Genora Johnson Dollinger: un puente entre la cocina y la General Motors

0
509


A los 23 años se animó a construir un puente entre las mujeres que rebuscaban monedas para preparar la comida y los obreros que desafiaron a la General Motors. Cambió la historia de la huelga y de las mujeres.

Las páginas de la nueva edición de Luchadoras. Mujeres que hicieron historia (Ediciones IPS y Pan y Rosas) están pobladas de historias como la de Genora Johnson Dollinger. Mujeres que contra las adversidades, desafiaron el destino miserable que les prometía el capitalismo, atravesado por crisis y por guerras. La Revolución se transformó para ellas en el horizonte por el cual sacudir su presente y solo ver el pasado para extraer lecciones y pelear por un futuro libre de explotación y opresión.

Dicen que Genora arrancaba vivas y hurras en los auditorios más fríos, que la escuchaban con atención hasta los escépticos, y que era de las pocas personas blancas que podía hablar ante obreros negros y ganarse el aplauso. Será porque las mujeres siempre habían compartido con ellos y los sectores más empobrecidos, ese último escalón de la clase obrera, raído y sucio. Será porque era capaz de encender la revuelta entre las mujeres que hasta el día anterior habían estado recluidas en sus hogares con sus hijos hambrientos. Será por esa y mil razones más que una vocera de ese escalón raído y sucio se transformó en protagonista cuando se levantaron los obreros de la General Motors y sus compañeras, con Genora a la cabeza, ya no quisieron quedarse en la cocina.

Su historia completa la encontrás en Luchadoras. Mujeres que hicieron historia (Ediciones IPS y Pan y Rosas)

De la cocina al piquete

En la década de 1930, los hombres dejaban la vida en las fábricas de Flint (Michigan, Estados Unidos), las mujeres lo hacían en el hogar. Las condiciones de vida eran paupérrimas. La crisis económica golpeaba con dureza. Eso animaba los mitines obreros, las reuniones de los wobblies (militantes de la IWW una central sindical, con tradición combativa), socialistas y comunistas. Genora Jonhson Dollinger pisaba su segunda década y era parte de la generación que había vivido la adolescencia en plena Gran Depresión, conocía la miseria de cerca.

Los últimos días de 1936 la encontraron jugando un rol fundamental en la preparación y el desarrollo de la huelga contra la General Motors de 1936/7. Genora no trabajaba en la fábrica, era compañera de Kermit Johnson, el único militante del Partido Socialista que era obrero automotriz en la ciudad. Cuando llegó al sindicato para colaborar con la lucha, le mostraron la cocina y ella les contestó: “Hay muchos hombres flacuchos que no son capaces de pararse firmes, marchar e ir hacia los piquetes y pueden pelar papas tan bien como nosotras”.

Genora había observado la presión que ejercían las esposas de los obreros en las huelgas. En la víspera de año nuevo, varias de las esposas se habían acercado a los piquetes del sindicato a amenazar a sus esposos con el divorcio si no volvían a sus casas. En Flint, como muchas ciudades obreras, se vivía una situación económica grave. Se multiplicaban los niños con hambre. Las mujeres administraban y organizaban hogares pobres y eran las primeras en resistir cualquier cosa que arriesgara el ingreso aunque fuera magro.

Genora pensó que si no ganaban a las mujeres para la huelga, la victoria sería más difícil: “Si las mujeres son tan efectivas para quebrar la huelga, podrían serlo también para ganarla. Entonces organizamos la brigada auxiliar de mujeres, que fue muy efectiva para comprometerlas en la lucha” (todas las citas en castellano pertenecen al libro Luchadoras. Mujeres que hicieron historia, Ediciones IPS, 2018).

La comisión de mujeres: un puente entre la fábrica y la comunidad

Organizó la Brigada Auxiliar de Mujeres con ese fin. Recorrían las casas, proponían a las esposas sumarse, organizaban discusiones, lecturas, y pusieron en pie una guardería donde podían quedarse hijos e hijas de los trabajadores mientras las mujeres se reúnen y van a los piquetes. Niños y niñas también participaban con sus propios piquetes, tenían reuniones especiales en el sindicato.

A través de la brigada se construyeron dos cosas muy importantes. Una gran red de solidaridad entre las mujeres, que logró perforar el aislamiento en el que estaban sumergidas, la mayoría de ellas amas de casa, y un puente con la ciudad en Flint azotada por la crisis económica y el látigo de la General Motors. Las mujeres ya no estaban solas en sus casas, así lo puso en palabras una de las miembros de la brigada: “Ya no éramos más individuos, éramos parte de una organización”.

Te puede interesar: Comisiones de mujeres: laboratorios de emancipación.

La Brigada llegó a reunir mil mujeres, y cuando la situación se tensó, se negaron a quedarse pelando papas en la cocina: “Darles a las mujeres el derecho a participar en las discusiones con sus esposos, con otros miembros del sindicato… era un cambio radical”. Se destacó una rama militar, las Red Beret (boinas rojas), que usaban boina y brazaletes rojos, era la Brigada de Emergencia, que participaba de los enfrentamientos. Usaban unos palos confeccionados especialmente para las mujeres.

En una de las batallas con la policía, la Brigada de Emergencia rodeó la planta con un gran piquete. Genora llamó a las mujeres a romper el cordón policial: “Crucen la línea de policías y vengan aquí a defender a sus esposos, sus hermanos… Anochecía y apenas pude ver a una mujer caminando hacia la zona de batalla. Y otras mujeres la siguieron, luego más hombres… Cada vez que hubiera una batalla amenazadora, nosotras haríamos la diferencia”. Y así fue.

Chicas rebeldes

Una de las grandes lecciones de la huelga de General Motors fue que la participación femenina no se limitaba a las cocinas y las guarderías. Como en la huelga de Minneapolis en 1934, las mujeres eran voceras de la huelga, liberaban a los presos, denunciaban la represión, hacían inteligencia clandestina para el sindicato, convencían a otras mujeres, y muchas veces participan en los enfrentamientos, no en la retaguardia, en la primera línea. Eran un verdadero puente entre la lucha dentro de las fábricas y los barrios que las rodeaban, otro campo de batalla donde se peleaba la “hegemonía”; quien ganara en ese territorio, se preparaba mejor para la guerra desatada.

Genora no se limitó a la organización de las mujeres. Su compañero Kermit Johnson, a pesar de no ser el líder formal del sindicato, era un verdadero referente de la base obrera, era el presidente del comité de huelga. A menudo surgieron diferencias entre los socialistas acerca de cómo actuar en la huelga, ya que el partido se había dividido en dos alas. Cuando Genora y Kermit propusieron tomar la planta 4 a los miembros del partido, Walter Reuthers, un reconocido dirigente sindical socialista, se opuso alegando que era demasiado peligroso y convenció a la mayoría que votaran en contra.

Genora no se resignó. Esa misma noche le escribió una carta a Norman Thomas, dirigente nacional del Partido Socialista, para que interviniera a favor de su propuesta. Thomas discutió la propuesta con el secretario obrero del partido, Frank Trager, que viajó a Flint. Cuando llegó y vio la enorme militancia de base que había generado la huelga se decidió a apoyar la propuesta de la toma, e intercedió para disuadir al mismo Reuthers y la mayoría de los socialistas. Genora recordó más tarde que Reuthers les advirtió: “Si esto falla, la responsabilidad caerá sobre su cabeza”.

La huelga triunfó, y le siguió una de las oleadas de lucha y organización más importantes de la clase obrera estadounidense. Genora se acercó a las filas del Socialist Worker Party, que venía de triunfar en Minneapolis. Después de la huelga de Flint, Genora entra a las listas negras de activistas sindicales de izquierda. Portadora de la etiqueta “comunista”, debe abandonar la ciudad. Nunca abandonó las banderas de la clase obrera. Su legado es mucho más amplio que esta crónica breve y apresurada.



Source link