Los de afuera son de palo

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Debía oler a domingo, oler a chori de dudosa procedencia, a la axila rompiente del cocacolero que se abre paso en la tribuna; debía oler a la pólvora del cohete, al “griten putos”, olor a nervios, oler como los perros el miedo del visitante, aunque para oler así hubiese que incursionar en el campo rentado del aliento.



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