Hay que dar vuelta todo: "Tengo 16 años y laburo en negro para estudiar"

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Crecí jugando con un grupo de diez amigos. Ahora sé que la mitad dejó sus estudios para empezar a trabajar y la otra mitad, en la que me incluyo, tenemos que buscar la forma de equilibrar los estudios con un trabajo precarizado. Dejame que te cuente por qué soy parte de la generación que viene a cambiarlo todo.

Me llamó Ariadna, tengo dieciséis años y estudio en un secundario de Palpalá, Jujuy. Vivo con mi papá, mis hermanas y mi tío. Viví en el mismo barrio toda mi vida, crecí jugando con un grupo de diez amigos de los que era inseparable, pero hace un par de años ese grupo desapareció. Ahora sé que la mitad dejó sus estudios para empezar a trabajar y la otra mitad, en la que me incluyo, tenemos que buscar la forma de equilibrar los estudios con un trabajo precarizado.

Dejame que te cuente por qué soy parte de la generación que viene a cambiarlo todo.

Hace bastante que la plata dejó de sobrar en nuestra casa y tenemos que sacar de donde sea para llegar a fin de mes. Empecé a laburar en un súper hace poco más de un año, teniendo que salir del colegio, comer algo y ahí hasta la noche, cuando vuelvo a casa para hacer mis deberes.

Cuando empecé me hacían la cabeza con que lo hacía para ser independiente y que me iba a dar valores para la vida. Pero todo era puro cuento para tenerme trabajando con más motivación y que no les haga problemas por estar en negro y ser menor de edad.

No tengo un rol fijo. A veces estoy en la caja, otras descargando un camión, todo para al final del día entregar la caja de la jornada rebosando.

Un día me puse a contar y mi sueldo del mes es menos que la mitad de la recaudación de una tarde.

Pero no me podía ir de ahí. No importaba que a veces llegara de madrugada a casa, no importaba que me tuviera que tomar un energizante antes de ir al colegio porque si no me dormía en las primeras horas, no importaba si me cortaba con la máquina y me ponían un pedazo de servilleta con cinta aisladora, no importaba que me podían gritar en frente de todos los clientes. No importaba porque mi papá no me podía bancar los estudios y si me iba de ahí dejaba de estudiar.

Así que hasta el día de hoy tengo que seguir soportando trabajar ahí porque no tengo otra opción.

No entendía por qué a mí y a mi familia nos había tocado vivir en la miseria mientras otros tenían una vida de lujos y pagar las facturas les resulta un vuelto.

Tenía mucha bronca acumulada, no entendía por qué a mí y a mi familia nos había tocado vivir en la miseria mientras otros tenían una vida de lujos y pagar las facturas les resulta un vuelto. Quería hacer algo pero no estaba segura de qué ni cómo.

En el colegio siempre nos enseñaron que “así eran las cosas”, no podías cambiar lo que te tocaba y no le podías dar ninguna vuelta a lo que te dicen porque si no te quieren aplicar alguna sanción. Un colegio donde te persiguen por lo que sea.

Cuando la marea verde se hizo presente en las discusiones que teníamos en el curso vino acompañada del constante hostigamiento por parte de las autoridades que nos querían obligar a guardar el pañuelo verde a toda costa porque “estamos dando una mala imagen del colegio”.

El colegio siempre mostró esa postura ante cualquier pensamiento que saliera de su esquema de “colegio ideal”. Nos hacían la cabeza desde el primer momento con todas sus ideas para que no te salgas del molde de alumnos que ellos quieren.

Con los profesores más conservadores hablar de aborto legal era sinónimo de hacer un incendio en el curso, no perdían tiempo en explicar por qué estaban en contra y por qué debíamos sacar esas ideas de nuestra cabeza lo más rápido posible.

Eso me detuvo un tiempo de sumarme al creciente movimiento de mujeres que estaba surgiendo en mi Provincia, hasta que con una compañera de curso finalmente nos animamos a ir a nuestra primera marcha, el #13J.

Fue toda una experiencia nueva para mí. Era la primera vez que asistía a una marcha, en el colegio y en mi familia me habían hecho la cabeza con que nada bueno iba a salir de ahí, y tenía bastante miedo, pero me lleve una sorpresa al ver que no era como me lo pintaban. No era peligroso y no eran un grupo de “sacadas boludeando” como nos decían. Eran chicas, como yo, que tenían ideas diferentes y salían a lucharlas en las calles.

En esa marcha conocí a Pan y Rosas, ya había escuchado ligeramente algún comentario, de conocidos pero quería sacar mi propia opinión así que empecé a escuchar más de lo que tenían para decir y así conocí al PTS.

Así leí por primera vez notas de La Izquierda Diario. Había muchas con las que me sentía identificada porque no necesitaba caminar mucho para ver cómo estaban las cosas por el barrio y las ideas que tenían no parecían tan “utópicas” como me dijo un profesor cuando se enteró que me estaba interesando en lo que tenían que decir.

Una de las integrantes de Pan y Rosas, fue la que me ayudó a conocer más y responder todas las preguntas que me empezaron a surgir.

Dejé de ser una simple observadora y me empecé a involucrar con lo que estaba sucediendo en Palpalá. Fue a través del concejal del PTS-FIT, Julio Mamani, que a su vez es trabajador de Zapla, que me enteré que en ese momento los trabajadores de ExIncor estaban luchando por la falta del pago de sus salarios hacía más de dos meses. Por nuestra parte en el colegio empezamos a pasar un fondo de lucha en el curso donde todos ponían lo que podían. Con otros secundarios y un grupo de mujeres esposas de los trabajadores salimos a vender postres en una plaza, todo esto para apoyar su lucha hasta el final.

Si había una salida. No me tenía que quedar en casa lamentándome por lo que me tocó. No era mi culpa, ni la de mi papá, nosotros solo éramos unas piezas de este sistema que tiene en la cima a los empresarios.

Aunque el conflicto no terminó como esperábamos, me hizo descubrir que sí había una salida, que no me tenía que quedar en casa lamentándome por lo que me tocó, porque no era mi culpa ni la de mi papá, nosotros solo éramos unas piezas de este sistema que tiene en la cima a los empresarios, los dueños de todo que hacen lo que quieren con nuestras vidas ya que solo nos ven como algo insignificante y reemplazable.

Me di cuenta en ese momento que no daba más conformarme con las migajas, quería luchar por cambiarlo todo y no quería hacer como el peronismo que solo te chamuya con que quiere “recuperar” un poco de lo que nos quitaron y estar un poco mejor que hace dos años, mientras nos siguen explotando todos los días y nos dejan sin futuro. Es que sin romper con el FMI la situación va a ser cada vez peor.

Soy parte de la juventud que no se resigna a pelear por poco, soy de los que queremos ir por todo.

Por tener una vida que valga la pena ser vivida, en la que podamos acceder a una educación de calidad, que los jóvenes como yo no tengan que trabajar, en la que podamos tener tiempo de ocio para desarrollarnos social y culturalmente.

Si vos también vivís una situación parecida y ya estas cansadx, te invito a que nos organicemos juntxs, impulsando comités del PTS-FIT para hacer una campaña que llegue a miles y miles de jóvenes y trabajadores que haga crecer una nueva fuerza social y política en la Provincia.



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