Hay “sororas” que matan (o la trampa del Senado)

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Casi la mitad de los 38 votos en contra de la legalización del aborto fueron emitidos por mujeres. La contundente marea verde no logró quebrar la voluntad de un Senado casi medieval y conservador.

Foto: El parlamentario. Médicos antiderechos junto a las senadoras Cristina Fiore, Silvia Giacoppo, Silvia Elías de Pérez e Inés Brizuela y Doria, quienes lideraron el rechazo al aborto legal en la Cámara alta

Dinosaurios, conservadores, medievales. Estas palabras se repiten de boca en boca, en las redes sociales y en los mensajes de Whatsapp. La indignación contra la institución que acaba de negarle un derecho elemental a millones de mujeres y hombres trans floreció desde las primeras horas de la sesión maratónica del 8A.

Urtubey negó que hubiera violencia en los abusos intrafamiliares. Bullrich habló de chimpancés que se canibalizan. La senadora Valverde dijo que votaba en contra porque “no leyó el proyecto”. La inefable Silvia Elías de Pérez planteó que a una “mujer con un embarazo no deseado hay que acompañarla en su angustia” pero obligarla a parir contra su voluntad… Los representantes provinciales hicieron todo lo posible para ganarse el odio de miles.

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El sector antiderechos fue transversal y, al contrario de lo que se cree, no se limitó a los hombres de más de 50 años y de derecha. Incluyó a 16 senadoras -algunas jóvenes- que sumaron su sororidad para el bando celeste Vaticano. Dentro de los votos en contra y las abstenciones se cuentan 23 peronistas, 19 de los cuales se consideran opositores al gobierno.

Más aún: 10 de estos peronistas ingresaron a la cámara como parte del Frente Para la Victoria, integrando listas diseñadas por Cristina Fernández de Kirchner y presentadas ante sus votantes como “progresistas” o de “centroizquierda”. Incluso, una de las senadoras anti-derechos, Larraburu, aún es parte del mismo bloque que la expresidenta y se despachó impunemente contra las “feministas violentas” que le escribieron “5919 mensajes de Whatsapp y 4400 mails” para pedirle que defendiera el derecho a decidir.

Cabe preguntarse, ¿por qué, si la calle mostró una mayoría a favor de la legalización, eso no fue suficiente para presionar sobre el Senado y que, como el 13J, aparecieran “los tres de La Pampa” que dieran vuelta la tortilla? ¿Por qué, si la movilización verde fue todavía más grande, esto no impidió que se impusiera la línea de la Iglesia?

La trampa del Senado

Sucede que el régimen político argentino está diseñado para sub-representar a los distritos más numerosos, donde se concentran los principales batallones de la clase trabajadora, los pobres urbanos y la juventud estudiantil. Esto ya ocurre en la Cámara de Diputados porque la división por distritos provinciales hace que, por ejemplo, haya un diputado de la provincia de Buenos Aires por cada 220 mil habitantes mientras que en Tierra del Fuego hay uno cada 25 mil. Sin embargo, los votos de los diputados “valen lo mismo” a la hora de decidir cosas como el saqueo a los jubilados o el pago a los fondos buitres.

En el Senado esta subrepresentación se radicaliza porque todas las provincias eligen tres representantes, sin importar la cantidad de habitantes y electores que tenga cada una. Por lo tanto, un Senador por la provincia de Buenos Aires representa a 5 millones de habitantes mientras que un Senador por Tierra del Fuego representa a 42 mil.

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Si miramos entonces los resultados de la sesión del 8A y sacamos la cuenta de a cuanta gente representa cada Senador, tenemos que los 38 votos por el aborto clandestino se corresponde a 17 millones de habitantes mientras que los 31 a favor de la legalización representan a 21 millones. Una diferencia de 4 millones de personas: más que la población de las provincias de Córdoba, Santa Fe o la Capital Federal.

Si la Cámara de Diputados es, con sus límites ya marcados, un poco más susceptible a la presión social, la Cámara de Senadores es el imperio categórico de los feudos provinciales y las instituciones antidemocráticas como la Iglesia, que tienen mayor peso en las provincias rurales y menos urbanizadas (por ejemplo, los senadores del NOA explican el 80% del voto en contra del aborto). El origen de muchos de los senadores, que vienen de ser gobernadores en sus provincias, ya revela este carácter semifeudal de la institución que puede vetar cualquier medida progresiva que venga de Diputados.

A estas trampas de la “representación republicana” se le suman los sueldos millonarios de senadores y diputados y los múltiples mecanismos de corrupción entre políticos y empresarios de los que participan Cambiemos y el peronismo por igual. Esto produce una casta política que vive la misma vida de privilegios que los ricos y poderosos y, por tanto, gobierna para ellos. Un Senador tiene más que ver con un Obispo (que también recibe abultado sueldo “con la plata de nuestros impuestos”) que con una mujer que llega a un hospital desangrada luego de practicarse un aborto clandestino.

No es casual entonces que la única alianza política que unánimemente defendió el derecho al aborto haya sido el Frente de Izquierda, cuyos legisladores cobran como una maestra y donan el resto. Estos mismos referentes, como Nicolás Del Caño y Myriam Bregman, plantean la necesidad de abolir el Senado y reemplazarlo por una cámara única con representantes elegidos considerando al país como distrito único.

No hubo sororidad

Cuando fue la media sanción en Diputados, muchos medios de comunicación y dirigentes políticas reivindicaron la estrategia de la “sororidad”. Las crónicas y noticias hablaron del grupo de Whatsapp “l@s soror@s”, mediante el cuál se coordinaron legisladoras de Cambiemos, el peronismo, el kirchnerismo y formaciones de centroizquierda como Libres del Sur. Las diputadas del PTS-Frente de Izquierda fueron las únicas que se mantuvieron por fuera de este grupo y alertaron que la única forma de ganar la difícil batalla del Senado no era con el lobby junto a Cambiemos y el peronismo sino redoblando la apuesta en las calles y más aún: en los lugares de trabajo y estudio. Exigieron paro a las centrales sindicales y, donde pudieron, lo impulsaron.

Sin embargo el balance que imperó y que trasmitieron de algún modo muchas referentes de la Campaña nacional por la legalización del aborto fue que con un poco más de movilización para presionar al Senado y manteniendo la misma estrategia de lobby se podía quebrar la voluntad de una institución que, en realidad, está diseñada para lo contrario: imponer su voluntad de casta sobre las mayorías sociales.

El debate tiene sentido porque, a pesar del traspiés del 8A, el poder de movilización del movimiento de mujeres está intacto y el reclamo por el derecho al aborto seguirá en la agenda a pesar de este triunfo pírrico de la Iglesia y el núcleo conservador que hegemoniza el Senado. Más aún: en las últimas semanas viene ganando peso la pelea por la separación de la Iglesia y el Estado.

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Por eso, para las próximas batallas, se plantea redoblar la organización en lugares de trabajo y estudio, conquistando comisiones de mujeres que además de movilizar masivamente como se viene haciendo puedan arrancar a los sindicatos paros contundentes y acciones más decididas. Porque como dice una frase famosa, los derechos no se mendigan, se conquistan.



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