Las mujeres, un sujeto oculto en la industria automotriz

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El neoliberalismo —como política mundial de la burguesía para superar estratégicamente la crisis y elevar la tasa de ganancia— implicó una modificación sustancial de la estructura económica y, por lo tanto, del mundo del trabajo.

Configuró una nueva relación entre las clases, atacando todas las conquistas arrancadas con la movilización y organización de sectores trabajadores y populares en décadas previas; fragmentó como nunca a la clase trabajadora internacional, haciéndola competir entre sí de una forma sin precedentes; y abrió las posibilidades a un flujo de capital y mercancías en todo el globo que se volvió la base de nuevas cadenas de valor, esqueleto de una producción deslocalizada internacionalmente.

El corredor México-Estados Unidos, el principal paso migratorio del continente, se convirtió en una de las más dinámicas cadenas de valor mundial: la Cadena Autopartes Automotriz (CAA) desarrollada a partir de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLCAN) durante el gobierno priísta de Salinas de Gortari en 1994. De la mano de la globalización y el neoliberalismo vino la reaccionaria campaña ideológica del fin de la clase obrera, que impactó en la conciencia del proletariado, en la academia y en las izquierdas, resignadas al embellecimiento de las luchas de los “nuevos sujetos”. No obstante, a pesar de esto y de la división internacional de las filas del proletariado, la clase obrera se extendió y aumentó numéricamente.

La extensión de la clase obrera: un signo de nuestro tiempo

En los 90’s, con la integración del ex bloque soviético al orbe capitalista, la fuerza de trabajo mundial se vio duplicada por el número de trabajadores de Asia y Europa oriental integrados al mercado laboral. Posteriormente, el incremento en el número de asalariados significó una proletarización de sectores agrícolas o rurales, ya sea por la vía de volverse jornaleros agrícolas con la implementación de altas tecnologías del agrobusiness a la producción en el campo, o por la vía de la migración —en la mayoría de los casos forzada por la violencia o la falta de oportunidades laborales y de desarrollo— a las ciudades.

Según Michel Husson, esta dinámica se expresó de 1992 a 2008 aumentando la taza de salarización a escala planetaria, pero de manera desigual, robusteciendo a la clase trabajadora en países avanzados alrededor de un 20% pero un 80% en países subdesarrollados. En un período similar, de 1980 a 2005, la mano de obra en la industria manufacturera aumentó un 120% en estos, mientras que en los desarrollados se redujo en un 19%. Husson rescata datos ofrecidos por el Fondo Monetario Internacional (FMI) que son aún más impactantes: entre 1990 y 2010, tan solo en veinte años, el porcentaje de asalariados en las ramas exportadoras de los países “emergentes”, vinculadas directamente a las cadenas de valor mundial, ha aumentado 190%, frente a un 46% de los países desarrollados. [1]

En el mismo período [2], la tendencia a la salarización de las mujeres es también más alta, configurando el fenómeno de feminización de la fuerza de trabajo asalariada, en particular del trabajo precario, parido por las condiciones laborales en el período neoliberal. Esto significa que el 54 % de las mujeres, en edad económicamente activa, participa en el mercado laboral, como trabajadoras asalariadas. Es decir, alrededor de 1,300 millones de mujeres en el mundo, que además asumen en su gran mayoría una doble jornada laboral.

El proletariado en México, gigante dormido

Esto configura lo que ya Trotsky denominaba la ley del desarrollo desigual y combinado: una tendencia contradictoria que permite una formación diferenciada del capitalismo mundial, que mientras integra aspectos de enorme avance técnico y tecnológico, mantiene los más primitivos y atrasados. En ello puede rastrearse la base de la relación de dependencia económica de los países semicoloniales con el imperialismo. Por ejemplo, en México, el neoliberalismo configuró una plataforma de exportaciones de maquila de tercera generación con alta tecnología en grandes clusters industriales en el Bajío y la zona fronteriza del norte del país, de la mano de mantener en zonas rurales del sureste mexicano una realidad rural sin infraestructura productiva y con técnicas rudimentarias.

A esto se refiere Jimena Vergara en su artículo “La Clase Obrera Oculta”, cuando habla de México como la China occidental y de la fabulosa transformación de la Industria Maquiladora de Exportación que dinamizó el crecimiento económico de los estados fronterizos del norte, convirtiéndose en un polo de atracción para la IED y que, a partir del 2007, se transformó en una robusta plataforma de exportaciones principalmente para mercado estadounidense nutrida por maquilas de tercera generación, con alta tecnología y calificación de la mano de obra que se paga muy barata. Esta región industriosa, motor del proletariado mexicano, suma, junto al resto de trabajadores asalariados del país, más de 42 millones de empleados, distribuidos unos 7 millones en el sector primario (agropecuario), 12 millones y medio en el secundario (industria extractiva, eléctrica, manufacturera y de construcción) y más de 31 millones en el terciario (comercio y servicios). [3]

La industria automotriz, como plantea Vergara, se basa en articulaciones complejas: una extensa red autopartista y de componentes manufacturados, proveedores y redes de distribución, intermediación y venta, así como vínculos con la industria de bienes de consumo intermedios como la siderurgia, metalurgia, hule, vidrio, construcción, comunicaciones y energía. El sector aporta un 23.5% de las exportaciones totales y el 31% del total manufacturero, captando en su mejor año (2013) 90 mil millones de dólares por exportaciones y contribuyendo en un 3.8% al PIB nacional. En 2016 operaban de conjunto 19 de las OEMS fabricantes de vehículos mundiales en 14 complejos industriales —más de 6 mil fábricas— a lo largo de 12 entidades del país, cifra que se ha extendido en los últimos dos años.

De aquí que una de las principales preocupaciones del gobierno mexicano (del priísmo anteriormente, pero también de López Obrador) es mantener los acuerdos comerciales con EU, garantizando la inversión privada necesaria para continuar el desarrollo industrial, preservar las ganancias de los empresarios y el cumplimiento de los planes del imperialismo. Todo mediante la extensión de zonas francas y económicas especiales, imponiendo el despojo y el saqueo de recursos para las transnacionales y ofertando mano de obra barata y calificada en todo el país. Es así como la penetración imperialista y las ganancias multimillonarias de la patronal recaen duramente sobre las espaldas de las mujeres trabajadoras, un sujeto invisibilizado, diluido entre la clase obrera, también oculta.

La precarización tiene rostro de mujer

De la misma manera, el capitalismo ha desarrollado de manera desigual y combinada, con múltiples y profundas contradicciones, la inserción de las mujeres al mundo del trabajo y la relación entre la esfera productiva y reproductiva. La precariedad del empleo asalariado significa en amplios términos las diversas formas de rebaja salarial, degradación de las condiciones de trabajo (terciarización, parcialización, informalidad), una pérdida en las conquistas laborales y la fragmentación de la clase trabajadora en categorías de primera y de segunda. Implica también la extensión de la duración de la jornada y el tipo de contrato laboral, así como la calidad de la seguridad laboral (prestaciones y seguridad social).

Podemos decir entonces que la flexibilización es el corazón de la precariedad y que ésta se extiende por el mundo del trabajo como las arterias del proceso de globalización. Esta nueva relación entre la precarización y la terciarización se expresa crudamente en el caso de las mujeres, siendo el sector terciario de la economía el que más mujeres emplea en la actualidad y el laboratorio de la implementación de la terciarización, es decir, de la división profunda entre trabajadores efectivos, fijos y temporales, sin estabilidad ni plaza, con una percepción salarial que llega a ser un tercio de la de los fijos.

Las mujeres en la industria autopartista automotriz

En el caso de la industria en México, las mujeres han aumentado su participación a partir de la implementación del TLC, pero en las peores condiciones y sufriendo en carne propia las consecuencias de la industrialización como expresión de la penetración imperialista y la descomposición que conlleva, con fenómenos aberrantes como el feminicidio que tuvo su caldo de cultivo en la cuna de la maquila, Ciudad Juárez.

En 1975, 24.5% de los puestos en la industria maquiladora autopartista del país eran ocupados por mujeres; para 1987 esa cifra subió al 53.4%, expresión de una feminización creciente de la mano de obra en la industria del sector automotriz. En 1980, en los estados del norte de México la cifra alcanzaba el 70% del total de la mano de obra particularmente en el área de vestiduras. Para 1990, en los municipios fronterizos del norte, la población femenina de mano de obra representaba 51 de cada 100 obreros. Según Carrillo, esto se explica por la edad de las obreras, inferior a la mano de obra masculina, por su condición de migrantes en la gran mayoría de los casos, por su alta eficiencia derivada de la rapidez y destreza en operaciones manuales, por una nula experiencia laboral previa (o sólo experiencia en trabajo maquilador) y —muy importante— por una actitud consensual frente a la flexibilidad del trabajo que se observaba también en la población juvenil de las plantas. [4]

Hoy, la industria automotriz emplea alrededor de un 17.5% de mujeres a nivel nacional, siendo la rama más dinámica de la economía la que más mujeres contrata, según cifras del INEGI, con una 1 de cada 4 trabajadores. En el Bajío, en el caso de Honda en Guanajuato, la planta laboral contaba en 2017 con un 40% de mujeres obreras, es decir 3,205 de los 8012 empleados de la fábrica ese año. En el caso de General Motors México, sus empleadas alcanzaban el 21% del total, 3,500 colaboradoras, en su mayoría obreras de la producción y seguramente de áreas de intendencia y administrativas. La empresa coreana KIA en México difundió cifras que ubican a su planta laboral femenina en un 25% a inicios el 2017. El caso de Giant Motors LA, fabricantes de la marca JAC, china, emplea a un 40% de trabajadoras, particularmente en el área de ventas y en trabajo administrativo. [5]

Las obreras, punta de lanza del proletariado

En 2015 y 2016, un nuevo período de resistencias obreras estalló con la huelga maquiladora en Ciudad Juárez y con el levantamiento de San Quintín, anunciando los más de 130 conflictos obreros particularmente en estados como Tamaulipas, Chihuahua, San Luis Potosí, Sonora y Baja California que han impulsado decenas de miles de trabajadores en maquilas y parques industriales. Además de la denuncia de bajos salarios, súper explotación y la pelea por la libre sindicalización frente a las burocracias de la CTM, en todas resalta la voz de las obreras contra el acoso sexual que sufren por parte de los supervisores y directivos, y que enfrentan junto a sus compañeros de planta, como fue el caso de los plantones de Ciudad Juárez y de las jornaleras de San Quintín. Dentro y fuera de las fábricas y parques industriales, las mujeres se han puesto en primera fila de la lucha, nutriendo los plantones, paros y ocupaciones, y también desde fuera, acompañando las movilizaciones al ser esposas, compañeras, hijas y familiares.

Las masivas movilizaciones por Ni Una Menos y por el derecho al aborto legal, libre, seguro y gratuito en el continente, han impactado la conciencia de las obreras, desde lejos, como un rumor que entre boca y boca transforma su contenido y rodea el descontento frente a la precarización laboral. La lucha contra la precarización laboral ha permitido que la subjetividad construida en la pasividad mute, reconfigurándose desde el conflicto. Son las mujeres, en su mayoría trabajadoras, las que sufren en peores condiciones la violencia patriarcal y el feminicidio.

Ahora corresponde al movimiento de mujeres organizado, reconocer en ellas a sus aliadas y un sujeto fundamental, y abrazar la consigna de que el trabajo precario también es violencia. Mientras los derechos enarbolados por las políticas de género de los gobiernos capitalistas sean para pocas y estén basados en un sistema que se alimenta de la explotación de las grandes mayorías —mayorías femeninas— no podremos hablar de un avance sustancial en la lucha contra la opresión a las mujeres.

Hoy la lucha de las mujeres debe ser abrazada por el conjunto de la clase trabajadora y sus organizaciones, pues en el patriarcado encuentra este sistema de explotación y miseria uno de sus más grandes pilares. El movimiento de mujeres puede ponerse a la cabeza de enfrentar los ajustes del FMI y del Banco Mundial, contra los ataques de la patronal y el gobierno, pero sólo logrará hacerlo con una perspectiva socialista y revolucionaria, abrazando el desafío de construir un partido de combate que pelee desde el seno de la clase trabajadora, desde los y las proletarias, enfrentando al imperialismo, a la propiedad privada de los capitalistas y por transformar radicalmente esta sociedad.

Para concluir asentemos un par de ideas. Por un lado, el proletariado se ha reconfigurado en su interior. Se ha fortalecido mediante su extensión y multiplicación, pero también se ha feminizado. Esto plantea un nuevo desafío para pensar la recomposición subjetiva de la clase trabajadora. En primer lugar, reconociendo que por primera vez en la historia del capitalismo las mujeres constituyen aproximadamente el 40% del proletariado mundial en una tendencia ascendente, lo cual brinda a la lucha por las demandas del movimiento de mujeres en un lugar prioritario, siendo además la mayoría de éstas, mujeres trabajadoras. Por otro lado, reconocer que hoy la lucha contra este sistema de opresión y explotación tiene nuevas bases, orilla a pensar cómo el enfrentamiento contra el patriarcado hoy más que nunca debe estar articulado a la lucha antagonista contra el capitalismo.

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[1] Michel Husson, “La formación de una clase obrera mundial”, A través del espejo, Año 1, No. 1, 2015.

[2] Ídem.

[3] Vergara, J., “La clase obrera oculta”, Estrategia Internacional, No. 29, 2016

[4] Carrillo, J., “Mujeres en la industria maquiladora de autopartes”, Nuevos textos y renovados pretextos, Colmex, 1994.



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