Los chalecos amarillos y los eslabones débiles del capitalismo fósil

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La crisis desatada por el alza de combustibles en la imperialista Francia pone sobre la mesa los primeros síntomas de la crisis energética estructural que sufre el capitalismo del siglo XXI.

“Se negaba [en la Edad Media] todo cambio en la naturaleza. Todo seguiría siendo como había sido en el principio y todo así debía continuar hasta el fin del mundo o eternamente”, (Friederick Engels en La Dialéctica de la Naturaleza).

La crisis política en Francia que desencadenó la gran lucha protagonizada por los chalecos amarillos contra el alza de los combustibles es una pequeña muestra de la crisis estructural que representa el agotamiento de los recursos fósiles que apenas se empieza a percibir.

Luego de varias jornadas de movilizaciones masivas y enfrentamientos con la policía, el presidente Emmanuel Macron dio de baja el impuestazo a los combustibles. El presidente francés venía justificando el tarifazo para financiar la transición energética e incentivar a los consumidores a usar coches eléctricos: “No podemos estar el lunes a favor del medioambiente y el martes contra el alza de los carburantes”.

Pobreza energética

Los chalecos amarillos forman un movimiento sin una orientación política definida. Existe una gran mayoría de sectores de asalariados, hasta pequeños propietarios y comerciantes, con reivindicaciones contradictorias como el aumento del salario mínimo y la baja de las cargas patronales.

Las protestas empezaron teniendo más seguimiento en la región suburbana y rural, ya que allí el alza de los combustibles afectará más el bolsillo que en las grandes ciudades, donde se dispone más transporte público.

Hace décadas que en Paris y las demás ciudades del interior de Francia se viene sufriendo procesos de gentrificación a causa del mercado inmobiliario, desplazando a los sectores con menos ingresos hacia las zonas periféricas. Esto junto, con el cierre de ramales ferroviarios urbanos, dejó a un cientos de miles sin otra alternativa que recorrer grandes distancias en auto para poder llegar a su lugar de trabajo, escuelas, hospitales o almacenes.

En resumen: llenar el tanque con diésel cuesta € 65 y con un salario de trabajador precarizado de € 1300, más de un 30 % es dedicado mensualmente solo al combustible.

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Eslabones débiles

Alrededor del 80% de la matriz energética mundial se compone de carbón, gas o petróleo, todos con stock decreciendo a distintos ritmos y que representan el límite más duro que existe en un horizonte para la reproducción del capital a mediano plazo. Aun en los países menos dependientes de los fósiles, el 50 % de la economía se para sobre ellos.

Los países que con amplios recursos energéticos renovables, los que aún poseen reservas convencionales, los que poseen reservas no convencionales (fracking y otros), o los importadores netos de petróleo como Francia, experimentarán de distintas maneras este proceso de declive de los stocks y la escalada de precios que significará.

Porcentajes del consumo de energía renovables del total de la matriz

Fuente: bancomundial.org

Si estudiamos la brecha entre consumo y autoabastecimiento podemos armar un ranking de los “eslabones más débiles”, los países donde los limites energéticos tendrán preponderancia política.

Revisando los países del G20 vemos que los más dependientes, es decir, los que importan cerca del 100 % de su consumo de petróleo, son Francia, Alemania, Japón, Italia, y Turquía, aún con distintos márgenes para políticas de subsidios que permitan que el precio internacional del barril no sea trasladado al mercado interno.

En el polo opuesto, con un superávit de más de 200 % encontramos a Rusia y Arabia Saudita, y en un punto intermedio con 40 a 60 % de déficit encontramos a China y Reino Unido, mientras que EEUU tal vez pueda mantener con mucho fracking el autoabastecimiento. La relación entre lo consumido y lo producido en México, Brasil y Argentina se ubica en un 112 %, 94 % y 74 % respectivamente.

Esto en el marco de que las mayores compañías petroleras están desinvirtiendo y en estado de megaendeudamiento, ya no quedan muchos yacimientos convencionales rentables, el 70 % está en declive mientras que los nuevos pozos “no convencionales” como el fracking y otros son más contaminantes y menos rentables, tanto en lo financiero como en lo energético (rinden 30 veces menos que el petróleo convencional), y sin mencionar que ese petróleo no sirve para refinar diésel.

Proyección de la brecha entre la demanda y la producción.

Fuente: Antonio Turiel Martinez – crashoil.blogspot.com

A raíz de esto el informe World Energy Outlook 2018 de la Agencia Internacional de Energía, muestra que la producción, aún con el boom del fracking masivo en EE.UU. (financiado con un endeudamiento impagable, también masivo), no podrá seguir el ritmo de consumo que tuvo el siglo XX.

Estos impuestazos a los combustibles son un intento de hacer pagar a los trabajadores y sectores populares por un cambio de matriz energética dentro de un modelo imposible de “capitalismo sostenible”.

Estas perspectivas hacen ver a la crisis del petróleo de la década de 1970 como un tropezón temporal, en comparación con los efectos permanentes que tendrá la energía sobre la geopolítica, finanzas, comercio mundial y la carestía de vida en general.

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Un programa contra los callejones sin salida

Ante esto los Estados están queriendo hacer pagar a los trabajadores y consumidores populares la pérdida del impulso que representó durante todo el siglo XX el petróleo abundante, aun cuando los más ambiciosos planes de reconversión a energías renovables no alcanzan para sostener la necesidad de crecimiento constante que necesita el capital para valer.

Como parte de las alternativas, cualquier clase de “impuesto al carbono” para financiar un cambio de matriz energética, nuevas redes de transportes público, investigación de nuevas tecnologías, etc. tiene que ser pagado, pero no por el “usuario final” que en su amplia mayoría somos los trabadores, sino por ese ínfimo puñado que representa la clase social que obtuvo los beneficios y acumula el 99 % del capital: los grandes empresarios de la industria, el agronegocio, el transporte, el comercio, etc.

La cuestión es, o el capital termina arrastrando consigo a la sociedad en un espiral de ajuste, quiebras, despidos, guerras por recursos, etc., o los trabajadores imponen una salida con objetivos propios muy distintos a los de pretender acumular infinitamente en un medio finito.

Está claro que los Estados al servicio del capital no optarán por esta salida, por lo cual es necesaria la organización de cientos de miles de trabajadores para imponer una salida con un programa propio, que incluya un alza de salarios según las canasta familiar siguiendo la inflación, la nacionalización y puesta bajo gestión de sus trabajadores y consumidores del sistema energético, los transportes y demás servicios públicos, entre otras medidas.

Solo así podremos sentar las bases de un nuevo sistema de organización político y social donde se decida democráticamente qué tipo de reconversión industrial es necesaria, y el qué y el cómo producir y distribuir (acorde a las necesidades sociales) liberados del despilfarro de recursos y de la concentración de la riqueza que significa el capitalismo. Por ahora, el primer round lo ganaron los chalecos amarillos. Esto recién comienza.

Desde Francia: Chalecos amarillos, cuando las masas entran en acción



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