará los costos de la crisis.

Por el momento, el gobierno lleva la ofensiva con un norte estratégico claro, aunque a pasos improvisados y erráticos. La única certeza es el objetivo incuestionable, acordado con el FMI, de aplicar un plan de guerra contra el salario y, para ello, lo que algunos denominan “impericia” para contener el dólar no ha venido más que como anillo al dedo a los planes ajustadores.

Devaluación: un tesoro para la patronal

Existen dos tipos de ataque sobre el salario de los trabajadores, ambos íntimamente relacionados entre sí. Uno de ellos es la búsqueda de las patronales por bajar el salario medido en dólares, aquel que interesa especialmente a los grandes grupos económicos y financieros trasnacionales que operan en Argentina y que calculan sus ganancias en moneda mundial. La manera inmediata y más sencilla de hacerlo es mediante una devaluación del peso.

El segundo de ellos es el ataque al salario real, esto es, al efectivo valor de cambio o poder de compra que tienen los salarios. Esto significa que el ritmo inflacionario es superior al ritmo de crecimiento de los salarios, por lo tanto cada mes el empresario paga una suma de dinero que “vale menos” – incluso aunque esté incrementada respecto al mes anterior- por el “efecto licuadora” de los precios.

Desde este punto de vista, la situación actual no podría ser más beneficiosa para los empresarios, debido a que ambos salarios están devaluándose en forma acelerada y sin una perspectiva de pronta reversión. Este resultado es alcanzado con la ayuda de las cúpulas sindicales que demoran meses en convocar a medidas de acción y, cuando lo hacen, tienen un carácter fragmentado y “dominguero”.

Con la devaluación del 50 % en cinco meses, y con salarios que prácticamente no han variado su nivel, la mayoría de las patronales están pagando salarios que, en dólares, son un 33 % abaratados respecto a principios de año.

Al mismo tiempo la devaluación tiene en Argentina un impacto alcista en los precios internos debido a la estructura económica del país en el que hay un fuerte componente de bienes importados, tanto de consumo como principalmente insumos y bienes de capital utilizados en los procesos productivos.

Así, la baratura del salario en dólares trae aparejada una baratura del salario real. En los primeros cinco meses del año la inflación ya acumula un 12 %, corroyendo fuertemente el nivel de vida de las familias trabajadoras. Se calcula que al menos entre un 25 % y 30 % de la devaluación se traslada directamente a precios en nuestro país.

El propio gobierno, en su acuerdo con el FMI, presupone que la inflación anual puede llegar a alcanzar 32 %, mientras que internamente repetía hasta no hace poco que las “metas” de inflación eran del 15 %. Una gran mentira que, como se ha denunciado en este medio, sólo tenía el objetivo de imponer techos a las paritarias. Techos que han sido aceptados sumisamente por gran parte del arco de los dirigentes sindicales más importantes.

Una licuación histórica

Las devaluaciones exitosas, desde el punto de vista del capital, son aquellas que al menos en un plazo aceptable, permiten mantener un doble diferencial en el tiempo: de una parte, un ritmo de devaluación superior a la inflación, de manera de abaratar los productos locales frente a la competencia externa. De otra parte, una inflación superior a los salarios, de forma de bajar en términos reales el costo de la fuerza de trabajo para los empresarios.

De acuerdo al economista Alejandro Bercovich, la de este año fue la devaluación más fuerte después de la del 2002, superando con creces las de 2009, 2014 y 2016. En todos los casos el impacto es sin duda el deterioro del salario real. Según estimaciones de Cifra, en 2014 la inflación fue del 36,8 % anual, y el salario real se contrajo un 4,8 % para los trabajadores privados registrados.

En tanto, en 2016 la inflación alcanzó hasta el 40,6 % y el salario real cayó un 5,8 % para los privados registrados, según la misma fuente. Un cálculo de La Izquierda Diario mostró que durante 2016, el salario real descendió 6,1 % para el mismo sector. Para la gran desposesión de 2002 el impacto de la devaluación del 300 % fue todavía mayor: inflación del 41 % y caída del salario que en promedio llegó a 28 % (Esteban Mercatante, “La economía argentina en su laberinto. Lo que dejan doce años de kirchnerismo”).

Una de las claves del entendimiento del gobierno con el FMI era avanzar en una mayor devaluación a la ya vivenciada a fines de abril, y así finalmente, por error o por conducción, están sucediéndose aceleradamente las cosas. No sólo esto es buscado porque la modificación del tipo de cambio produce el efecto sobre el salario que se menciona arriba, y porque permite revertir los desbalances en el saldo de cuenta corriente. La devaluación es un ataque silencioso, indirecto y masivo, a gran escala, cuyo responsable no queda bien definido: ¿el FMI? ¿los “mercados” (grupos económicos concentrados y financieros que especulan con el dólar y los mercados financieros)? ¿Sturzenegger? ¿Macri? ¿O todos?

Por el momento los dos diferenciales que busca el capital mediante sus gestores en el gobierno se están consiguiendo a la perfección: devaluación superior a la inflación (50 % vs. 12 %, y aún si fuese 32 % anual sin que se modifique un peso más en el tipo de cambio, quedaría arriba la primera), e inflación por arriba de salarios (32 % vs. 15 %).

Con el tiempo, la inflación logra equilibrarse con la devaluación y los efectos del primer diferencial favorable al capital interno desaparecen. Pero la pérdida del salario real para los trabajadores permanece o nunca logra recuperar lo perdido. Ese traslado a precios, o “pass through”, en Argentina es fuerte por la dolarización de gran parte de la estructura productiva, aunque su extensión y temporalidad depende de muchos factores, en particular de la profundidad del impacto de la crisis sobre la actividad económica (recesión).

Todavía hay tiempo de cambiar el resultado

Gran cantidad de gremios ya cerraron acuerdos por el 15 % (en cuotas y sin cláusula de revisión). Obras Sanitarias, Unión Tranviarios Automotor, aceiteros, Luz y Fuerza, pintores, tintoreros, remiseros, petroleros oficiales, construcción, petroleros, ferroviarios, bancarios y estatales. Si bien el gobierno “habilitó” para el sector privado la apertura de negociación por 5 % más, en los hechos no significa ninguna concesión que no sea una posibilidad previamente existente.

En estos primeros meses del año en que los tarifazos y la escalada de precios licuaron el poder de compra del salario, sólo fueron mínimos los incrementos salariales si es que impactó alguna cuota de las paritarias, más ciertas migajas de bonificaciones o subas acordadas previamente.

Comercio tuvo el 10 % en abril, la UTA con el 5,5 % en marzo, luz y fuerza con el 11 % recién en abril, Obras Sanitarias con el 7,5 % en el mismo mes, igual que petroleros. Similar recorrido se expresa en otras áreas, mientras que otros sectores más perjudicados, como estatales, recién verán su primer aumento en el mes de julio.

De conjunto, ningún trabajador que viva de su salario pudo en 2018 ganarle a la carrera contra la inflación, y menos aún preservar sus ingresos en términos del equivalente general: el dólar.

Después de muchas vueltas la CGT convocó un paro sin movilización para este 25 de junio, al que adhirieron el MASA, la CTA, la UTA y otros gremios. Un paro “dominguero” que no apunta a torcer los ataques profundos que prepara el gobierno en su plan de ajuste. Sin embargo, nada permite descartar que este paro se transforme en una expresión masiva y activa de repudio de los trabajadores a las políticas económicas, por la reapertura de paritarias libres y sin techo, y para tirar abajo el acuerdo con el FMI.

Sin embargo, de lo que se trata no es solamente de preservar el poder adquisitivo de nuestro salario. Aún en el caso de vencer los aumentos de precios, y hasta de recuperar con bonificaciones los meses en que se perdió capacidad de compra, las conquistas salariales son temporales y efímeras. El mundial que está en marcha es aquel que tiene, de un lado, al capital y su objetivo estratégico de darun cuarto saqueo al pueblo trabajador, no sólo atacando al salario real sino también exprimiendo hasta la última gota de sudor con el cobro de intereses por una deuda ilegítima y fraudulenta del Estado, dejando un saldo de desocupación y mayor empobrecimiento.

Del otro lado, la masa de trabajadores y el pueblo pobre que tiene una experiencia de lucha y organización que puede ser muy poderosa. La muestra reciente de ello es la jornada contra la reforma previsional en diciembre pasado que movilizó a miles en forma directa contra un recorte inmoral contra los jubilados. Y también en estos días el poder de movilización expresado en las calles por las mujeres en conquista de sus derechos.

El FMI le dio su aval al gobierno para ir adelante con el plan de ajuste. Pero ni con ello los “mercados” confían en que el gobierno pueda, en tan poco tiempo, torcer la relación de fuerzas con los trabajadores para aplicar su plan de ajuste. La suba del dólar sigue teniendo ese contenido político.

Se evidencia entonces que es posible dar vuelta el resultado. Para eso hacen falta más que “parches”, se necesita un plan integral para dirigir la economía y lograr salir de esta crisis evitando que el costo recaiga sobre los trabajadores. Para terminar definitivamente con la licuación del salario es fundamental acompañar la lucha por el salario con la exigencia del no pago de la deuda ilegítima e ilegal, un aumento de emergencia para los trabajadores y los jubilados, frenar los despidos y suspensiones y anular los tarifazos, entre otras medidas.

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