Hijos de la calle

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Dos efectivos de la Guardia Urbana Municipal de Rosario desaloja a dos hermanos que estan pidiendo monedas en la calle.

Hace algunas semanas lo conocí a Kevin, otro de los tantos chicos que pide monedas, o lo que le den, alrededor del Mc Donald’s de San Martin y Córdoba, tal vez con la esperanza de recibir algún juguete o algo que le permita disfrutar esa infancia arrebatada por la necesidad y desoída por el estado. Siempre que llego al quiosco de diarios me saluda con una sonrisa de oreja a oreja, como si el frío o el hambre no le afectaran y así suele empezar el día.

A veces me deja su cajita con la que pide algunas monedas para poder ir a “tarjetear” porque a veces la mano se pone dura y “nadie me da nada”. Como en realidades paralelas, los niños piden a gritos sus derechos a ser niños y el resto sumergido en la enfermedad cotidiana de llegar antes y terminar rápido, los ignoran, lo desechan y como mucho responden a su pedido con las sobras que les permiten seguir caminando con hipócrita tranquilidad. Sobras de comida, sobras de monedas y esa mirada sobradora que algunos desde su pedestal imaginario lanzan con violenta indiferencia.

El otro día, Kevin y su hermano Alan estaban jugando mientras esperaban a llegar a juntar la cantidad de plata necesaria para poder irse temprano. En ese momento se acercaron dos agentes de la Guardia Urbana custodiados por un policía. Que indignación tremenda producía ver la escena de uno de los chicos mirando como lo increpaban a su hermano.

Al mismo tiempo que la indiferencia camina, los niños siguen estando ahí, expuestos a todos los peligros de la calle, pero tan deseosos de jugar con sus hermanos, de ir a la escuela, de tener la panza llena, de explorar y de imaginar nuevos caminos. Kevin pone un cartón en el suelo para no tener tanto frío, una caja en sus pies para poder recibir los restos de dignidad que todos los días le son negados por un estado, que ante su pedido de ser niño, responde con uniformes que lo presionan y le lanzan preguntas que él no puede responder, que él no aprendió a responder.

Al verse acorralado, con miedo, me mira y huye de quién identifica como sus castigadores, que solo prometen encierro y maltrato. Ante mi pregunta de por qué la Guardia Urbana y la policía increpa a los niños la respuesta es un lacónico “hago mi trabajo”.

Solo pude expresarles que no hay justificativo para tratar de esa manera a los chicos y que lo único que había logrado era asustarlos aún mas, con una mirada fría y sin mucha más explicación se retiraron del lugar.



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