¿Feminismo de la mano de Bergoglio? Una suma que resta

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El lanzamiento del Frente Patria Grande, encabezado por Juan Grabois, desató un debate en el movimiento feminista por su cercanía con el Papa.

Mientras masticamos la bronca por la muerte de una niña wichi con desnutrición crónica, neumonía, embarazada y obligada a parir para “salvar la otra vida” que tampoco se salvó, hay algunas feministas que nos quieren aleccionar sobre las alianzas políticas que deberíamos conformar hacia el 2019, para la candidatura presidencial de Cristina Kirchner, porque opinan que es la única forma de sacar a Cambiemos del gobierno.

“Lo principal” se enarbola para justificar alianzas con quienes están en contra de nuestros derechos, los que vuelven a quedar en el lugar de “lo secundario”. En nombre de “lo principal” nos mandan a taparnos la nariz y vendarnos los ojos, a disciplinarnos o a cumplir el papel de niñas rebeldes cuyos reclamos serán mostrados como pataletas inocuas y hasta simpáticas.

Hay que apoyar a Cristina, porque podría ganarle a Macri. No importa si durante sus dos mandatos presidenciales se encargó, activamente, de impedir que el debate del aborto legal prosperara en el Congreso. No importa si durante su presidencia, las comunidades originarias sufrieron la represión y el furibundo desprecio de los entonces gobernadores oficialistas que hoy apoyan su próxima candidatura. No importa si votó a favor de la legalización del aborto sólo cuando estuvo segura que era un voto simbólico, porque ya estaba garantizado que se perdía por el lobby de la Iglesia con el oficialismo y con la oposición, incluyendo a una senadora de su propio bloque. No importa que Cristina nos comunicara su tardía conversión al feminismo en el mismo discurso en el que nos pidió que no nos enojáramos con la Iglesia, cuyo jefe es el Papa, que es Bergoglio.

No importa si el principal candidato que levantan estas feministas populares es un fiel amigo del Papa. No importa que sobre Bergoglio pesen las acusaciones de complicidad por el secuestro de dos jesuitas en la dictadura, cuando él oficiaba como superior de la Orden. No importa que haya movilizado a adolescentes y jóvenes de instituciones católicas contra la aprobación del matrimonio igualitario. No importa que haya encubierto a miles de curas abusadores de los niños y niñas cuyas vidas sólo le parecen importantes antes de nacer. No importa que sea el más alto representante de la institución que impuso el catolicismo a sangre y espada contra nuestros pueblos originarios, cuyas descendientes hoy mueren desnutridas, con neumonía, porque salvar un embarazo es más importante que su dignidad humana. No importa que sus obispos hayan tejido la más perniciosa red de influencias con el oficialismo y el PJ para que el Senado siga condenando a las mujeres a morir en abortos clandestinos. No importa que este joven candidato se burle de las luchas del feminismo y decida que ésas no son cuestiones que le interesen a sus “representadas”.

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Claro que las mujeres constituimos un movimiento que se transformó en uno de los principales actores políticos de este año y por supuesto que tenemos que aspirar a construir mayorías. Es extraña esta velada “acusación” de sectarismo, cuando las mismas que hoy nos piden que entendamos la alianza con prepotentes voceros de Bergoglio, son las que despotricaban contra la sola presencia de compañeros solidarios en las movilizaciones que encabezamos las mujeres, por nuestros derechos.

Pero las mayorías se construyen en las calles, en las luchas y movilizaciones enfrentando el ajuste y por nuestros derechos, mientras las direcciones sindicales del PJ se arrastran a los pies del gobierno y los dirigentes sindicales que también ambicionan una candidatura de Cristina en 2019, se arrastran a la Basílica de Luján. Todos impidieron que seamos una mayoría contundente para derrotar el presupuesto del ajuste que oficialismo y PJ negociaron contra el pueblo trabajador. Todos impidieron que se paralizara verdaderamente el país por el reclamo del derecho al aborto.

No se trata de decisiones individuales y subjetivas, sino de alianzas y programas políticos que expresen o no las demandas del masivo movimiento de mujeres. Y no nos pidan que, igual, confiemos en que sus principios feministas seguirán vivos, en la privacidad de sus fueros íntimos, a pesar de las contradictorias alianzas políticas públicas. El feminismo no es un sentimiento o atributo individual que puede permanecer impoluto, mientras colectivamente se trabaja para el empoderamiento político de los personeros del Vaticano.



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