¡La escuela técnica no se toca!

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En medio de este crimen social donde trabajadores de la educación pierden su vida por un sistema que cada vez nos expone más a realizar todo tipo de tareas en condiciones inaceptables -al sentirnos los últimos garantes de la educación para una multitud de pibes-, sabiendo que si no ponemos el mil por ciento de nuestros cuerpos los chicos no tendrían clases nunca ;producto de una desidia de los funcionarios a quiénes lo único que les importa son los números; el precio del dólar; el déficit fiscal y pagar lo menos que puedan al pueblo trabajador; considerando a la educación y a la salud un gasto innecesario, nos vemos en la obligación de seguir discutiendo qué podemos hacer para parar este nuevo ataque, esta vez a la escuela técnica.

La formación que damos en la escuela técnica debe ser obviamente técnica pero debe ser integral. La formación en la escuela secundaria debe tener un eje común y el de la rama técnica, materias específicas que contribuyan a formar jóvenes con capacidad de dar respuestas a las nuevas tecnologías, incluso a las que todavía no se desarrollaron y que quizás ellos deban desarrollar.

Desfinanciar el sistema, disminuir la formación técnica tiene que ver con un proyecto en donde sólo se produzcan materias primas exportables. Lo que fijaría aún más el carácter de dependencia internacional que sufrimos en este momento.

Las grandes potencias ponen especial énfasis en el desarrollo tecnológico.

El verdadero desafío de la escuela técnica es preparar a las nuevas generaciones para que puedan insertarse en el mundo del trabajo con una perspectiva innovadora , que desarrollen nuevas tecnologías para marcar una diferencia cualitativa en los bienes y servicios que podemos producir.

Invertir en educación técnica es una de las bases para el desarrollo tecnológico.

Los técnicos egresados de nuestras escuelas forman en gran medida la matrícula de las universidades de ingeniería. Son los que dirigen el área tecnológica de las empresas de energía, trabajan en laboratorios, construyen, reparan y desarrollan nuevos procesos.

La discusión de qué escuela técnica queremos es imposible despegarla de otra más importante, qué tipo de país queremos. En un marco internacional donde las potencias impulsan la relocalización de empresas multinacionales en sus países de origen, donde los organismos de crédito internacional como el Banco Mundial y el FIM, exigen una disminución de las partidas destinadas a los que menos recursos tenemos, donde los señores de la Soja, las mineras, las petroleras y los que manejan los servicios públicos reciben el favor del gobierno, con recortes impositivos y en muchos casos con ganancias récord, la certeza que se impone es que hay una decisión politíca de precarizar a nuestra población convirtiéndola en mano de obra barata y descartable.

Se cierran escuelas y modalidades, los hospitales públicos están devastados y el Astillero Río Santiago, emblema de la resistencia y de la industria técnica local lo quieren cerrar.

Las escuelas técnicas son un insumo necesario, pero no suficiente, para que podamos seguir desarrollando tecnología. Desfinanciar aún más a las escuelas tendrá como consecuencia una profunda caída de la formación social, democrática y tecnológica de nuestros egresados y de las posibilidades de nuestro desarrollo.

El desafío que tenemos por delante es generar una fuerte alianza con los estudiantes,- principales perjudicados-, con los padres y los trabajadores de todas las ramas para rechazar este proyecto , que bajo una presentación adecuada al marketing del empresariado y la modernización, predica la falsa premisa, que menos horas de estudio es igual a más eficiencia.

Menos horas de estudio es igual precarización educativa, recorte presupuestario y debilitamiento de los espacios de formación.



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