Kirchnerismo y FMI: ¿es Portugal un ejemplo para salir de la crisis?

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El exministro de Economía, Axel Kicillof, se exhibe como interlocutor responsable frente al FMI. ¿Es posible compatibilizar connivencia con el organismo y mejora en las condiciones de vida?

“Había trascendidos, operaciones, diciendo que el próximo gobierno no iba a pagar, que el próximo gobierno va a reestructurar. Son fantasmas que tratan de plantear (…) Primero les dije que yo fui el último ministro de economía de un gobierno que pagó una deuda gigantesca que no había contraído, sin pedir prestado”, así le explicó Axel Kicillof al periodista Alejandro Bercovich el contenido de su reunión con la delegación del FMI.

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El Fondo su mueve en el país como pez en el agua: no sólo monitorea la economía, sino que también testea a políticos, dirigentes empresariales e, incluso, a la repudiada conducción de la CGT. La ubicación de Kicillof de mostrarse como interlocutor del organismo supone que habrá que convivir con las huestes de Christine Lagarde por largos años.

Ese panorama es desesperanzador para la experiencia histórica del pueblo trabajador argentino con las recetas del FMI: las encuestas indican un amplio repudio al organismo. Por eso, el kirchnerismo sacó de la galera el caso de Portugal para mostrar que “otro camino es posible”: convivir con el Fondo y que la economía se recupere. Son espejitos de colores.

Sobre cerdos

Bajo la impronta de la crisis mundial desatada en 2008, a partir de 2011 los medios anglosajones comenzaron a llamar despectivamente PIGS (en inglés significa cerdos) a Portugal, Italia, Grecia y España (Spain en inglés): se trataba de países del sur europeo con graves problemas económicos, principalmente con dificultades para afrontar los pagos de la deuda pública. Los problemas de deuda no surgieron de la nada, sino del salvataje al capital privado, principalmente a los bancos. Ironías de la historia, más tarde se empezó a incluir a Gran Bretaña en ese grupo.

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En 2009 el capitalismo mundial exhibió una tasa de negativa de crecimiento por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial: en la Unión Europea (UE) el derrumbe fue cercano al 5 %. Desde 2010 en adelante las tasas de crecimiento se sostuvieron en zona positiva (con excepción de 2012 donde la UE volvió a caer levemente), pero en niveles muy moderados.

Los PIGS, además de acompañar la caída del conjunto de la UE en 2009 y 2012, sufrieron una recesión más prolongada y profunda entre 2011 y 2013 producto de los ajustes brutales sobre la mayoría del pueblo trabajador.

Bajo el comando de la Troika -compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI- se buscó salvar el euro y rescatar de la quiebra a los bancos, principalmente a los alemanes y franceses. En contraste, el pueblo perdía sus casas por no poder pagar las hipotecas.

La Troika impuso a la economía griega un declive económico de casi una década: con el récord de -9 % en 2011, exhibió tasas negativas de crecimiento todos los años desde 2008 a 2016, con excepción de 2014 donde creció menos de 1 %. En 2017 y 2018 recuperó el crecimiento. Claro que después de atravesar el desierto un vaso de agua significa la vida misma, pero los números de crecimiento no dejan de ser lastimosos y la desocupación sigue encima del 20 %.

Cristina Fernández con Alexis Tsipras en 2017.

La tragedia griega fue responsabilidad de partidos conservadores y del Partido Socialista (Pasok en griego) hasta que en 2015 accedió al poder Syriza, una coalición de centroizquierda. Alexis Tsipras, el líder de la coalición y actual primer ministro, fue celebrado por el kirchnerismo y otras fuerzas políticas, incluso de la izquierda radical. Basó su campaña electoral en el rechazo a la austeridad para una vez en el gobierno transformarse en un brutal ajustador junto con la Troika. Al extremo que convocó un referéndum donde el pueblo griego votó mayoritariamente contra los planes de austeridad, mandato popular que fue finalmente desconocido por Tsipras.

Hoy nadie es su sano juicio puede defender el “modelo” griego. Tal vez este sea el motivo por el cual el kirchnerismo sacó a relucir el “milagro” portugués. Se trata de un caso que también cuenta con el agrado de Roberto Lavagna, exministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. ¿Qué tiene de particular Portugal? Que combina un monitoreo de la economía por parte de la Troika (es decir: nada de andar echando al FMI) con crecimiento económico. El kirchnerismo quiere convencer que este crecimiento está motivado por el supuesto abandono de la austeridad, algo que no es enteramente cierto.

Asumido en noviembre 2015, el primer ministro portugués, Antonio Costa, encabeza el ejecutivo en manos de su partido, el Socialista, que mantiene una coalición parlamentaria junto con el Bloque de Izquierda y el Partido Comunista. Luego de convivir varios años con la economía monitoreada, en diciembre último el primer ministro, Antonio Costa, anunció que cancelaban la deuda con el FMI: como los kirchneristas, paga por anticipado hasta la última moneda a los saqueadores. Pero el objetivo de esa política no es una ruptura con los organismos internacionales, sino ahorrar intereses de la deuda: Costa aclaró que lo hacía porque creía que “reforzará la credibilidad internacional”.

Es cierto que en los dos últimos años Portugal consiguió tasas de crecimiento moderadamente más elevadas que la Unión Europea. Pero el signo común en el viejo continente desde la crisis de 2008 es el crecimiento excesivamente bajo, fenómeno del que no escapan los lusitanos: crecieron 2,7 % en 2017 y 2,8 % en 2018. Con los números en la mano, desde el punto de vista del crecimiento, Portugal no representa ningún milagro económico. Incluso, la inversión (una suerte de medida del estado de salud de la economía) es particularmente baja en Portugal en comparación con la UE.

A decir verdad el inicio del crecimiento precedió al Gobierno de Costa: comenzó a mediados de 2013 cuando el primer ministro era el conservador Pedro Passos Coelho (ocupó el cargo entre junio de 2011 y noviembre de 2015). El crecimiento se consolidó desde 2014 a tasas crecientes. ¿Por qué se logró el crecimiento desde entonces? Porque en lo esencial el ajuste y el rescate a los bancos ya se había consumado: entre 2011 y 2014, el recorte del gasto público comprometido fue de 4.700 millones de euros.

Pero además, como ya fue mencionado, Portugal se benefició del empuje de la economía europea (de nuevo, a tasas muy moderadas). La estabilización del crecimiento de la UE sigue siendo extremadamente precario y se logró con un costo social que alcanza manifestación en el descontento en los “chalecos amarillos” de Francia, en el Brexit y más en general en la polarización política en el viejo continente.

Digámoslo todo

El “milagro” portugués se logró gracias a una ofensiva enorme de los capitalistas sobre la clase trabajadora. Esa ofensiva se inició bajo la gestión como primer ministro de José Sócrates del Partido Socialista (el mismo partido del actual primer ministro, Costa), quien se vio obligado a dimitir en 2011 en favor del conservador Pedro Passos Coelho cuando el Parlamento le rechazó su cuarto plan de ajuste.

En 2015, cuando asumió Costa en oposición a algunos planteos ajustadores gran parte de la tarea sucia estaba hecha. Pero más importante aún, la “voluntad” de Costa fue forzada por una movilización obrera y popular que rechazaba la austeridad. Aunque la iniciativa gubernamental está en manos de Costa, en tanto primer ministro, en Portugal gracias a la pesada herencia monárquica, también se elige presidente: en la actualidad ese cargo está en manos de Marcelo Rebelo de Sousa, un católico y conservador, perteneciente al Partido Social Demócrata, el líder con más apoyo en las encuestas en este momento. Es decir, que el “milagro” se debe a la intervención divina de todos los partidos del régimen patronal.

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El crecimiento argentino posdevaluación duhaldista tiene un punto de coincidencia muy fuerte con Portugal. Aunque no hubo devaluación porque Portugal delegó la soberanía monetaria en el euro (en nuestro país si hubo y puede haber más), los efectos son parecidos, lo cual permite desentrañar qué buscan los peronistas y su fracción kirchnerista: el 2001/2002 fue devastador para el salario que perdió un 30 % del poder de compra. Ese derrumbe salarial fue facilitado por el efecto disciplinador de la lenta agonía de la convertibilidad que dejó un tendal de desocupación y pobreza. Mientras todo el mundo se hundía, las ganancias empresarias se fortalecieron con el anabólico de los salarios devaluados.

El dejar pasar todo el ajuste sin luchas serias, como hizo el peronismo en aquél entonces y repite hoy, tiene una funcionalidad posterior que alberga la pretensión de presentarse como el gran salvador luego de que la burguesía se lleva tajadas enormes y los trabajadores recuperan apenas unas migajas, cosa que, tiempo después, vuelve a empezar, como ahora, con los trabajadores pagando la crisis otra vez: así funciona el país burgués ya sea “progre” o no “progre”. El “modelo” portugués al que se alaba tanto significa dejar que se repita la misma historia del 2001, que condujo a los trabajadores a un desgraciado callejón sin salida.

Haciendo abstracción de otros elementos (crecimiento de la economía mundial, alza de precios de materias primas, etcétera), la destrucción salarial es la que permitió la recomposición de ganancias y el reinicio del ciclo económico argentino. En aquella tarea de destrucción salarial contribuyó Lavagna como ministro de Eduardo Duhalde. Aunque como Edipo, los kirchneristas quisieron matarlo, el padre del “modelo” fue el Cabezón. ¿Vendrá de allí el enamoramiento con el “modelo” portugués de Lavagna y los kirchneristas?

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Así, en la medida que los trabajadores no encuentran una salida independiente a la crisis, el régimen capitalista impone su audacia alternando su personal político: la ofensiva sobre las condiciones de vida para recuperar las ganancias empresarias tiene una potencia mayor que la recuperación posterior.

No es que el capitalismo no se recupera nunca: aunque anémico, hasta Grecia está mostrando un reanimamiento, pero tiene lugar luego de una década de ataques sostenidos. Y es probable que el crecimiento no sea duradero en el panorama actual: hasta los organismos internacionales, como el FMI y el Banco Mundial, están perdiendo la esperanza en el crecimiento mundial y proyectan una desaceleración.

Del mismo modo, durante los años de mayor austeridad los trabajadores portugueses sufrieron los efectos de una reforma laboral para abaratar “costos”, los empleados públicos vieron como sus salarios eran recortados un 25 %, los docentes llevan una década de salarios congelados, y los adultos mayores fueron obligados a trabajar más a causa de que se elevó la edad jubilatoria; el regresivo Impuesto al Valor Agregado (IVA) subió de 21 % a 23 % durante el Gobierno de Sócrates y no volvió a bajar. Excepto por el impulso de la reducción de la jornada laboral del empleo público a 35 horas semanales (tal como era previamente a que los planes de austeridad la elevaran a 40 horas), el “milagro” portugués no devolvió a la clase trabajadora casi nada de lo perdido durante los días de borrasca. ¿Kicillof y Lavagna están dispuestos a revertir la reforma tributaria y el cambio en la movilidad jubilatoria del macrismo? ¿Qué harían con los pagos comprometidos con los fondos buitres?

A pesar del módico crecimiento económico, uno de los fenómenos más notorios de Portugal es la baja de la tasa de desempleo que en 2013, en el pico de la crisis, se ubicó en 16,2 % de la población activa. La reducción del desempleo también comenzó con el gobierno conservador, pero se acentuó en la gestión de Costa hasta reducirse al 7,3 % de 2018. Aun así, se trata de un nivel todavía más elevado que el promedio de período que va desde el 2000 al 2008, que fue de 6,1 %.

Justamente en la creación de empleo se hacen evidentes los efectos duraderos de la ofensiva del capital sobre los trabajadores durante la fase aguda de la austeridad: dos tercios de los nuevos empleos generados son precarios, de tiempo parcial o mediante contrato de obra, sin estabilidad laboral. Un modelo de “modernización” como sueña Macri.

Donde verdaderamente Portugal vive un boom económico es en el sector turismo y en el inmobiliario de manos de capitales extranjeros que llegaron a aprovechar las ventajas impositivas y los bajos salarios en relación a las potencias de la Unión Europea. Así, los trabajadores portugueses pagan el rescate al capital financiero y de la moneda europea con salarios de alrededor de 800 euros contra 1.500 de Francia; con el salario mínimo a menos de la mitad que en Francia y Alemania; y con jubilaciones que rondan los 500 euros.

No sólo eso. El boom del turismo y de los negocios inmobiliarios está generando un proceso de gentrificación que expulsa a los trabajadores y sectores populares desde las áreas centrales de las grandes ciudades del país hacia la periferia.

Portugal no llevó adelante ninguna ruptura con el capital financiero internacional. Tanto que, para elogiarlo, a Mario Centeno, el ministro de Finanzas, se lo llama el “Ronaldo de las finanzas” (en alusión al crack Cristiano Ronaldo). El elogio no surgió de una tribuna de fútbol, sino del ultraortodoxo exministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble. Centeno se benefició de la posibilidad de endeudarse en los “mercados” pagando una tasa de interés más baja que la pagada al FMI (un beneficio reservado a las economías europeas que a Macri le provocaría una sonrisa de oreja a oreja).

La deuda barata y las medidas de impulso del Banco Central Europeo le permitió gestionar el “gradualismo” a la portuguesa, pero implicó construir una deuda enorme, principalmente con el sistema financiero, que equivale al 130 % del PIB, un factor de riesgo latente para la economía lusitana. Es una hipoteca formidable que ante cualquier shock que revierta la situación disparará nuevas rondas de ajuste. Incluso el sistema bancario no está totalmente saneado y limita el crédito a pesar que el gobierno socialista le suministró más de 4 mil millones de euros.

Esperando el milagro

No debería extrañar (aunque vale la pena recordarlo) la responsabilidad del exministro de economía, Axel Kicillof, con los organismos internacionales y el capital imperialista: acordó pagar litigios en el Ciadi (un tribunal que actúa en el seno del Banco Mundial); arregló con el Club de París pagar una deuda con origen en la dictadura y reciclada en la crisis del fin de la convertibilidad; realizó un pacto neocolonial con Chevrón para explotar Vaca Muerta; e indemnizó a Repsol en agradecimiento por el vaciamiento energético.

En ese derrotero, había un fin último que era regresar a los “mercados” de capitales, tarea que quedó inconclusa por la falta de acuerdo con los fondos buitre, a los que en 2014 Kicillof ofreció 300 % de ganancias, pero los carroñeros encabezados por Paul Singer especularon con el cambio de gobierno y cuando llegó el macrismo obtuvieron mucho más por unos bonos que compraron por centavos especulando y empujando al país a la crisis durante el catastrófico principio de siglo.

Christine Lagarde y Axel Kicillof en 2015.

El regreso a los “mercados” llevó al desbarranque económico del año pasado y al pedido de rescate al FMI. Bajo el impacto de las políticas acordadas por el Gobierno que encabeza Mauricio Macri con el organismo internacional, la economía está atravesando un derrumbe que en muchas cifras es inédito en el nuevo siglo: es lo que se lee de los últimos datos sobre el hundimiento industrial.

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No obstante la agresiva política recesiva, implementada a través del ajuste de las cuentas públicas y de las elevadas tasas de interés que paga el Banco Central, la inflación no cede. No podía ser de otra manera: por un lado, porque los tarifazos siguen su curso; por el otro, porque el shock devaluatorio de 2018 impacta en ruedas sucesivas sobre los precios.

Nadie puede afirmar a ciencia cierta que nuevas corridas cambiarias no terminen de quebrar la política oficial conduciendo la economía, no sólo a una zona más catastrófica, sino directamente al caos: default obligado de la deuda pública, espiralización entre suba del dólar y de la inflación, figuran en el combo de diagnósticos que surgen, ya no exclusivamenete de los críticos del oficialismo, sino incluso de personajes que defienden al macrismo, como Carlos Melconian.

Los kircheristas y peronistas se embelesan con las maravillas del “milagro” portugués para instalar la ilusoria idea de que negociando con el FMI, que en palabras de Kicillof es más “flexible” que el propio macrismo, se puede lograr que el ajuste sea socialmente admisible.

Pero la dimensión de la catástrofe económica en curso y la situación internacional en declive no da margen para ninguna salida intermedia o reformista. Como vimos, Portugal no muestra algo distinto. No sólo eso: nuestro país (valga la aclaración, aunque resulte redundante) no es parte de la Unión Europea, sino un país dependiente donde el dominio de las potencias imperialistas brota hasta en el más mínimo detalle.

No se podrán recomponer los salarios, mejorar las condiciones de vida, mejorar los servicios públicos sin tarifazos si no se expulsa al FMI del país, se deja de pagar la deuda a los especuladores y se nacionaliza la banca y los servicios públicos en beneficio de las mayorías. O damos vuelta todo o ganan los sospechosos de siempre.

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