Elena y Felipe, o de cómo en la vejez se sigue peleando

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En el sostén diario donde lo necesario se vuelve impagable y casi inaccesible, Elena y Felipe llegan a la obra social para averiguar por un trámite presentado. Un grato encuentro y una historia de lucha permanente.

No tienen más de 70 años, “unos viejos jóvenes” se definen; sin embargo los dolores les recuerdan, permanente, que desde sus 17 años no han parado de trabajar.

Mientras esperan una respuesta por el trámite, Elena y la empleada comienzan un fructífero diálogo, donde toma las riendas y comienza el relato de sus días. Felipe, a su lado, junto a su “otra compañera” la mochila de oxigeno.

Hija de inmigrantes europeos, los aromas mediterráneos supieron arraigarse en la cocina familiar, volviéndose primordial en gran parte de su trayectoria laboral. Se desempeñó como cocinera por muchos años en diversas instituciones de salud y educación, dentro y fuera de la formalidad laboral. Época que, a la distancia, más allá de presentarse como un obstáculo para su jubilación ordinaria, recuerda con mucha felicidad por haber “sacado muchas sonrisas con un rico plato de comida”.

Si sus ojos brillan al hablar de sus años como cocinera, su voz se entrecorta al contar que fue “manzanera de la Chiche” (Hilda “Chiche” González de Duhalde, presidenta del Consejo Provincial de la Mujer y la Familia, en épocas del gobierno bonaerense de Eduardo Duhalde durante los 90).

Durante veinte años realizó trabajo comunitario en los barrios, como le gusta llamarlo: entrega de alimentos, seguimiento de familias y control de embarazos, campañas de prevención en salud, actividades de alfabetización, talleres recreativos.

Según sus propias palabras, Elena nunca dejó de recorrer el barrio más allá de los cambios de gobierno. Hoy ya no puede decir lo mismo. Cuando se jubiló, hace tres años, desde el Municipio le informaron que “prescindían de su trabajo”.

Sentirse prescindible, desechado, “fuera de”. Cruenta realidad en la que adultos mayores y trabajadores son destruidos y condenados a la miseria.

Minutos de congoja llenaron las palabras de Elena.

• Mi trabajo ya no servía más. Como si en los barrios las cosas no estuvieran fuleras… los chicos siguen con hambre. Y algunos mayores también.

De igual manera se siente su compañero Felipe. El también sabe de descarte. Relata, en un tiempo calmo y lento por sus pulmones cansados, que pasó por varias fábricas que quebraron, echaron gente y cerraron.

• Por lo menos me aportaron, me sirvió para jubilarme, hoy a los pobres pibes le hacen lo mismo pero no les aportan nada; no sé qué van a hacer”.

Otros minutos de silencio.

Una vez jubilado, Felipe se dedicó al trabajo de refrigeración de heladeras por su cuenta, instalando un taller pequeño y así tener unos pesos más en la casa.

Pero sus pulmones comenzaron a fallar y tuvo que dejar de trabajar. Momento de quiebre para Felipe: dejar de trabajar, servir y cumplir, como le enseñaron. Luego de una profunda tristeza, salió adelante con ayuda de su familia y el oxígeno.

Hoy Elena y su compañero están jubilados y cobran un haber mínimo. Ambos con una salud frágil que deben cuidar.

Ante la pregunta de la trabajadora sobre cómo llevan hoy su vejez, Elena y Felipe no lo dudan:

• Juntos. Peleándola, como siempre lo hicimos. Compramos un horno panadero con un crédito y seguimos haciendo comida para vender. Igual la cosa no anda para nada bien. Antes gastábamos un rollo de bolsitas que trae 500 en un mes. Hoy llevamos tres meses con el mismo rollo.

• Y encima los aumentos de la jubilación son un desastre. Con los de antes hubiéramos estado cerca de lo que deberíamos cobrar para estar bien, ¿no? No sé qué vamos a hacer…

Se miran, toman sus manos. Ella lo acaricia y le recuerda de los seis hijos y los diez nietos, que es lo más hermoso que tienen.

• Asi se sigue señorita, peleando sin bajar los brazos, para dejarles un lugar más lindo.

Trabajar hasta romperse, ceder cada vez más años de su vida para aumentar las ganancias de unos pocos, imponiendo reformas previsionales brutales.

En épocas donde la expectativa de vida a nivel mundial no deja de aumentar, y donde la vejez de la clase trabajadora se toma como un problema de déficit a resolver desde los centros de poder, las trabajadoras y los trabajadores mayores saben que la lucha diaria es la única forma de sobrevivir.

El tiempo de pelear es hoy, como siempre. Que las nuevas generaciones tomen nota de ello, para luchar desde ahora.



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