La crisis ecológica y la necesidad de recuperar la tradición de la Dialéctica de la naturaleza

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Fenómenos como el cambio climático y la crisis del sistema Tierra reafirman la inviabilidad del capitalismo. Sin embargo, su superación requiere de una actualización del materialismo dialéctico.

En el mismo momento en que la caída del Muro de Berlín anunciaba una ofensiva colosal del capital contra el trabajo y la naturaleza (“las dos fuentes de donde mana toda riqueza social”, según Marx, la de los valores de uso), otro fenómeno de vital importancia ocurría en el mundo: el lanzamiento del Programa Internacional Biósfera-Geósfera (IGBP), el programa de cooperación científica internacional más grande y complejo jamás emprendido, que coordinó los esfuerzos de miles de científicos de todo el mundo para una mayor comprensión de nuestro planeta.

Mientras el marxismo vivía la peor crisis de toda su historia y los revolucionarios veían cómo sus fuerzas se debilitaban en la resistencia contra el neoliberalismo y la ideología triunfalista del capitalismo (con sus teorías del fin del trabajo y del fin de la historia), entre los años 1990 y 2015 los científicos naturales agrupados en el IGBP protagonizaron el despegue de lo que algunos, como el físico teórico Hans Schellnhuber, han denominado “una segunda revolución copernicana”.

La crisis del sistema Tierra y la segunda revolución copernicana

A diferencia de la primera revolución copernicana, en donde los novedosos instrumentos de magnificación óptica, superando los límites del ojo humano, permitieron situar al planeta Tierra en su contexto astrofísico correcto, esta segunda revolución científica se desarrolló como una inversión de la primera, en donde las sofisticadas técnicas de compresión de la enorme acumulación de información brindada por satélites, observatorios, etc., nos permiten mirar hacia atrás en la historia de la Tierra, calculada en miles de millones de años.

El impulso de esta revolución científica reside en la idea de que la operación de la ecósfera (nuestro ecosistema planetario formado por la atmósfera, la geósfera, la hidrósfera y la biósfera) puede estar siendo transformada cualitativamente por la interferencia humana, por lo que sus esfuerzos se concentran en la comprensión del sistema Tierra en su conjunto, para así desarrollar, sobre esta base cognitiva, nuevos conceptos para la gestión ambiental global.

Esto llevó a la inquietante confirmación de que la actividad humana en los últimos siglos, que en realidad no es más que un eufemismo para referirse a la actividad de la economía política capitalista, ha llevado a la interrupción de un complejo ciclo natural que tardó millones de años en evolucionar. Como señalaron el científico ambiental del Centro de Resiliencia de Estocolmo, Johan Rockström, y el químico atmosférico exdirector del IGBP, Will Steffen, “la relativamente estable época del Holoceno, de los últimos 11.700 años, es la única con un estado del sistema Tierra que sabemos con certeza puede sostener a las sociedades humanas contemporáneas. Hay una evidencia creciente de que las actividades humanas están afectando el funcionamiento del sistema Tierra en un grado que amenaza su resiliencia, es decir, su capacidad de persistir en un estado similar al Holoceno frente a las crecientes presiones humanas y crisis”.

El cambio climático, la crisis en el ciclo del carbono, del agua, del fósforo y del nitrógeno, la acidificación de ríos y océanos, la pérdida creciente y acelerada de biodiversidad, los cambios en los patrones en el uso de la tierra y la contaminación química, entre otros aspectos, son la manifestación de una situación completamente inédita para la humanidad. Incluso se ha conformado a nivel internacional un grupo de expertos dirigidos por el geólogo británico Jan Zalasiewicz que le han propuesto a la Comisión Internacional de Estratigrafía que reconozca el ingreso del planeta a una nueva era geológica marcada por la interferencia humana global: el Antropoceno. Como el científico del IGBP y premio nobel de química Paul Crutzen señaló: “El sistema Tierra se ha movido recientemente fuera del rango de variabilidad natural exhibido durante al menos el último medio millón de años. La naturaleza de los cambios que se producen simultáneamente en el sistema Tierra, sus magnitudes y las tasas de cambio, no tienen precedentes y son insostenibles”.

La necesidad de crecimiento constante e infinito del capital ha llevado a este sistema a desarrollar una tendencia continua de socavamiento de las fuentes (finitas) de toda riqueza social, tendencia que de no frenarse y revertirse puede llevar a la descomposición general de las condiciones naturales de producción de la humanidad.

Esto amenaza con no solo el bloqueo irreversible de la transición al socialismo (por la imposibilidad de desarrollar cualitativamente las fuerzas productivas, condición fundamental para superar el capitalismo), sino que también, y debido a lo anterior, a una regresión social marcada por la incapacidad de revertir la contracción de las fuerzas productivas de la humanidad. Es así como la consigna de “socialismo o barbarie” de Rosa Luxemburg adquiere una gran actualidad, pero a un nuevo nivel.

El materialismo y la crisis del marxismo

Sin embargo, el marxismo aún no ha podido salir de su crisis histórica. Décadas de reacción ideológica neoliberal marcada tanto por el posmodernismo en las ciencias sociales, como por el reduccionismo cartesiano en las ciencias naturales (principalmente en los países atrasados y dependientes), así como también por la discontinuidad revolucionaria, plantean la necesidad de recrear la teoría marxista como “guía para la acción revolucionaria” del proletariado del siglo XXI.

Si bien es cierto que sin lucha de clases es imposible reconstruir el marxismo, no es menos cierto que las tareas preparatorias implican también una reactualización del marco teórico estratégico de los revolucionarios, y en consecuencia, una reelaboración teórica a partir de las actuales contradicciones del capitalismo y las tareas que se desprenden de esta época histórica. Sin esta recreación de la teoría es imposible la reconstrucción del marxismo revolucionario como fuerza material decisiva.

Lamentablemente no hay ninguna corriente seria que haya tomado con atención y profundidad esta segunda revolución copernicana y los debates concernientes a ella. Las ciencias naturales han sido dejadas de lado y el concepto de materialismo se fue haciendo cada vez más abstracto. Algunos niegan la posibilidad de aplicar los modos del pensamiento dialéctico a la naturaleza y así persisten lagunas en el conocimiento a través de las cuales penetran los enemigos del materialismo. Esto explica que las elaboraciones desde el marxismo sobre la crisis del sistema Tierra sean extremadamente marginales y que la situación en el marxismo latinoamericano sea penosamente mucho peor. Por ello viene bien recordar lo señalado por Goethe, y con mucha razón, que para conservar lo que se posee es necesario conquistarlo cada vez de nueva cuenta.

El materialismo dialéctico no es una llave maestra

Por lo general, los debates filosóficos que acompañaron el desarrollo de la ciencia fueron expresados en términos dicotómicos. Estos debates involucran puntos de vista opuestos sobre la estructura de la naturaleza, la expresión de los procesos naturales y los métodos apropiados para la investigación. En el caso del materialismo dialéctico, este ingresó en las ciencias naturales como la negación simultánea del materialismo mecanicista y del idealismo dialéctico, como un rechazo a los términos del debate. Sus tesis centrales son que la naturaleza es contradictoria, que hay unidad y compenetración de lo mutuamente excluyente y que, por lo tanto, el principal tema de la ciencia es el estudio de la unidad y la contradicción, más que la separación de los elementos.

Para algunos, la contradicción es solo un principio epistémico, el cual describe cómo podemos comprender el mundo a través de la historia de teorías antitéticas que, en contradicción entre ellas y en contradicción con el fenómeno, llevan a una nueva visión de la naturaleza. Para otros, la contradicción es también política: la lucha de clases es el motor de la historia. Pero para los materialistas dialécticos la contradicción también es ontológica, es decir, se basa en la contraposición de fuerzas que yacen en la base del mundo físico y biológico.

Esta tradición, que se cimienta en la colaboración mutua entre Marx y Engels, tuvo como acto fundacional a la Dialéctica de la Naturaleza, obra inconclusa de Friederich Engels, “el intento más altruista de aplicar el método y las perspectivas de Marx a los datos de la ciencia natural”, según el historiador soviético de la ciencia Yakov Marcovich Uranovsky, asesinado por Stalin en 1936.

La evolución del planeta y de la vida nos proporciona una gran cantidad de ejemplos de la dialéctica de la naturaleza, del desarrollo mediante contradicciones y saltos, en el que largos periodos de cambio lento y “molecular” se alternan con procesos catastróficos, desde el choque de continentes hasta la extinción de especies. Esto no contradice para nada lo señalado por Marx y Engels en la Ideología Alemana, que “se puede enfocar la historia desde dos ángulos: se la puede dividir en historia de la naturaleza e historia de los hombres. Sin embargo, las dos son inseparables: mientras existan los hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan mutuamente”. De hecho es la clave del asunto que nos convoca.

Sin embargo, el materialismo dialéctico no es una llave maestra. Si bien “la dialéctica y el materialismo son los elementos básicos del conocimiento marxista del mundo”, como señaló León Trotsky, “esto no significa que puedan ser aplicados a cualquier campo del conocimiento como si se tratara de una llave maestra. La dialéctica no puede ser impuesta a los hechos, sino que se deriva de ellos, de su naturaleza y desarrollo”.

Por ejemplo, “solamente una concienzuda labor sobre una enorme masa de materiales posibilitó a Marx aplicar el sistema dialéctico a la economía, y extraer la concepción del valor como trabajo social. Marx construyó de la misma forma sus obras históricas, e incluso sus artículos periodísticos. El materialismo dialéctico únicamente puede ser aplicado a nuevas esferas del conocimiento si nos situamos dentro de ellas. Para superar la ciencia burguesa es preciso conocerla a fondo, y no llegaremos a ninguna parte con críticas superficiales mediante órdenes vacías. El aprender y el aplicar van codo a codo con el análisis crítico. Tenemos el método, pero el trabajo a realizar es suficiente para varias generaciones”.

Reconstruir el marxismo para hacer frente a la crisis del sistema Tierra

Mientras el estalinismo bastardeó esta tradición de la dialéctica de la naturaleza con la abominación del lysenkoismo (que fue a la naturaleza lo que el estajanovismo fue al trabajo), y el marxismo occidental rompe con ella en una gran concesión teórico-política al estalinismo (al negar la posibilidad de aplicar el método dialéctico a la naturaleza), el trotskismo (de Yalta), formal heredero de esta tradición, no le asignó ningún valor concreto. Esto explica, por ejemplo, afirmaciones desafortunadas como las de Nahuel Moreno que marcaron “sentidos comunes” en el trotskismo latinoamericano.

Si bien el dirigente del PST supo dar cuenta ya en 1973 sobre cómo “el problema ecológico (que tanto preocupa a los científicos que ven la destrucción de la naturaleza), por un lado, el hambre crónica y las guerras por otro, llevan a una destrucción sistemática, tanto de la naturaleza como del hombre”, la salida que proyecta en su Actualización del Programa de Transición (1980) deja bastante que desear. Consiste en “la conquista del universo” por parte del socialismo, con “la creación de satélites artificiales con una vida tan buena o mejor que la de la Tierra”, debido a que importantes recursos de la naturaleza “se agotarán inevitablemente por más racionalmente que se los explote”.

Moreno no concibe la recomposición del metabolismo entre la sociedad y la naturaleza y, por lo tanto, “huye hacia adelante” en una gran concesión al “optimismo tecnológico”. La naturaleza, la ecología, las ciencias de la Tierra no tienen ningún valor para él (ni siquiera un valor negativo) y su salida ante la crisis ecológica es tecnológica, teleológica, prometeica.

Esta visión ha persistido a través de los años de una u otra forma. No es extraño encontrar a algunos jóvenes socialistas que frente a las modernas tecnologías aplicadas por el gran capital, destructivas y contaminantes como los transgénicos o la megaminería, que abren debates sobre cómo encarar los problemas ambientales y satisfacer las necesidades humanas, sacan como conclusión que podrían ser aprovechadas correctamente por las futuras generaciones una vez liberadas del interés capitalista, de la gran propiedad privada y de la opresión de clase, dejando la puerta abierta para su justificación. Se trata de una generalidad basada en el desconocimiento, que no evalúa las contradicciones ontológicas e históricas entre tecnología, naturaleza y sociedad de clases.

Esta “corriente de opinión” también pudo apreciarse en los debates que hubo recientemente entre la revista norteamericana Jacobin, específicamente en su sección dedicada al cambio climático “Earth, Wind and Fire”, y la revista Monthly Review. Ecomodernistas en la primera y ecosocialistas en la segunda, se enfrentaron alrededor del problema sobre el excesivo papel que se le otorga a la tecnología para enfrentar el cambio climático, como si esta encerrara la clave de todo el problema. Sin embargo, “no todo en el pasado es valor para el futuro”, como había reflexionado Trotsky entorno a la relación entre el materialismo dialéctico y la ciencia. “El desarrollo de la cultura humana no viene determinado por la simple acumulación. Ha habido períodos de desarrollo orgánico, y también períodos de riguroso criticismo, de filtración y de selección”.

Por su parte, el intelectual trotskista Luis Vitale ya había advertido en 1983 sobre cómo “el marxismo tiene otro gran desafío: dar respuesta teórica y política a la crisis ambiental, porque en torno a esta cuestión clave se está jugando la supervivencia de la humanidad”. Si bien Vitale coincide con Moreno al dar cuenta del problema y su importancia máxima, lejos de plantear “la conquista del cosmos” tiene una actitud mucho más sensata: “Los marxistas han descuidado el estudio del ambiente, reaccionando muchos de ellos a la defensiva, negando la trascendencia de la crisis ecológica o denunciando los grupos ecologistas como movimientos diversionistas que distraen la atención de las tareas de la lucha de clases. La indiferencia de la izquierda latinoamericana ante la crisis ecológica ha facilitado el camino para que un “ecologismo demagógico”, de ideología burguesa, arrebate ciertas banderas al auténtico movimiento ambientalista reduciendo la crisis a la contaminación y el conservacionismo. También se ha desarrollado un “dogmatismo energético” que plantea el problema de la energía por encima de las clases, como si los flujos energéticos no estuvieran mediados por las relaciones de poder”.

Lamentablemente, la persistencia por muchos años del pensamiento tecnologicista, teleológico y prometeico en la izquierda les ha permitido a algunos influyentes referentes intelectuales de las luchas ambientales no perder oportunidad para achacarle a la izquierda un desprecio por la naturaleza y los problemas planteados por Vitale. Es el caso de la socióloga Maristella Svampa, quien en una entrevista a La Voz en agosto de 2017 señaló: “Muchas izquierdas latinoamericanas todavía continúan leyendo el conflicto social desde la contradicción capital-trabajo, dejando de lado aquellas entre capital y naturaleza que impulsa el capitalismo actual, que avanza sobre los territorios exigiendo más materias primas y energía. Tienen una mirada exclusivamente obrerista, como es el caso del trotskismo, o comparten con la derecha la visión hegemónica del desarrollo ligada al productivismo, al crecimiento indefinido”.

Sin embargo, esto no se corresponde con lo señalado por los fundadores del materialismo dialéctico. En su Dialéctica de la Naturaleza Friederich Engels es tajante: “No nos dejemos llevar por el entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de estas victorias, la naturaleza toma su venganza. Es verdad que las primeras consecuencias de estas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Así, a cada paso, los hechos nos recuerdan que nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre un pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas de manera juiciosa”.

El marxismo reconoce tanto al trabajo como a la naturaleza como las dos fuentes de donde mana toda la verdadera riqueza social, la de los valores de uso, y su objetivo estratégico es el comunismo, la resurrección de la naturaleza, la sociedad de productores libres y asociados que regulará el metabolismo con la naturaleza de una manera racional, bajo su control colectivo, con el menor gasto de energía y en las condiciones más dignas. Pues si la relación entre la sociedad y la naturaleza está mediada por la producción, entonces quien controle la producción podrá regular racionalmente su metabolismo, lo que reafirma el carácter revolucionario del proletariado como sujeto social y hegemónico.

Recuperar la tradición perdida de la Dialéctica de la Naturaleza para la revolución del siglo XXI

La meta de transformar la lucha de ideas en una agenda de debates teóricos, políticos y hasta programáticos no se parece en nada a la idea de avanzar por un desierto. Disputar desde el marxismo la ideología de la clase dominante es avanzar sobre cientos de sentidos comunes, recreados desde las cátedras universitarias, medios masivos de comunicación o corrientes de opinión religiosas o “científicas”, por lo que los roces y las resistencias son inevitables. Solo mediante polémicas profundas podemos ir “dejando huella” y avanzando en esta batalla.

Por ello, un grupo de militantes y simpatizantes del PTS en el Frente de Izquierda y de la sección Ecología y medioambiente de La Izquierda Diario (Argentina) se ha venido reuniendo desde hace pocos meses con el fin de reemprender esta titánica tarea de reconstruir la tradición de la Dialéctica de la Naturaleza. A través de la labor periodística, de la traducción y publicación de obras inéditas en castellano, de la divulgación de estudios científicos y la elaboración teórica que surja del diálogo entre las ciencias naturales, la ecología política y la teoría marxista, queremos reactualizar el pensamiento político al calor de los nuevos fenómenos de la naturaleza y su relación con la sociedad de clases.

Para ello hemos reconocido algunos elementos o hilos de continuidad con los que queremos reconstruir los puentes necesarios para esta tarea. Por una parte están las elaboraciones mismas de los científicos de esta segunda revolución copernicana, como Paul Crutzen, Will Steffan y James Hansen, entre otros, cuya vasta bibliografía se ha vuelto inaccesible para la militancia hispanoparlante. Por otra parte están las reflexiones de los sociólogos marxistas norteamericanos nucleados alrededor de la revista Monthly Review en los últimos 20 años, tales como Bellamy Foster, Paul Burkett e Ian Angus, cuya bibliografía también se ha vuelto inaccesible para la militancia hispanoparlante. Más atrás se encuentra el legado de los científicos e historiadores naturales de la década dorada de la Unión Soviética como Vladimir Vernadsky, Alexander Oparin o Vladimir Stanchinsky, una valiosa generación trágicamente caída en desgracia bajo el estalinismo, pero cuyo ejemplo nos muestra que lo que nos proponemos es posible. Paralelamente a esta generación se encuentra la de los científicos materialistas de izquierda occidentales, desde los británicos Haldane, Needham y Bernal, pasando por el biólogo socialista Barry Commoner y la generación de Harvard formada por Gay Gould, Richard Levins y Dick Lewontin. Y por supuesto, no podía faltar, la obra específica de los fundadores, Karl Marx, Friederich Engels y sus continuadores clásicos.

Apostamos al agrupamiento de profesionales, militantes y colaboradores, científicos, investigadores, traductores, periodistas y diseñadores. Queremos hacer de esto algo grande, profesional, sustentable.

El año pasado, la Fracción Trotskista en su XI Conferencia discutió redoblar sus esfuerzos en la elaboración y difusión de las ideas del marxismo, consciente de la importancia de esta batalla y de avanzar en la influencia sobre sectores de intelectuales que giren hacia izquierda al calor de las nuevas convulsiones económicas, geopolíticas y de la lucha de clases que nos depara el capitalismo actual. El proyecto de rescatar la tradición perdida de la Dialéctica de la Naturaleza se enmarca en esta perspectiva.



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