José Fonseca: morir sin pasaje de vuelta

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El jueves pasado, nos enteramos por diarios y redes de una triste noticia: dos chicos recibieron una descarga eléctrica mientras viajaban en el techo de un tren. Uno de ellos era José Fonseca, y falleció luego de recibir 25000 voltios desde los cables de alta tensión, su amigo Ciro zafó por poco.

José tenía 18 años, Ciro 20 y habían visitado la playa para hacerse unos pesos trabajando de malabaristas. De regreso a La Plata, quisieron hacer dedo, pero como nadie los levantó caminaron 40 km hasta donde pasaba el tren y decidieron subirse al techo porque no tenían para pagar el boleto.

Junto con el impacto de ver destrozada una vida y reducida a menos que un boleto de tren (¿cuánto vale una vida?), el nombre quedó retumbando en mi cabeza: José fue alumno de la Escuela Secundaria nº54 de Villa Alba, La Plata, donde trabajo. Al instante, comunicaban la noticia en el grupo de whatsapp de profes, que estallaban de bronca.

A todos nos impactaron las imágenes de José y Ciro en el tren. Pero más que una foto y un video, es un instante plasmado de una realidad compleja, trágica y cruel.

Lo que vemos emerger no es azar, ni el final trágico de una simple aventura, sino la forma más descarnada del destino que esta sociedad le ofrece a una porción enorme de jóvenes. Cuando la aventura es descabellada, cuando se pone en riesgo la vida sin medir consecuencias, cuando toda la historia de estos chicos cuenta otra cosa, hay que analizarla, está denunciando una situación social. Cuando veranear en la playa es un privilegio y pagar un boleto es excluyente, cuando nunca pisaste la arena ni saliste de tu ciudad (como la mayoría de los jóvenes del barrio) y la sociedad te dice “esto no es para vos”, surge la pregunta ¿por qué no?

¿Por qué Macri puede tomarse 100 días de vacaciones en un año y José no puede pagarse un boleto en tren? ¿Cuál es el incentivo para terminar la escuela, si lo que se les propone luego es ser policía? ¿Qué querés ser cuando seas “grande”: penitenciario, cooperativista dependiente de un puntero o trabajar de limpieza con cama adentro? ¿Qué futuro les espera a los jóvenes cuando Vidal les dice en la cara que “Nadie que nace en la pobreza en la Argentina llega a la universidad”? ¿Qué puede pensar un joven sobre su futuro cuando desde el estado se destinan miles y miles de pesos en campañas para criminalizar la juventud, bajar la edad de imputabilidad a los 14 años? ¿Qué puede pensar si el Estado los considera delincuentes y le esperan palos y cárceles?

¿Con qué facilidad se sacan la vida? –dice una señora que mira la tele.

Según el Indec, el 71% de los pobres en Argentina son jóvenes: los niños de hasta 14 años de edad son el 39,7% de los pobres, los jóvenes de entre 15 y 29 años son el 31,3% y el 68% de los desocupados son jóvenes entre 18 y 24 años; y la mayoría son mujeres.

Hace 15 días tuvimos otro impacto, doloroso, que todavía estamos intentado asimilar: una alumna del colegio, Camila de 14 años se ahorcó en su domicilio. Y no fue un hecho aislado. En 2017 dos alumnas de 15 años, que iban juntas al mismo curso y habían compartido salón con José, decidieron el mismo destino que Camila.

Bronca es poco. Vemos cotidianamente a nuestros jóvenes en peligro. Cierto sector de la sociedad, antiderechos, se regodea diciendo “uno menos” cuando en realidad nos están matando. Hablando sobre el suicidio, Marx escribía: “¿Qué clase de sociedad es ésta, en la que se encuentra en el seno de millones de almas, la más profunda soledad; en la que uno puede tener el deseo inexorable de matarse, sin que nadie pueda presentirlo? Esta sociedad no es una sociedad; como dice Rousseau, es un desierto, poblado por fieras salvajes”. En el desierto de la sociedad de clases argentina, los destinos de los Josés y las Camilas están naturalizados, son opciones posibles cuando todas las demás estás cerradas para ellxs.

Por eso, la bronca la tenemos que transformar en organización para cambiarlo todo y apuntarla contra este sistema capitalista que excluye, margina y mata. La pelea contra estas aberraciones pasa por tirarlo al tacho, al basurero de la historia.

Lxs docentes, auxiliares y demás trabajadores de la educación no tenemos de “rehenes” a lxs chicos, como dice la gobernadora. Lxs escuchamos, lxs entendemos y trabajamos día a día para sostener la escuela pública que se cae a pedazos. Transitamos todos los días estas realidades, compartimos sus deseos, sus alegrías y sus tristezas. Y muchxs nos organizamos para revolucionarlo.

Queremos pelear para que ningún pibe tenga que viajar de colado, arriesgando su vida en un tren, para que pueda disfrutar del ocio, que conozca la playa, que pueda viajar con amigos, que su trabajo no sea una tortura, que tenga proyectos y pueda realizarlos, que ninguna piba llegue a la desesperación de acudir al suicidio como opción.

Hay que tirarlo al tacho.



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