La biología dialéctica de Christopher Caudwell y el marxismo occidental que no fue

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Caudwell, joven teórico marxista de la década roja británica, caería en combate en España en 1937. Por sus críticas al lysenkoismo su obra sobre biología sería suprimida por el estalinismo hasta 1986.

Imagen: Christopher Caudwell, primero a la derecha, enrolado en las Brigadas Internacionales.

Un 20 de octubre, pero de 1907, nacía el teórico marxista británico Christopher St. John Sprigg, más conocido por su seudónimo Christopher Caudwell, miembro de una generación de brillantes marxistas ingleses, críticos y especialistas de los más diversos campos de la cultura, que llevaron a denominar la década de 1930 como la Década roja.

Autodidacta, lector de Marx y Engels Caudwell se inclinó hacia el marxismo y se integró en el Partido Comunista de Gran Bretaña en 1934, formando parte del Batallón Británico dentro de las Brigadas Internacionales que combatieron en la Guerra Civil española desde 1936.

Novelista y poeta, Caudwell también fue autor de una serie de estudios críticos sobre los más diversos temas: ética, religión, estética, sicología, historia, arte, poesía, física y biología, entre otros, muchos de ellos compilados y publicados de forma póstuma como Ilusión y realidad, Estudios y nuevos estudios en una cultura moribunda, La crisis de la física, Romanticismo y reacción, Poemas y Herencia y desarrollo: un estudio sobre la biología burguesa.

El 12 de febrero de 1937, a sus 29 años, Christopher Caudwell caería en combate en España mientras cubría con su ametralladora la retirada de sus compañeros en la Batalla del Jarama.

Fue la única figura dentro del denominado Marxismo occidental de la década de 1930 que consiguió trascender los límites idealistas de esta corriente así como el mecanicismo de su gemelo soviético. Debido a sus críticas al lysenkoismo, el estalinismo británico se negó a publicar tras su muerte Herencia y desarrollo: un estudio sobre la biología burguesa, trabajo que recién vio la luz en 1986.

Su prematura muerte impidió cualquier posibilidad de establecer en el Marxismo occidental un hilo de continuidad con los estudios entre dialéctica, materialismo y naturaleza. Sin embargo, esta tradición aunque con discontinuidades se mantendría intacta en el campo de las ciencias naturales, ya sea con los científicos materialistas de izquierda Haldane, Bernal y Needham, así como en la generación setentista de Harvard formada por Jay Gould, Levins y Lewontin.

El marxismo occidental y su ruptura con el materialismo

Tanto para Federico Engels como para Karl Marx, los orígenes de su concepción materialista del mundo (su base natural) no se hallaba en los materialistas franceses del siglo XVIII, cuyo materialismo era “exclusivamente mecánico”, sino en los materialistas de la antigua Grecia. Así lo señala Engels en su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana: “La visión materialista de la naturaleza no significa sino concebir sencillamente a ésta tal como existe, sin ningún previo ingrediente, y así se la entendió originalmente entre los filósofos griegos como algo natural. Pero entre aquellos antiguos griegos y nosotros yacen más de dos mil años de una visión del mundo esencialmente idealista y, en consecuencia, el retorno a lo evidente por sí mismo se hace más difícil de lo que pudiera parecer a primera vista”.

El desconocimiento de estas más profundas raíces filosóficas del materialismo de Marx y Engels tuvo importantes consecuencias para el posterior pensamiento marxista, que con demasiada frecuencia cayó en un enfoque mecanicista y en una visión del conocimiento como simple reflejo de la realidad, aun cuando supuestamente se hacía hincapié en perspectivas dialécticas que rechazaban tanto el mecanicismo como el idealismo. De esta manera, teóricos rusos como el Plejanov produjeron algunas de las peores formas de positivismo marxista, mientras que el materialismo de Lenin (en especial el Lenin de los Cuadernos filosóficos), si bien presentaba una mayor sofisticación filosófica, no escapaba a las mismas dificultades, lo cual planteaba auténticos problemas para el desarrollo del materialismo dialéctico.

En la década de 1920, la influencia positivista en el marxismo se hizo cada vez más manifiesta, lo que provocó la rebelión de marxistas occidentales tales como el húngaro György Lukács, el alemán Karl Korsch y el italiano Antonio Gramsci. De esta forma, el Marxismo occidental, como tradición diferenciada del marxismo soviético que surgió en los años veinte, se caracterizó por una guerra implacable contra el positivismo en las ciencias sociales. Sin embargo, esto tuvo como consecuencia imprevista el desarrollo de una tendencia a crear una fisura entre la naturaleza y la sociedad, con el consiguiente abandono de todos aquellos aspectos de la existencia relacionados con la ecología y con la coevolución de los seres humanos y la naturaleza.

En 1923, el dirigente bolchevique Nicolai Bujarin publicó El Materialismo Histórico, un ensayo popular de sociología marxista muy difundido en el movimiento comunista durante esos años, el cual fue muy criticado por contener una concepción que trazaba una relación casi de continuidad total entre el materialismo mecanicista y el marxismo. Sin embargo, Bujarin fue de los seguidores de Marx y Engels que iría más lejos en la aplicación del concepto marxiano de interacción metabólica entre los seres humanos y la naturaleza, señalándola como “la relación fundamental entre medioambiente y sistema”, la cual consiste “en la transferencia de energía material desde la naturaleza externa a la sociedad”.

Tanto Lukács como Gramsci criticaron ásperamente El Materialismo Histórico de Bujarin. Para el húngaro, el punto débil de Bujarin era su “preocupación por las ciencias naturales”, lo que dio origen a una “falsa metodología” que le llevó, como había llevado a Engels anteriormente, “a intentar convertir la dialéctica en ‘ciencia’”. En Táctica y ética, Lukacs señala: “La cercanía de la teoría de Bujarin al materialismo científico-natural burgués deriva de su utilización de ‘la ciencia’ (…) como modelo”. Al aplicar la dialéctica a la naturaleza, Bujarin había permitido que el positivismo se introdujera subrepticiamente en el estudio de la sociedad. Por su parte, el comunista italiano, se oponía a toda tendencia a “convertir la ciencia en la base de la vida” y descuidar el hecho de que “la ciencia es una superestructura”. Una visión tal supondría que la filosofía de la praxis necesita “apoyaturas filosóficas fuera de sí misma”.

Sin embargo, ni Gramsci ni Lukács percibieron las virtudes que, del mismo modo que los defectos, son evidentes en el análisis de Bujarin, virtudes que derivan del intento de relacionar la concepción materialista de la historia con una concepción materialista de la naturaleza. Aun cuando en el análisis de Bujarin se introdujo subrepticiamente un cierto mecanicismo y que consideró el “equilibrio” como una de sus características definitorias, la comprensión profunda de las relaciones ecológicas, incluida una perspectiva coevolutiva, era un aspecto crucial de la síntesis bujariana que se perdió en la tradición marxista occidental.

La Escuela de Fráncfort, que siguió a este respecto el ejemplo de Lukács, desarrolló posteriormente una crítica “ecológica” que era casi por completo culturalista en su forma, que carecía de todo conocimiento de la ciencia ecológica (y de todo contenido ecológico) y, en términos generales, atribuía la alienación de los seres humanos respecto a la naturaleza a la ciencia y a la Ilustración, análisis que procede más de raíces románticas y de la crítica de Weber de la racionalización y del “desencantamiento” del mundo que de Marx. Desde esta perspectiva, la alienación se comprendía unilateralmente como alienación de la idea de la naturaleza, faltando el análisis de la alienación real, material, respecto a la naturaleza: por ejemplo, la teoría de la fractura metabólica de Marx.

El alemán Herbert Marcuse en La dialéctica y la lógica luego de la segunda guerra mundial (1955) señaló criticando la ideología dominante en la Rusia estalinista que “el énfasis sobre la dialéctica de la naturaleza es un rasgo que distingue al marxismo soviético, en contraste con Marx e incluso Lenin. Si la dialéctica marxiana, en su estructura conceptual, es una dialéctica de la realidad histórica, entonces incluye la naturaleza en la medida en que esta última forma parte en sí misma de la realidad histórica: en el stoffwechsel (metabolismo) entre hombre y naturaleza (…) pero precisamente en la medida en que la naturaleza se investiga haciendo abstracción de estas relaciones históricas, en las ciencias naturales, por ello mismo parece quedar fuera del dominio de la dialéctica. No es accidental que en La Dialéctica de la Naturaleza de Engels los conceptos dialécticos aparezcan como meras analogías metafóricas y sobreañadidas al contexto (…) y es la Dialéctica de la Naturaleza lo que se ha convertido en la fuente auténtica, citada constantemente, para la dialéctica en el marxismo soviético”.

Por su parte, el muy influyente libro El concepto de la naturaleza en Marx (1962) del filósofo marxista alemán Alfred Schmidt amplía la perspectiva unilateral de Lukács y de la Escuela de Fráncfort. La contradicción fundamental que impregna el análisis de Schmidt reside en su repetida afirmación de que el materialismo y la dialéctica son “incompatibles”. Y si bien Schmidt hace hincapié en la importancia del concepto marxiano de “metabolismo”, este se aparta de toda relación con las condiciones material-naturales que no sean las del propio trabajo en su forma más abstracta, desprovisto de relaciones metabólicas con la tierra.

De esta forma fue prácticamente inexistente el análisis ecológico en la ciencia social marxista desde el final de la década de 1930 hasta la década de 1960, cuando surge en Occidente un auténtico movimiento ecologista contemporáneo. La destrucción real de la ecología en los países del “Bloque socialista” fue acompañada en el Occidente del rechazo de todo intento de aplicar el método dialéctico del análisis marxista a la naturaleza y a la ciencia.

La biología dialéctica de Christopher Caudwell

La única figura dentro del Marxismo occidental de la década de 1930 que, como ahora sabemos, consiguió trascender estas contradicciones en gran parte -aunque sólo fuera durante un breve y glorioso momento- fue Christopher Caudwell. Pero desgraciadamente murió en combate a los veintinueve años de edad, el 12 de febrero de 1937, en la Guerra Civil española, mientras cubría con su ametralladora la retirada de sus compañeros del Batallón Británico de las Brigadas Internacionales.

Las impresionantes consecuciones intelectuales de Caudwell florecieron en un breve período de tiempo, los años 1935-1936, en el que escribió sus principales obras, que abarcaban un amplio espectro del panorama de la cultura y la ciencia, y que se plasmaron en libros tan brillantes (aunque no muy pulidos) como Ilusión y realidad, Estudios y nuevos estudios en una cultura moribunda, La crisis de la física, Romanticismo y reacción, un volumen de Poemas y Herencia y desarrollo: un estudio sobre la biología burguesa, publicados de forma póstuma.

Caudwell vio el problema fundamental en el mundo atomizado y alienado de la ciencia y la cultura burguesas, caracterizado por las fracturas existentes entre naturaleza y sociedad, el idealismo y el mecanicismo, y entre el mecanicismo y el vitalismo en la ciencia. Estos dualismos y estas racionalidades parciales, unilaterales, tan características de la sociedad burguesa, surgían, según la perspectiva de Caudwell, de las necesarias defensas de una cultura moribunda.

Según indica H. P. Thomson en Haciendo Historia, para Caudwell la cultura burguesa se caracterizaba por “la repetida generación de idealismo y materialismo mecanicista, no como verdaderas actitudes antagónicas, sino como seudoantítesis, engendradas como gemelas en el momento mismo de la concepción, o como aspectos positivos y negativos del mismo momento fracturado del pensamiento”.

Pero Caudwell no se oponía meramente a estos dualismos, se oponía también a aquella forma de positivismo que simplemente negaba la antítesis, adoptando una tosca visión “reflectiva” de la relación sujeto-objeto dentro del conocimiento. En consecuencia dirigió gran parte del fuego contra la burda postura “epistemológica” de lo que a la sazón era la escuela dominante del “materialismo dialéctico”.

Según el sociólogo marxista norteamericano John Bellamy Foster, en La Ecología de Marx (Materialismo y naturaleza), el elemento fundamental del pensamiento de Caudwell era más bien la mutua determinación (o condicionamiento) de sujeto y objeto, dentro de lo que hoy podría denominarse un punto de vista “crítico-realista” que hiciera hincapié en la dialéctica como surgimiento. Esto adoptaba en concreto la forma de constante insistencia en el carácter coevolutivo de la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Para Caudwell, el triunfo del materialismo de Marx (que era de carácter activo y dialéctico), sobre las anteriores formas de materialismo (mecanicistas, reduccionistas y contemplativas), podía explicarse en parte como resultado de la mayor coherencia materialista y dialéctica dentro de la propia ciencia que surgió con el desarrollo de las teorías evolucionistas. Así, según Caudwell en Ilusión y realidad: “El surgimiento de las ciencias evolutivas, desde 1750 a 1850 [anterior a la revolución darwiniana) fue lo que alteró el materialismo mecanicista de Condillac, d’Holbach y Diderot, dando lugar al materialismo dialéctico de Marx y Engels, y lo que permitió incluir todo el aspecto activo de la relación sujeto-objeto desarrollada por el idealismo”.

Si este tema central que recorre el pensamiento de Caudwell no fue fácilmente percibido por posteriores analistas, se debió sin duda a que Herencia y desarrollo, su estudio de la biología, de importancia crítica, no se publicó junto a los demás estudios que formaban parte de Estudios y nuevos estudios en una cultura moribunda y La crisis de la física, tal como Caudwell había planificado. Esto se debió a su crítica al lysenkoísmo ruso, critica contraria a la ideología de los comunistas británicos de aquel momento, quienes asumieron la responsabilidad de publicar los manuscritos caudwellianos. Herencia y desarrollo permaneció inédita hasta mediados de 1986, medio siglo después de haber sido escrita, cuando fue publicada en Scenes and Actions: Unpublished Manuscripts.

Según la historiadora Helena Sheehan en su Marxismo y filosofía de la ciencia (1985), la conclusión que Caudwell sacó de su análisis del estado de la biología, a diferencia de Lysenko de ubicar el problema dentro de la ciencia de la genética, fue que el problema no era ubicarse dentro de la ciencia, sino en el colapso de la ciencia por las relaciones sociales burguesas. La síntesis no podía surgir simplemente dentro de la biología, ya que era solo la presentación de la biología como un mundo cerrado desconectado de los mundos de la física por un lado y la psicología por el otro que estaba en la raíz del problema. El problema solo podría resolverse con el regreso de la ciencia a una visión integral del mundo, visión que solo podría basarse en una nueva matriz social.

Según Foster, en este libro extraordinario Caudwell intentó abordar los problemas epistemológicos e ideológicos relacionados con la “crisis de la biología”, que era asimismo una crisis de la teoría darwiniana en un momento de renovado lamarckismo y de crecimiento de la genética. Aunque su análisis contiene errores (producto de la crisis y el desorden imperantes en la biología antes del desarrollo de la síntesis neodarwiniana), en su parte principal apunta a una síntesis coevolutiva compleja que anticipa en gran parte el muy sofisticado análisis biológico y ecológico que había de seguir. Para Caudwell, el nuevo campo de la ecología, como el de la biología misma, se caracterizaba por una concepción dicotómica de la relación entre organismo y medio, una concepción que no era dialéctica, por cuanto negaba la mutua determinación de sujeto-objeto, de organismo y ambiente.

Caudwell argumentaba que la teleología era una forma de mecanicismo subjetivo (“el universo es la máquina de Dios”), el equivalente al mecanicismo objetivo que suele asociarse con el positivismo. En vez de limitarse a rechazar la teleología, el positivismo, como su gemelo dialéctico, la había naturalizado en un cierto sentido, creando una concepción unilateral, finalista, de la evolución. Aunque la ciencia, en la medida en que era materialista y dialéctica, se oponía a la teleología y “ningún científico cree, como regla metodológica, en el determinismo de los fenómenos por un Dios, no obstante admite hoy -en una parte “agotada” de la biología- la posibilidad de que los determine un propósito, no el propio concepto de propósito de la vida, ni la necesidad de la materia, sino un propósito, o pauta, o plan, o entelequia, fuera de ambas”.

La imposibilidad de la ciencia de mantenerse materialista y dialéctica se manifiesta por lo tanto en “la autocontradicción burguesa en cuanto a la relación de individuo y medio, expresado como un mito acerca de la máquina”. Esto “nos proporciona la fundamental metafísica biológica del materialismo cartesiano o mecanicismo, que acaba por reaparecer en sus formas, aparentemente contradictorias pero gemelas en realidad, del idealismo vitalista o la teleología”.

Según Caudwell, el valor de la obra del propio Darwin es que en gran parte elude tales puntos de vista unilaterales y apunta a una perspectiva coevolutiva. Darwin fue el primero que ensenó al público a ver la naturaleza históricamente. “Si hacemos una representación diagramática de la vida como una serie de pasos, a cada paso el medio se habrá vuelto diferente: a cada paso se dan diferentes problemas, diferentes leyes, diferentes obstáculos, aun cuando una serie cualquiera de pasos, aparte de sus diferencias, tenga en común ciertos problemas, leyes y obstáculos generales. Cada paso de la evolución constituye una nueva cualidad en sí, lo cual implica una novedad que afecta a ambos términos: a organismo y a medio”.

Caudwell rechazaba la burda noción de que el medioambiente era siempre “hostil”, y que debiera entenderse unilateralmente en términos de la generación natural de superpoblación y de lucha por la existencia dentro de cada especie y entre unas especies y otras. Antes bien debía considerarse como facilitador, a la vez que como limitador. “Una concepción anterior de la sociedad -señala basándose en descubrimientos antropológicos- veía a la naturaleza como un sistema en el que la totalidad del mundo vivo cooperaba en la asistencia mutua”. Aunque en muchos sentidos era igual de ilusoria (o incluso más por las concepciones teleológicas que adoptaba), esta visión cooperativa de la naturaleza captaba una parte de la realidad que con harta frecuencia se le escapaba a la visión darwinista cruda (que no hay que confundir con la obra de Darwin, ni con la de sus inmediatos seguidores, tales como Huxley), como un mundo de desenfrenada competición y de supervivencia del más dotado.

Caudwell argumenta convincentemente que las mismas rupturas de la dialéctica que caracterizaban el enfoque burgués de la economía caracterizaban asimismo la concepción de la biología (y de la ecología), y parte del mismo tipo de crítica general que se aplicaba. Estas son:

(1) “No es posible separar al organismo del medio, como si fueran opuestos distintos entre sí. La vida es la relación entre los polos opuestos que se han separado a partir de la realidad, pero que permanecen en relación a través de la red del devenir”.

(2) “La evolución de la vida no pueden determinarla únicamente las voluntades de la materia viva, ni únicamente los obstáculos de la materia no viva”.

(3) “Las leyes del medio, en la medida en que constriñen el funcionamiento de la vida, no se dan en éste, sino que se dan en la relación entre medio y vida”.

(4) “El desarrollo de la vida está determinado por las tendencias de ésta. Pero la historia no realiza la voluntad de los individuos; tan sólo está determinada por ellos, y a su vez los determina”.

(5) “La relación dentro de una especie, o entre una especie y otras, no es siempre hostil, en el sentido de que los individuos luchen por la posesión individual de unos alimentos escasos. La provisión de alimentos es en sí misma consecuencia de las relaciones existentes entre la vida y la naturaleza (…) De modo semejante, tampoco la multiplicación de una especie es hostil a otra si constituye el alimento de ésta. Y puede también ocurrir que la relación entre especies sea beneficiosa, aunque de modo indirecto, como cuando los pájaros expanden las semillas, las abejas el polen y los pólipos del coral forman arrecifes” (Herencia y desarrollo).

El hecho mismo de que la relación existente entre organismos y medio tuviese precisamente ese carácter de relación significaba que, como toda relación, era mutuamente determinante, y estaba conectada con el “cambio material”. En rigor, “lo que constituye la realidad es un devenir material”. Esta perspectiva materialista compleja, dialéctica, coevolutiva, captaba la esencia de una concepción ecológica del mundo.

Como dijera Thompson cuatro décadas después de la muerte de Caudwell, éste había conseguido trascender el positivismo a la vez que evitaba pagar el “elevado precio” que, después de la década de 1920, se asociaba con el Marxismo occidental, en el que una vez más se rechazaba el materialismo como inherentemente mecanicista, en favor de un enfoque dialéctico que era esencialmente idealista. De este modo mantuvo un realismo crítico, dialéctico, y la posibilidad del naturalismo, evitando la destrucción de la dialéctica marxiana y la bifurcación de los reinos humano y natural.

Ruptura y continuidad para un materialismo dialéctico

A pesar de la práctica desaparición del debate ecológico dentro de la teoría social marxista desde la década de 1930 hasta la de 1970, no todo se perdió. Interpretaciones ecológicas impregnaban la tradición cultural-naturalista británica, representada por Raymond Williams y E. P. Thompson. Algunas escuelas de economía política marxiana, en especial la formada en torno a la revista Monthly Review, que conservaron una fuerte orientación materialista, mantuvieron un cierto reconocimiento de los temas ecológicos. Ya desde la década de 1940 el propio Paul Sweezy se iba interiorizando en los problemas ecológicos en la medida que hacía hincapié en la crítica del derroche económico bajo el régimen del capital monopolista, reforzando el tema entre las décadas de 1960 y 1990, mientras que hoy MR es uno de los principales polos teóricos para la reconstrucción de un marxismo ecológico en la lengua angloparlante.

Mayor importancia tenía sin embargo el hecho de que en Occidente existiera una refundación del pensamiento ecológico marxista dentro de las propias ciencias naturales (en especial en la biología), en las que existía un profundo compromiso con el materialismo y con la dialéctica entre destacados científicos influidos por el marxismo, que en algunos casos constituía la base filosófica fundamental para sus descubrimientos científicos.

Por una parte, en Inglaterra surgió en los años treinta una fuerte tradición de científicos de izquierda, entre los que se contaban John Desmond Bernal, Joseph Needham y John Burdon Sanderson Haldane. Para los dos primeros, las exposiciones que hicieran los miembros de la delegación soviética, entre los que se contaba Bujarin, Vavilov y Boris Hessen, en la Segunda Conferencia Internacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología, celebrada en Londres en 1931, tuvieron una importancia crucial en la formación de sus opiniones. Mientras que Haldane, destacada figura en el desarrollo de la síntesis neodarwiniana en la biología, luego de viajar a la URSS en 1929 se alzó como el “codescubridor” de la primera explicación auténticamente materialista del surgimiento de los organismos vivos a partir del mundo inorgánico, y que pasó a conocerse como la hipótesis Oparin-Haldane.

Aun cuando ha habido toda clase de discontinuidades, esta tradición de la investigación materialista y dialéctica por parte de investigadores con influencia marxista ha proseguido en las ciencias naturales adquiriendo un nuevo impulso entre los años 1970 y 1990, en la obra de importantes figuras como el biólogo genetista Richard Lewontin, el paleontólogo Stephen Jay Gould y el ecólogo matemático Richard Levins, todos ellos profesores de Harvard.

El materialismo de estos pensadores se deriva tanto o más de Darwin que de Marx. Pero la deuda para con Marx es clara. Es significativo que, en la obra de estos pensadores, subsista una comprensión del prolongado debate sobre materialismo y teleología, que los filósofos en general han perdido de vista en la actualidad, lo que proporciona la base para un completo materialismo ecológico. En rigor, la prominencia misma de estos científicos indica la continuada importancia de Marx, Darwin, el materialismo y el razonamiento dialéctico en el análisis de lo que, a grandes rasgos, cabe denominar fenómenos ecológicos. Es de vital importancia recuperar este legado para el desarrollo de un marxismo ecológico en el siglo XXI que arme a los revolucionarios del nuevo milenio para dar respuestas a problemas inéditos en la historia de la humanidad como los concernientes a la crisis ecológica global.



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