Grito de clase: trabajadoras de Nordelta marcharon por Lucía Pérez y llevaron su lucha a la asamblea #NiUnaMenos

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Las trabajadoras llevaron su lucha a la asamblea que resolvió salir a las calles para repudiar el fallo de la impunidad. Ayer miércoles, las que pudieron, también se movilizaron.

Destaparon una olla mucho más grande que esas en las que tantas veces prepararon manjares para deleite de otros paladares. Se sacudieron el polvo que traían encima, el que se les queda pegado en la piel y en la ropa después de repasar muebles y estantes con el plumero.

Se miraron las manos siempre cuarteadas, resecas culpa del Cif, del Blem y la lavandina, siempre llenas de callos por el roce de los escobillones y los lampazos, muchas veces doloridas por la torcedura de los trapos sobre los baldes.

Enderezaron la cintura y aguantaron el tirón. No son gratuitas las horas encorvadas sobre los inodoros, sobre los azulejos, bajo las camas. Cada baldazo en el patio suma un nuevo dolor en la espalda, al igual que cada cesto de ropa mojada para colgar.

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Los patrones y patronas de Nordelta calcularon mal: se quejaron por las charlas de las domésticas en guaraní, se quejaron porque dicen que hablan mucho. Dijeron que les molesta compartir el transporte con ellas porque huelen mal.

Ellas hablaban entre sí de regreso a su casa, donde también las esperan más quehaceres a a diario. Se contaban sus dolores y sus cosas y su voz no se oía del otro lado de las ventanillas de los colectivos de la empresa privada que las llevaba al trabajo. Ahora han sido oídas por millones, en un idioma que todos entienden. Ahora todo un país sabe que lo que apesta no son los cuerpos de las trabajadoras domésticas, sino la podredumbre pretenciosa que esconden las mansiones de Nordelta.

En búsqueda de aliadas

“Lo primero que les quiero decir a todas es que no podemos salir en fotos porque hay una persecución muy grande de parte de las propietarias de Nordelta. Están buscando a las que están a la cabeza de esta lucha. Por denunciar todo lo que pasa ahí adentro, la discriminación de la (empresa de transporte) Mary Go, por denunciar el trabajo en negro, la explotación laboral, los acosos. Nos están buscando”. Con esta advertencia, Mercedes (los nombres son falsos por obvias razones) comenzó su intervención en la última asamblea Ni Una Menos, este lunes.

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Las domésticas de Nordelta en lucha, se acercaron hasta allí para solidarizarse con la familia de Lucía Pérez y repudiar el fallo misógino de la justicia patriarcal y de clase, que la revictimizó y dejó impunes a los femicidas. Fueron a preparar junto a otras cientas de mujeres, la acción y la movilización de este miércoles, que volvió a poner en las calles el grito del movimiento de las mujeres.

Las empleadas del tan exclusivo barrio, están dando una pelea que parece de otro siglo, contra la discriminación y el maltrato. Levantaron la voz para escupir su hartazgo ante la patrona, pero también para dirigirse a las miles de mujeres que como ellas, pelean por sus derechos y contra la violencia machista.

“Lo que yo quiero es que se empiecen a pronunciar todas las organizaciones, el colectivo de Ni Una Menos, para que vea esta gente que nosotras no estamos solas, que nosotras queremos emprender esta lucha para todas estas mujeres que son las más oprimidas, las que trabajamos en negro y en condiciones precarias, de humillación”, sostuvo Mercedes.

“Unidad, de las trabajadoras y al que no le gusta, que se joda, que se joda”, fue el grito de respuesta por parte de la asamblea. El aplauso fue persistente y en la reacción de las demás, se observó la energía contagiada de quienes llevan su lucha al movimiento de mujeres en búsqueda de aliadas.

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“Salgo de acá y nos juntamos con las chicas”

“Como saben ahí donde trabajamos hay ministros, hay grandes empresarios, hay ingenieros, abogados. Nosotras somos solas dentro de la casa, no trabajamos de a muchas como en una fábrica. Tenemos miedo a los despidos. En mi caso yo estoy en blanco, pero es otra lucha que tenemos, yo gano 13 mil pesos y la verdad que no alcanza. Las chicas que trabajan con cama, que las tienen algunas en blanco, muchas en negro durante muchos años, cobran 10 mil pesos. En el Nordelta ganamos entre 10 mil y como muy feliz tiene que estar la que gane 15 mil pesos”, contó a su turno Clara.

Clara está en condiciones un poco mejores que sus compañeras. Se atrevió a hablar con su jefa y le dijo que no se preocupara si la veía por ahí “en alguna revista”. “Yo tengo beneficios en mi trabajo pero mi lucha es por mis compañeras, las que están en negro y sufren maltrato”, afirmó. “Yo no me quejo de ustedes le digo, está todo bien, pero bueno yo salgo de acá y nos juntamos con las chicas”, fue la aclaración de Clara a la patrona.

No es la única que quiere organizarse. Algunas más salen de sus trabajos y se juntan y discuten. Hablan por whatsapp. Se aconsejan e intercambian sobre la mejor manera de avanzar en la pelea por sus derechos. A diferencia de Clara la mayoría no puede hablar abiertamente con sus patrones. Disimuladas, con sigilo, burlando la altanería de sus jefes y jefas que las andan buscando, las trabajadoras de Nordelta están formando una agrupación.

La pelea contra la empresa Mary Go que no las quiere llevar a trabajar, a pedido de los y las habitantes del lugar, derivó en que el transporte público empezara a ingresar al barrio. El paisaje de se verá alterado por la circulación de colectivos llenos de empleadas y empleados. Cuánta rabia tendrán ahora los propietarios de Nordelta.

¿Cuántas se quedaron con las ganas?

En una crisis económica cada vez más dura, las trabajadoras domésticas están hastiadas no solo de la pobreza, sino de la humillación. Allí estaban pidiendo el apoyo del resto de las mujeres, mientras preparaban la movilización que este miércoles congregó a miles en las calles de Buenos Aires y en distintos puntos del país.

La principal discusión que atravesó la jornada tuvo que ver con la modalidad de protesta. El 19 de octubre de 2016 se realizó el primer “paro de mujeres”, precisamente ante la conmoción que provocó el femicidio de Lucía. “Queremos que el 5 tenga que ver con lo que fue aquel 19”, se dijo en la asamblea. Sin embargo, hace dos años hubo paro en más lugares y más tiempo para preparar acciones de protesta que en esta oportunidad.

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Ninguna de las dos veces el paro de mujeres no fue acompañado por las centrales sindicales. La CGT le ha dado la espalda a la lucha de las mujeres sistemáticamente. Mujeres de sindicatos como ATE, plantearon que había que evaluar distintas “modalidades” para parar. En algunos lugares habría paro para que las mujeres pudieran viajar y asistir a la marcha. En otros lugares, en ministerios y dependencias estatales, habría cese de actividades al mediodía o salidas a la calle para visibilizar la lucha durante un rato de la jornada laboral.

Durante la asamblea se planteó la necesidad de exigir a las conducciones de los sindicatos que convoquen a un paro efectivo, para que hombres y mujeres puedan parar y movilizar. Era el pedido de las trabajadoras de Nordelta y también, de las de la gráfica bajo control obrero, Madygraf.

Para las domésticas no hay opciones ni modalidades posibles. No hay cese de actividades. Las trabajadoras del Nordelta no pueden de repente parar de cocinar o limpiar, ante la mirada de los patrones o ante la mirada de nadie, si es que las dejaron solas en la mansión. Clara y Mercedes pudieron marchar, pero ¿cuántas domésticas no tuvieron otra opción que ir a trabajar este miércoles, como cualquier otro día? ¿Cuántas se quedaron con las ganas de marchar?

Ebullición

Decenas de comentarios con denuncias y testimonios de trabajadoras domésticas llegaron a este diario, a través de las notas publicadas sobre la historia de las rebeldes de Nordelta. Claro está: el maltrato al mejor estilo Apartheid no es exclusivo del barrio tigrense. A lo largo y ancho del país se replican las humillaciones y todo tipo de maltrato.

Una trabajadora contó que su jefa le dibujaba una rayita al envase de gaseosa todos los días antes de salir, para asegurarse que no tomara ni un trago en su ausencia. Otra contó que en uno de sus trabajos la patrona contaba la cantidad de artículos de la heladera antes de salir y a la vuelta. “Aguanté dos días, me fui y le dije que mi comida me la compro yo con mi trabajo”. Los salarios de miseria son la regla entre las que no están registradas y entre las que lo están también. El mismo Estado habilita el trabajo doméstico en estas condiciones de miseria. El mismo Estado las excluye. Este año están entre los sectores que no recibirán siquiera el bono simbólico que negoció el Gobierno con la CGT.

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Otra trabajadora doméstica de la provincia de Buenos Aires, tomó el micrófono este lunes en la asamblea Ni Una Menos. Con la voz quebrada, contó la historia de abuso y violencia que sufrieron su hija y sobrina en el entorno familiar. “Hace tres años que estoy con esta causa” dijo. Marta, mamá de Lucía Pérez estaba presente en la asamblea. Se levantó de su silla y la tomó de los hombros. Su voz delataba un cansancio masticado largamente.

“Acá están las del Nordelta. Yo también soy empleada doméstica” dijo y ya no habló en llanto sino en un grito. Dijo que está harta de que la traten así. “A mí me dan a tomar en vaso de plástico, me hacen pagar un plato si lo rompo”. Alzó la voz y levantó su brazo, se estiró y se puso en puntas de pie. Dijo que son las domésticas las que se encargan de todo, las que limpian la mugre, las que cuidan los chicos, las que se fuman a los “viejos pajeros” que las acosan. “Somos nosotras y no nos van a dar ni un bono de mierda”. Dijo que no soporta más la humillación de vivir así, sin justicia y maltratada en todas las formas en que se puede maltratar a una mujer. “Me tiemblan las piernas. No estoy movilizada, estoy desgarrada por dentro”.

Este testimonio que sacudió la asamblea, es parte de la ebullición que desborda del fondo de la olla que destaparon las rebeldes de Nordelta. Rodearlas de solidaridad y colaborar con su lucha y organización, es una tarea urgente.

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