Interseccionalidad: una crítica marxista

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La interseccionalidad ha cobrado relevancia en la conversación constante que existe en el feminismo y el movimiento de mujeres, lesbianas y trans. Se instaló con fuerza en las últimas décadas pero el debate sigue abierto.

La palabra interseccionalidad suele ser utilizada para distanciarse del discurso del feminismo liberal, un feminismo blanco, de clase media (y alta), alejado de los problemas de la mayoría de las mujeres que viven bajo una opresión intacta, en esencia, en las sociedades capitalistas. Después de años de hegemonía incontestada, hoy existen cuestionamientos a esa idea de una igualdad de género “a secas”, que no se detenga en las desigualdades que multiplica un sistema basado en una desigualdad irreductible: una minoría posee los medios de producción y vive de la explotación de la mayoría que solo posee su fuerza de trabajo. Como parte de estos debates, se habla de feminismo interseccional, de la necesidad de “intersectar” género con etnia, y ambas con la clase, pero pocas veces nos preguntamos sobre las categorías que utilizamos para entender las formas en las que se entrelazan diferentes opresiones.

La interseccionalidad aparece como una metáfora y un recurso explicativo accesible: dos caminos se cruzan, dos avenidas “intersectan”, una es la etnia y otra es la clase, una es el género y otra la nacionalidad, y en esa intersección convergen categorías que definen realidades diferentes que experimentan las personas. Pero, ¿cómo se definen las avenidas? ¿Son todas iguales? ¿Dar preeminencia al problema de clase en el capitalismo es hacer reduccionismo?

En un número anterior de Ideas de Izquierda, la teórica feminista Lise Vogel se hacía algunas de estas preguntas en “Más allá de la interseccionalidad”. Barbara Foley, intelectual, también estadounidense y docente de la universidad de Rutgers, reflexiona en este texto, publicado en Science & Society 82:2, sobre la validez de la interseccionalidad como categoría de análisis de las opresiones y cómo se entrelazan con la clase en tanto relación social. Foley ensaya una crítica marxista y, a la vez, una propuesta de reflexionar sobre

… la forma en la que está organizada la actividad humana productiva -y en una sociedad de clases, empuja a la masa de la población a dividirse en varias categorías para asegurar que la mayoría trabaje para el beneficio de la minoría-, esta organización basada en la clase constituye el principal tema a investigar si queremos comprender las raíces de la desigualdad social.

Existe un aspecto valioso en sus reflexiones, más allá de las posturas que elijamos en torno a su análisis, y es que elige como interlocutoras e interlocutores a las personas que quieren pelear contra la desigualdad. Y eso hace que cobren relevancia las preguntas sobre la utilidad y precisión de las categorías, sobre todo, para pensar herramientas de organización y de lucha contra las injusticias, pero también para imaginar un mundo sin explotación ni opresión en un “futuro no demasiado lejano”.

***

INTERSECCIONALIDAD: UNA CRÍTICA MARXISTA

La interseccionalidad aborda cuestiones de vital importancia para cualquier persona –fuera o dentro de la academia– interesada en temas de justicia social y comprometida con comprender las causalidades de desigualdades atroces que impregnan la sociedad actual. Mis estudiantes de la universidad de Rutgers (Newark), especialmente quienes de forma sofisticada intentan teorizar formas de entender, resistir y combatir esas desigualdades, se refieren constantemente, aunque de forma vaga, a cosas (ya sean movimientos, identidades o simplemente ideas) que “intersectan”. Sin embargo, para evaluar la utilidad de la interseccionalidad como un modelo análitico y un programa práctico –y de hecho, decidir si puede ser o no una “teoría”, como algunas personas insisten– necesitamos preguntar no solo qué tipo de preguntas alienta y resuelve, sino también qué tipo de preguntas desalienta y qué tipo de soluciones excluye.

I

Es un procedimiento estándar en discusiones sobre interseccionalidad citar antepasados importantes –de Sojourner Truth a Anna Julia Cooper, de Alexandra Kollontai a Claudia Jones o el Combahee River Collective–, pero luego centrarse en el trabajo de la jurista Kimberlé Crenshaw, que acuñó y explicó por primera vez el término a fines de los años 1980. Preocupada por superar la discriminación que enfrentaban las trabajadoras negras en General Motors, Crenshaw demostró lo inadecuado de las categorías existentes relacionadas con género y clase como bases para la acción legal, dado que no podían ponerse en juego de forma simultánea en el caso de un individuo: tenías que ser una mujer o una persona no blanca pero no ambas al mismo tiempo. Como ya es famoso, Crenshaw desarrolló la metáfora de la intersección de dos avenidas, una que denotaba raza y otra género, para explicar que los accidentes que ocurrían en la intersección no podían atribuirse solamente a una causa: era necesario que hubiera movimiento a lo largo de dos ejes para que ocurra un accidente (Crenshaw, 1989).

El modelo de Crenshaw describe con destreza el funcionamiento de lo que Patricia Hill Collins denominó “matriz de opresiones”, pero su bidimensionalidad muestra limitaciones al explicar por qué la matriz existe en primer lugar (Collins, 1990). ¿Quién creó las avenidas? ¿Por qué alguna gente viaja a través de ellas? ¿Sobre qué terreno y cuándo fueron construidas? La metáfora espacial chata y achatadora excluye esas preguntas, ni hablar de responderlas. El hecho de que las mujeres negras sean trabajadoras que venden su fuerza de trabajo en el mercado capitalista, donde se cosecha la plusvalía –es decir, la base sobre la cual los caminos se construyeron–, se da por sentado. Crenshaw logró demostrar que las trabajadoras de General Motors habían sido sometidas a una doble discriminación –sin dudas, un resultado de valor considerable para las mujeres que representaba–, pero su modelo para analizar y reparar fue confinado al plano de la jurisprudencia burguesa. De hecho, como señaló con ironía Delia Aguilar, la clase no era siquiera una categoría pasible de acción legal para las trabajadoras en cuestión (Aguilar, 2015, 209).

Las limitaciones explicativas del modelo de Crenshaw –limitaciones, por cierto, de las que posteriormente dijo ser conciente– no impidieron que otras intelectuales antirracistas y feministas agreguen la clase social a la mezcla y propongan la interseccionalidad como un paradigma explicativo abarcador, capaz no solo de describir el funcionamiento de varios modos de opresión sino también de encontrar sus causas profundas. Aquí es donde, desde mi punto de vista, su utilidad termina y se transforma, de hecho, en un obstáculo, cuando se comienzan a hacer otro tipo de preguntas sobre las razones de la desigualdad –es decir, cuando se va más allá del discurso de los “derechos” y la política institucional, que presupone la existencia de las relaciones sociales capitalistas [1].

II

Género, raza y clase –la “santísima trinidad contemporánea”, como la llamó alguna vez Terry Eagleton (Eagleton, 1986, 82), o la “trilogía”, en palabras de Martha Gimenez–, ¿cómo se correlacionan estas categorías y qué tipo de paradigma causal se propone cuando se estipula la interacción? (Gimenez, 2001). Estoy dispuesta a conceder la objeción de algunas personas partidarias de la interseccionalidad, de que estas categorías no deberían reducirse a “identidades”, que son, como afirma Ange-Marie Hancock, “categorías analíticas” (Hancock, 2011, 51) [2]. Pero si género, raza y clase son categorías analíticas, ¿de qué tipo son? ¿Son comparables o distintas? ¿Pueden sus roles causales ser ubicados en algún tipo de jerarquía o, en virtud de su operaciones “entrelazadas” y simultáneas, son ontológicamente equivalentes? ¿Es posible abstraerlas unas de otras con el propósito de investigarlas? O, como se pregunta Hester Eisenstein en su contribución a este simposio, ¿debemos hablar de todas ellas a la vez para hablar de ellas siquiera?

Cuando hago estas preguntas, no estoy afirmando que una obrera automotriz negra es negra lunes y miércoles, mujer martes y jueves, proletaria el viernes y –por si acaso– musulmana el sábado (dejaremos el domingo para otra individualidad de su elección) [3]. Pero propongo que algunos tipos de causas tengan prioridad sobre otras –y además, que género, raza y clase pueden verse como posiciones comparables pero, de hecho, requieren un enfoque analítico diferente, como señala Lise vogel en su contribución a este simposio. Aquí es donde entra en juego el señalamiento marxista de la superioridad explicativa de un análisis de clase, y la distinción entre opresión y explotación se vuelve crucialmente importante. La opresión, como dice Greg Meyerson, es de hecho múltiple e interseccional, lo que produce experiencias de varios tipos; pero sus causas no son múltiples sino singulares (Meyerson, 2000). Es decir, que la “raza” no causa el racismo; el género no causa el sexismo. Pero la forma en que la división del trabajo moldeó la “raza” y el género puede y debería ser comprendida dentro del marco explicativo que ofrece un análisis de clase. De lo contrario, como señala Eve Mitchell, las categorías para definir tipos de individualidad que son producto de trabajo alienado terminan siendo reificadas y, en este proceso, legitimadas (Mitchell, 2013). Sumado a esto, incluso si la interseccionalidad insiste en que varias categorías analíticas coexisten en una persona o una demografía dada, el hecho de que estas categorías estén originalmente estipuladas sobre la base de la diferencia significa que, como observó Himani Bannerji, siguen golpeándose unas a otras cuando alguien busca causalidad en la “disociación” interactiva (Bannerji, 2015, 116). Y uno entonces se pregunta si han trascendido las limitaciones de la política identitaria.

III

Una crítica efectiva a las limitaciones de la interseccionalidad depende de la formulación de una comprensión más sólida y materialista de la clase social de lo que generalmente se permite: no clase como posición o identidad, sino un análisis de clase como un modo de comprensión estructural. En los escritos de Marx, “clase” aparece de muchas formas. A veces, como en el capítulo “La jornada laboral” del volumen I de El Capital, es una categoría empírica, habitada por niños y niñas que inhalan polvo en las fábricas, hombres que pierden dedos en telares mecánicos, mujeres que arrastran barcazas y esclavos que recogen algodón bajo el sol abrasador (Marx, 1990, 340-416). Todas estas personas son oprimidas así como explotadas. Pero la mayor parte del tiempo, para Marx, la clase es una relación, una relación social de producción; es por eso que puede hablar sobre la mercancía, con su extraña identidad de conjunción de valor de uso y valor de cambio, como la encarnación de un antagonismo de clase irreconciliable. Afirmar la prioridad de un análisis de clase no significa que una trabajadora sea más importante que un ama de casa, o incluso que la trabajadora primariamente se piense ella misma como trabajadora; de hecho, en base a su propia experiencia con la violencia machista o la brutalidad policial, puede pensarse como una mujer o una persona negra. Se trata más bien de proponer que la forma en la que está organizada la actividad humana productiva –y en una sociedad de clases, empuja a la masa de la población a dividirse en varias categorías para asegurar que la mayoría trabaje para el beneficio de la minoría–, esta organización basada en la clase constituye el principal tema a investigar si queremos comprender las raíces de la desigualdad social. Decir esto no es “reducir” el género o la “raza” con respecto a la clase como modos de opresión, o tratar la “raza” o el género como epifenómenos. Es, en cambio, insistir en que la distinción entre explotación y opresión hace posible una comprensión de las raíces materiales de opresiones de varios tipos. Es también plantear que “clasismo” es un concepto con muchas fallas, ya que –en un giro extraño del “reduccionismo de clase”– este término reduce a la clase a una serie de actitudes prejuiciosas basadas en falsas oposiciones binarias, equivalentes a las ideologías de racismo y sexismo. Como marxista, sostengo que necesitamos más aversión de clase, no menos, ya que las oposiciones binarias que constituyen antagonismo de clase están arraigadas no en la ideología sino en la realidad.

Para terminar, apoyaré la sugerencia de Victor Wallis de que la interseccionalidad, en lugar de brindar un marco analítico para comprender la realidad social actual, puede ser más útil verla como un síntoma de los tiempos en los que ganó prominencia (Wallis, 2015). Esos tiempos –que se remontan ya a varias décadas– estuvieron marcados por varios desarrollos interrelacionados. Una es la derrota mundial histórica (aunque en el largo plazo sea temporal) de los movimientos para establecer y consolidar sociedades igualitarias, fundamentalmente en China y la URSS. Otra es –difícilmente independiente de la primera– el asalto neoliberal a las condiciones de vida de las y los trabajadores del mundo, así como de aquellos sindicatos que históricamente fueron la base de una resistencia al capital basada en la clase y en la conciencia de clase. El creciente régimen de acumulación flexible (Harvey, 1990, 141-172), que fragmenta la fuerza de trabajo en economías “gig” [caracterizadas por la informalidad y precarización del empleo, que incluye a la “economía de plataformas”, N. de T.] de varios tipos, acompañó y consolidó este asalto neoliberal. Desde hace ya algunas décadas, una manifestación política de estas circunstancias económicas alteradas fue la emergencia de los “nuevos movimientos sociales”, que plantean la necesidad de coaliciones plurales en torno a una serie de movimientos de reforma no basados en la clase en lugar de resistencia al capitalismo. Para estos desarrollos fue central la “retirada de la clase”, una frase creada por Ellen Meiksins Wood (Wood, 1986). En círculos académicos, esto se tradujo en ataques al marxismo como una narrativa de reduccionismo de clase que necesita ser complementada por una serie de metodologías alternativas.

Estos fenómenos y otros relacionados han constituido durante algún tiempo el aire ideológico que respiramos; la interseccionalidad es de muchas formas una mediación conceptual de esta matriz económica y política. A las y los estudiantes de mis clases que buscan en la interseccionalidad una forma de comprender las causas de las desigualdades sociales que crecen de forma cada vez más intensa, aquí y en todo el mundo, les serviría mucho más buscar análisis y soluciones en un marxismo antirracista, antisexista e internacionalista, un marxismo que imagine la transformación comunista de la sociedad en un futuro no demasiado lejano.

Traducción: Celeste Murillo.

Referencias

Aguilar, Delia, “Intersectionality”, en Mojab, Shahrzad, Marxism and Feminism, Londres, Zed Books, 2015.

Bannerji, Himani, “Ideology”, en Mojab, ob. cit.

Carastathis, Anna, “The Concept of Intersectionality in Feminist Theory”, Philosophy Compass, 2014.

Collins, Patricia Hill, Black Feminist Thought: Knowledge, Consciousness, and the Politics of Empowerment, Nueva York, Routledge, 1990.

Crenshaw, Kimberlé, “Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Discrimination Doctrine, Feminist Theory, and Antiracist Practice”, University of Chicago Legal Forum 89, 1989.

Eagleton, Terry, Against the Grain: Selected Essays 1975-1985, Londres, Verso, 1986.

Hancock, Ange-Marie, Solidarity Politics for Millennials: A Guide to Ending the Oppression Olympics, Nueva York, Palgrave McMillan, 2011.

Harvey, David, The Condition of Postmodernity: An Enquiry into the Origins of Cultural Change, Cambridge, Massachusetts, Blackwell, 1990.

Gimenez, Martha, “Marxism and Class, Gender and Race: Rethinking the Trilogy”, Race, Gender & Class 8:2, 2001.

Marx, Karl, Capital Vol. I, Londres, Penguin, 1990.

Meyerson, Gregory, “Rethinking Black Marxism: Reflections on Cedric Robinson and Others”, Cultural Logic 3:2, 2000.

Mitchell, Eve, “I Am a Woman and a Human: A Marxist Feminist Critique of Intersectionality Theory”, gatheringforces.org, 2013.

Mojab, Shahrzad, ob. cit.

Russell, Kathryn, “Feminist Dialectics and Marxist Theory”, Radical Philosophy Review, 10:1, 2007.

Smith, Sharon, “Black Feminism and Intersectionality”, International Socialist Review 91, invierno 2013-2014.

Wallis, Victor, “Intersectionality’s Binding Agent: The Political Primacy of Class”, New Political Science 37:4, 2015.

Wood, Ellen Meiksins, The Retreat from Class: A New “True” Socialism, Londres, Verso, 1986.


[1] En lo que sigue, omito la discusión de otros vectores de opresión invocados a menudo en discusiones sobre la interseccionalidad como sexualidad, edad, discapacidad, etc. –no porque no los vea como parte integral de la “matriz de opresiones”, sino porque es la relación misma entre esa matriz de opresiones y la explotación de clase la que quiero examinar de forma crítica.

[2] Dado que, como marxista, soy hipersensible a la falsa afirmación de que el marxismo es determinismo económico, me inclino a ceder a quienes proponen la interseccionalidad la cortesía de no acusarlos inmediatamente de reduccionismo culturalista, y en lugar de eso, tomaré seriamente algunas de sus críticas del multiculturalismo y la política identitaria como estáticas y hegemónicas.

[3] Para una versión de esta formulación más inteligente estoy en deuda con Kathryn Russell (Russell, 2007).

Fotomontaje: Juan Atacho



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