Jueces del odio: ¿qué dice el fallo que dejó impune el femicidio de Lucía Pérez?

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En una sentencia invadida de prejuicios sexistas y misóginos tres jueces resolvieron por unanimidad absolver a los tres acusados por el femicidio de Lucía Pérez.

En octubre de 2016, poco después del masivo Encuentro Nacional de Mujeres que se realizó en Rosario, el femicidio de Lucía Pérez provocó una conmoción tal que millones de personas salieron a las calles respondiendo al llamado del movimiento de mujeres, que volvió a decir “vivas nos queremos”.

Bajo una lluvia torrencial, la bronca por una nueva muerte a manos de la violencia machista, que se debatió en los lugares de estudio y de trabajo, arrancó en muchos lugares una contundente respuesta: un paro nacional por los derechos de las mujeres.

Luego de dos años, de una enorme marea verde de miles de pibas que salieron a la calle para reclamar por todas sus libertades, recibiendo el rechazo de los dinosaurios del Senado y de la jerarquía de la Iglesia, un juicio oral de por medio, en la localidad de Mar del Plata, determinó que lo que pasó con Lucía, “no fue tan así”.

Con una sentencia que rápidamente fue repudiada en las redes sociales, la misma vía por la que se conoció aquella vez la lucha por “justicia para Lucía”, el Tribunal Oral Criminal N° 1, integrado por los jueces Aldo Carnevale, Pablo Viñas y Juan Facundo Gómez Urso, desconoció que la violaron y la mataron, y absolvió por esa responsabilidad a los acusados Matías Farías, Alejandro Maciel y Juan Pablo Offidani.

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Sobre ellos, como contamos, pesaba un juicio cuya carátula era “tenencia de estupefacientes con fines de comercialización agravada por ser cometido en perjuicio de menores de edad –abuso sexual agravado por el consumo de estupefacientes seguido de muerte en concurso ideal con femicidio- encubrimiento agravado por la gravedad del hecho precedente”. Así figura en la causa.

Grave, gravedad, agravado, más allá del significado de estas categorías, son adjetivos que califican un hecho que a todas vistas no sólo puso “en peligro” la vida de Lucía sino que además “le causó” la muerte, se la provocó, por ser mujer. Fue una violación y fue un femicidio: el asesinato de una mujer por el sólo hecho de serlo. Y eso nos enfurece, porque ya dijimos “Ni Una Menos” muchas, demasiadas veces.

En las 65 hojas que tiene la sentencia, que se conoció este martes, se lee exactamente todo lo contrario. Miles de espacios y palabras que los tres jueces necesitaron para justificar su fallo misógino y para construir una historia en la que Lucía vuelve a ser violentada.

Sesenta y cinco hojas destinadas a demostrar que Matías Farías fue un “buen muchacho”, que solo quería pasar un rato con aquella jovencita de 16 años. Después de la violencia machista, que le arrancó la vida, lo que esta sentencia reafirma es el poder que las propias instituciones del Estado tienen sobre las mujeres, la violencia que las violenta de nuevo, la violencia que revictimiza condenándo a Lucía nuevamente, por ser mujer y por ser joven. Por eso las pibas la llaman “la justicia patriarcal”.

Lamentablemente, desde el inicio de la causa se produjeron acontecimientos que favorecieron a la elaboración de esta sentencia. Por un lado el accionar irresponsable de la fiscal Sánchez, que afirmó que Lucía había fallecido por una “agresión inhumana”, y por otro las pericias que le realizaron a su cuerpo, que no resultaron concluyentes para comprobar el abuso sexual, según los jueces.

Esta combinación de sucesos le dio la posibilidad a estos tres jueces de hacer una construcción de la vida de Lucía de modo tal que no hubiera lugar para pensar en violencia de género y en un femicidio. Un hecho macabro por parte de esta institución del Estado, que produce y reproduce constantemente la violencia que sufrimos. No nos cansamos de denunciarlo.

Afirmaron que Lucía consumía drogas “con normalidad” y “de forma decidida”. Que no existía un grado “de adicción” que “la llevara a la desesperante situación de someterse sexualmente para conseguir estupefacientes”. Se encargaron de hacer un recorrido detallado de las supuestas costumbres de la joven (experiencias sexuales, relación con su familia, su desempeño escolar) de una manera tendenciosa, para que el conjunto de estos elementos aseguren la idea del consentimiento de Lucía.

Uno de los jueces en su voto afirma que “no está en el ánimo del suscripto juzgar la vida sexual de Lucía, pero de los chats analizados surge claramente que sus vivencias en ese sentido alejan por completo la posibilidad de que hubiera sido sometida sin voluntad”.

Esta forma prejuiciosa de fundamentar la sentencia deja en evidencia la intención concreta por parte del Tribunal de mostrar a Lucía como la responsable de lo sucedido, y así garantizar la impunidad de los acusados. Por eso uno de los jueces argumenta las “buenas intenciones” del acusado Matías Farías al señalar que compró facturas, que la llevó a la Sala de Salud del barrio, ya muerta… actitudes que “distan muchísimo de la que podría haber asumido alguien que abusó y causó la muerte de una adolescente”.

Bajo el manto de “impartir justicia”, los jueces ocultan el verdadero objetivo que tiene su función: la intencionalidad de disciplinamiento, la protección del orden social, de los poderosos, el cuidado de este régimen capitalista y patriarcal, que en pleno siglo XXI nos sigue condenando por el hecho de ser mujeres. Porque del ejemplo se aprende y la letra con sangre entra. Eso dicen. Entonces nos encontramos con jueces y fiscales formando un andamiaje de impunidad que protege a feminicidas como otras veces protege a empresarios, a tratantes, a curas abusadores, a genocidas.

La sentencia produjo el repudio inmediato por parte del movimiento de mujeres que está organizando una marcha para los próximos días.

La marea verde, que este año impuso en la agenda la legalización del aborto, sabe de su fuerza en la lucha, y sabe que la bronca, cuando se organiza, tiene una fuerza aún mayor. Ese es el camino para continuar por la pelea de los derechos que aún están pendientes, comenzando por reclamar en las calles justicia para Lucía, porque ya dijimos Ni Una Menos.



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