Homero y la pelea por una vida que merezca ser vivida

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Una crónica de una estudiante de medicina quien en lo cotidiano camina las calles de retiro. Una fuerte denuncia para exigir una vida “que merezca ser vivida”.

Homero tiene 32 años y duerme en Retiro, junto a su hija pequeña y su novia que está embarazada. En un diario que leyó a la mañana dice que “las cifras oficiales, ya hay 198.000 personas que viven bajo la línea de indigencia en la ciudad de Buenos Aires, el distrito más rico del país”. Se da cuenta que él es uno de ellos.

Homero vive en la calle, y así como ahora su hija camina unas cuadras hasta llegar a la pelopincho que algunos vecinos de la 31 pusieron para que los más chicos puedan refrescarse con estas terribles olas de calor, también sabe que el tiempo se acorta para buscar un techo: su otra hija nacerá en pleno invierno y Homero sabe lo que es pasar el frío de noche en la calle.

Homero hace changas de día. “Albañilería, pintura y jardín para vivir más cómodo y feliz” grita por las calles mientras va a su changa, a ver si alguna doña pesca y lo contrata.

Homero busca otro trabajo, uno “de verdad” como dice él. Como si trabajar 12 h sacando las malezas a machetazos o pintando una gran casota en Recoleta, no fuesen trabajos de verdad.

Secundario completo, es la exigencia mínima dentro de otras variedades, que piden hoy en día para un trabajo en blanco. Homero se sacude el sudor de la frente y piensa en la amenaza de cierre de las nocturnas, que llevó a que el año pasado haya quedado inconclusa la cursada y retrasar su egreso del secundario.

A Homero le comentan sus amigos de la cuadra, que puede pedir una habitación para dormir unos meses a la trabajadora social del CeSAC de Retiro. Pedir para dormir al Estado. Pedir un derecho tan elemental como un piso para dormir con su familia.

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A Homero le comentan en la salita que el programa es por 10 meses y una habitación en un hotel para toda su familia. ¿Cuántas habitaciones tiene la casa donde hago el jardín? Piensa mientras tanto?. ¿Cuántas casas abandonadas hay en la ciudad?

Homero hace cuentas, le quedan 2 años para terminar el secundario, pero la habitación dura 10 meses. ¿Y después qué? Sin trabajo, con una hija recién nacida y de nuevo en la calle. Homero se desespera y trata de respirar, se sofoca y le explica a la trabajadora social de la salita que es asmático, ella le dice que se quede en la salita y espere así lo ve un médico. Pero hay 30 personas que también tienen que esperar a que los vea el médico. Vivir la calle. Pedir migaja.

Los datos publicados por la Dirección General de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires revelaron que en 2015 se habían registrado 100.000 indigentes. Un año después, llegaron a 146.000. En 2017, la cifra descendió a 140.000 pero volvió a aumentar en 2018 y cerró en 198.000 personas que se encontraron bajo la línea de indigencia. Es decir, 98% de aumento con respecto a 2015. Las personas deben dejar de ser estadísticas. Y deben contar con el derecho a vivir plenamente.

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Basta de esperar a ser el olvido, los olvidados de este sistema, los rezagados, los últimos, a los que se le corre la cara cuando piden, cuando tiran su colchón en la vereda. La responsabilidad de un Estado que los tiene muy presente cuando hay que amenazar con despidos y muestran que esa realidad les tocará a los trabajadores si no acatan las medidas. El olvido del negocio inmobiliario para los ricos, el olvido del derecho a tener una vivienda para los pobres. El olvido de cerrar escuelas y achicar la salud públicas. El olvido a tener un plato de comida caliente todas las noches.



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