Los usos de Portugal en la crisis argentina

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Relatos y verdades sobre el ajuste del FMI, Macri y quien lo suceda.

El país de Pessoa y Saramago se coló inesperadamente en el debate argentino. La cosa arrancó hace un par de meses, cuando Axel Kicillof y Roberto Lavagna lo señalaron, cada uno por su lado, como ejemplo de que puede acordarse con el FMI otra política distinta al ajuste acelerado que comprometió y aplica Macri. Esto sería lo que, nos dicen, hizo António Costa cuando asumió en 2015, rediscutiendo los compromisos firmados por ese país en 2011 con el FMI y el gobierno de la UE (compuesto por la Comisión Europea y el Banco Central Europeo), con los cuales formaba la Troika.

Se comprende la importancia que le dan al caso portugués, elevado por los más afiebrados a la categoría de “milagro”, a pesar de que su economía apenas llegó a crecer 2 % al año después de haber perdido 7 % de su tamaño entre 2010 y 2013, y de que dejó a la juventud completamente tirada. Tenemos cientos de casos que muestran que el FMI despluma a los países para que aumenten los recursos disponibles para pagar la deuda, a costa de todo lo demás. También hemos visto que exfuncionarios del organismo se han vuelto los mayores denunciantes de cómo este sacrifica el crecimiento económico (lo cual significa destrucción de empleos e ingreso) en pos de lograr una mejora en los indicadores de deuda, norma que es la única que vale en todos los países. “¡Pero no desesperemos!”, nos dicen Kicillof y Lavagna. Hay un país, uno solito en toda la historia de terror del FMI, que nos muestra que “sí se puede”.

Los problemas con los que se topa este “uso” del caso portugués son dos, como ya señalamos apenas el mismo fue desempolvado para alimentar ilusiones hacia octubre. El primero es que el ajuste en Portugal se hizo, durante 5 años completos. Entre las principales medidas del ajuste destaca que subieron la alícuota del IVA; privatizaron ampliamente; recortaron los salarios 14 % durante varios años por la suspensión del pago de aguinaldos; congelaron el salario mínimo; impusieron una reforma laboral que redujo las indemnizaciones y facilitó los despidos; redujo los pagos por horas extra, recortó el tiempo de subsidio de desempleo y limitó la negociación colectiva. El ajuste hundió todavía más a la economía y destruyó el empleo (la desocupación llegó a 18 %). Esto último permitió a la burguesía disciplinar a la fuerza de trabajo, degradando sus remuneraciones y condiciones de trabajo. El número de trabajadores portugueses que gana el salario mínimo nacional, que en 2005 era del 5 % de los asalariados, en 2014 llegaba al 12,9 %. Esto nos habla de una “sustitución” de puestos de trabajo mejor pagos por otros de peor calidad. Y de un abaratamiento de los “costos laborales” para las empresas. Las condiciones más favorables de explotación se tradujeron en una mejora en la participación de las ganancias en el ingreso; y esto, junto al “viento de cola” del turismo, sentó las bases para una recuperación de la economía.

El segundo problema que tiene la argumentación, para comparar con la Argentina actual, es que Costa no tuvo que renegociar ningún acuerdo con el FMI. Portugal se había graduado como mejor alumno del ajuste, en mayo de 2014. Le seguía debiendo plata al FMI, pero era un crédito como cualquier otro, ya sin metas para cumplir. Nada que se parezca a la Argentina actual.

El infierno está encantador

Si estuvimos entre los primeros en alertar contra estos “usos” de Portugal por parte de quienes pretenden que es posible una alternativa “keynesiana” de la mano del FMI, luego el caso fue tomado por analistas que, a diferencia de quien esto escribe, consideran que el trago amargo del ajuste debe ser bebido de manera ineludible. Andrés Malamud, polítologo argentino de simpatías con la UCR que enseña en la Universidad de Lisboa, observó en Twitter que “Portugal se convirtió en la Biblia del antiajuste. Pero la Biblia tiene dos partes. En el Antiguo Testamento (2011-15), intervención y masacre. En el Nuevo Testamento (2015-19), amor y resurrección”. Malamud amplió estas opiniones entrevistado por La Nación. Allí señala entre otras cosas que “la lección de Portugal es que el ajuste es inevitable”. También elogió la “idiosincrasia” de los portugueses, que según el polítologo, como sentían “culpa”, habrían aceptado mansamente el ajuste. Quizás Malamud estaba justo de visita en la Argentina cuando ocurrieron las numerosas huelgas y protestas que enfrentaron los gobiernos de Sócrates (socialista) y Passos Coelho (centro-derecha), iniciador y continuador del ajuste respectivamente, y por eso estas quedaron fuera de su registro. Lo curioso es que al mismo tiempo señale que “el que ajusta pierde”, lo cual cuestiona la idea de una aceptación tan complaciente de los dictados de la Troika.

La crónica del país responsable y cumplidor no podía más que entusiasmar al diario La Nación, que continúa produciendo notas y entrevistas sobre el “sacrificio” de “un país con problemas similares a la Argentina”. Ayer mismo, un exfuncionario de ese país destaca que “la necesidad nos obligó a respetar estrictamente el programa, incluso a sobrecumplirlo”. Música en los oídos del diario oligárquico.

¿Por qué en Portugal sí, y en Grecia no?

“¿Por qué habríamos de creer que el crecimiento en Portugal es por el ajuste previo, y no porque ahora rompió con el ajuste?”, cuenta el periodista Alejandro Bercovich que le señaló Joseph Stiglitz. Bercovich va directo al contraste con el otro caso europeo reciente, el de Grecia, aquel que motivó inicialmente a Kicillof y demás a buscar ejemplos alternativos para evitar comparaciones con Syriza, la fuerza política que llegó en 2015 prometiendo romper con la austeridad y siguió aplicándola de manera salvaje: “¿Por qué en Grecia probaron ocho años la receta del ajuste, de la austeridad, de echar empleados públicos, de achicar la salud y la educación, de hacer lo que dice el FMI, y no funcionó en ningún momento? Es lo que me parece que vale la pena preguntarse, porque la idea de que no hay alternativa, de que hay solo una receta, que es la del FMI, y todos los que osen discutirla son unos charlatanes, es una imposición”.

No podríamos estar más de acuerdo en que la naturalización del ajuste que pretenden imponer el FMI y los grandes empresarios (que acaban de sacar un pronunciamiento unánime de apoyo a Macri y su convocatoria con “diez puntos” al PJ “alternativo”), a la cual contribuyen estos relatos de “sacrificio”, debe ser “deconstruida”. Para combatir el ajuste hay que salir al cruce de los relatos que lo presentan como inevitable. Pero es no menos importante poner en evidencia los intentos de ilusionar con perspectivas que, podemos anticipar, no preparan las condiciones para imponer otra salida, sino todo lo contrario.

La pregunta sobre las diferencias entre el destino del país heleno y el ibérico resulta a primera vista razonable. Pero es engañosa por varios motivos. En primer lugar, el ajuste es [casi] siempre recesivo: en Portugal, en Grecia, y también en la Argentina: lo vivimos en 1998-2002, en 2014 cuando lo aplicó parcialmente Kicillof, y con Macri durante prácticamente todo su gobierno. Grecia no es, en ese sentido, una excepción. Es una muestra de que aquello que en cada crisis busca imponer la clase capitalista para enfrentarla, que es mejorar sus condiciones de apropiación del excedente a costa del resto de la sociedad, “ordenar” las cuentas públicas (que por regla general se “desordenan” para salvar a tal o cual sector del capital, como fue en el caso de las crisis europeas recientes para salvar a los bancos), etc., profundiza el hundimiento de la sociedad para salvar al capital. Que el capitalismo tenga como “receta” el ajuste como vía para “sanear” la economía, en sus términos y para perpetuar la rueda de la explotación que caracteriza a este modo de producción, no significa que esta vaya a producir los resultados esperados.

En segundo lugar, Grecia y Portugal no pueden compararse por la magnitud de la “corrección” que la Troika venía a imponer en cada caso. La deuda pública en Grecia había aumentado a más 170 % del PBI en 2011; en Portugal estaba algo arriba de 110 %. El déficit fiscal anual llegó a superar durante varios años el 10 % del PBI en el primer caso, en el segundo promedió algo más de 5 %. Igual situación tenemos si comparamos la balanza de pagos, es decir, las transacciones el país con el resto del mundo. En 2011, el rojo externo en Grecia era de 9,9 %; en Portugal era de 6 %. Los “desajustes” respondían en ambos casos a dos motivos: 1) los desequilibrios constitutivos de la UE, donde la mayor parte de los países acumularon desequilibrios y deuda externa con Alemania; 2) los salvatajes a los bancos en la crisis de 2008-2009, para lo cual se endeudaron los Estados.

¿A cuál de estas circunstancias se acerca más la Argentina hoy? El economista Claudio Katz sostiene lapidariamente que está “más grave que Grecia y lejos de Portugal”. La deuda aún no llega al peso sobre el PBI que alcanzó en estos países, pero de la mano del aumento del dólar no para de incrementar su peso sobre la economía (la deuda es mayoritariamente en moneda extranjera y aumenta como proporción del PBI a medida que se incrementa la cotización del dólar). El déficit total, incluyendo el del Banco Central, va encaminado a ser de 9 % del PBI este año. Y a pesar de la megadevaluación y el hundimiento de la economía, el rojo de la balanza de pagos continúa siendo considerable (gracias a los intereses de la deuda y las rentas de la bicicleta financiera).

Pero si Grecia es prueba de que el ajuste no necesariamente lleva a mediano plazo al crecimiento (en el corto siempre lleva a la recesión), no ocurre que simétricamente Portugal sea prueba de que abandonar la austeridad sea la vía para ello. En primer lugar, por una cuestión de tiempos: Portugal ya estaba en modesta expansión antes de que llegara Costa prometiendo “el fin de la austeridad”, cuando todavía Passos Coelho seguía sobreactuando el compromiso con las exigencias de la Troika a pesar de que ya tenía su aprobación y no quedaban condicionalidades que cumplir. El PBI creció en 2014 modestamente, un poco más en 2015, y durante el primer año de gobierno de Costa (2016) creció casi lo mismo que el anterior. En segundo lugar, sería difícil que fuera prueba de una alternativa “progresista”, porque la “antiausteridad” iniciada en 2015 fue mucha continuidad con algunos cambios. Devolvió en en cuotas una parte de lo robado durante cinco años, dejando en pie la reforma laboral precarizadora y manteniendo al conjunto de la fuerza de trabajo empleada en peores condiciones. No sorprende entonces el movimiento de huelgas que desde el año pasado viene sacudiendo el país.

En la mayoría de los casos, como ocurrió con Costa, o en la Argentina con Néstor Kirchner, las políticas “keynesianas” basadas en el gasto público llegan después de la recuperación. Poder aplicarlas tiene como condición que existe algún grado de mejora en la economía, lo que entre otras cosas mejora la recaudación y alivia el peso de la deuda, dando márgenes al Tesoro para gastar. Por lo mismo, este “giro keynesiano” tiene como condición previa el ajuste, que tiene dos caras: una “privada”, que es el avance del capital contra la fuerza de trabajo, y una pública, que es la reducción del déficit. Con la Argentina en recesión, superendeudada, y con el FMI controlando las cuentas públicas y la política económica, resulta difícil imaginar una política distinta de la austeridad. Excepto, desde ya, que se esté dispuesto a cuestionar los “sacrosantos” derechos de los acreedores y los intereses de los grandes empresarios.

Educando a Paolo

El esfuerzo de Kicillof por convencernos de que el kirchnerismo, de ganar en octubre, podrá hacer otra cosa que continuar la política económica de ajuste dictada desde Washington, no se limita a realizar una lectura maquillada de la política llevada a cabo por António Costa desde 2015. También nos pide que confiemos en el duro aprendizaje que tuvo la gran burguesía argentina con Cambiemos.

En su reciente libro, nos dice:

con Macri se llevó adelante un programa muy cercano a lo que los empresarios me pedían a mí en el contexto de la crisis de 2008-2009 y después con la caída del precio de las commodities en 2014. Pues bien, ahora devaluaron, subieron la tasa de interés hasta el cielo, dejaron entrar y salir libremente a los capitales especulativos, se les pagó a los fondos buitre […] ¿qué pasó? Ese programa no estaba bien.

Entonces, no solo será posible negociar “desde una posición de fuerza” con el FMI, sino que todos los grandes empresarios que exigían el “sinceramiento” que implementó Macri ahora acompañarán de manera entusiasta estas exigencias. Kicillof espera que los empresarios hayan sacado lecciones de las políticas neoliberales no funcionan, y por eso no volverán a exigir lo mismo.

En esa onda de “desagrietar” que le da el subtítulo a su libro, Kicillof considera viable apelar a una especie de “razón comunicativa” (bien lejos de Laclau) para “hacernos entender” con Paolo Rocca de Techint, Luis Pagani de Arcor, Javier Madanes Quintanilla de Aluar y Fate, Marcos Galperín de Mercado Libre, etc., y “buscar un acuerdo sobre cual es el modelo de desarrollo para la Argentina”. Porque lo que falta, con esta burguesía que en los últimos cuarenta años fugó capitales por el equivalente casi al Producto Bruto , es que “entiendan”.

Si creyéramos por un segundo que Kicillof se tomó en serio esta posibilidad, deberíamos decir que ya fue defraudada: los 10 puntos que los empresarios del G6 acaban de celebrar incluyen ese mismo “combo” que le pedían a Cristina Fernández y a Macri, incluyendo entre otras cosas una nueva ley laboral, de jubilaciones, “equilibrio” fiscal (más ajuste), etc.

Todo al amarillo

En la última semana, EE. UU. y el FMI subieron sus apuestas en la Argentina. Todas están puestas en la reelección de Macri. Casi un año atrás, cuando empezó a regir el Acuerdo Stand By, uno de sus requisitos era que el Banco Central no podía usar dólares del FMI para contener la corrida contra el peso, lo cual redundaba en regalar billetes verdes a los especuladores que apostaban al aumento de su cotización, y ganaban. Esta exigencia de no usar dólares del FMI para intervenir derivó en la salida de Luis Caputo del BCRA, tres meses después de haber asumido en reemplazo de Federico Sturzenegger durante la corrida.

Ahora, el último lunes, Sandleris anunció que harán exactamente eso: vender dólares para controlar en operaciones “cuyo monto y frecuencia dependerán de la dinámica del mercado”. ¿Qué significa esta jugada? Simplemente, que el gobierno tiene carta blanca para intentar lo único que a esta altura le puede permitir llegar con cierta sensación de estabilidad a la rueda electoral: un dólar planchado, si el poder de fuego del BCRA lo permite. Y, gracias a eso, una inflación altísima pero que no muestre el desboque que dio el resultado de marzo (4,7 %) y volverá a mostrar abril, e incluso mayo.

Ya en septiembre pasado, cuando el FMI anunció que iba a desembolsar casi todo el préstamo otorgado durante el gobierno de Macri, había quedado explicitado que se trataba de un generoso aporte de campaña. Ahora puede patinarse lo recibido en el tira y afloje de los especuladores (que saben bien que el que apuesta al dólar gana, y más cuando el BCRA está generoso en regalarlos). Quien asuma en diciembre de 2019 deberá continuar con el ajuste comprometido por Cambiemos, pero ni siquiera podrá esperar contar con dólares suficientes para pagar la deuda. Era la única certeza que hasta el lunes aseguraban Macri y el FMI en medio del descontrol creciente de la economía.

El FMI sabe que una economía escasa de dólares seguirá necesitando de su “asistencia” (lo cual no asegura para nada evitar un default como en la Argentina sabemos bien). Se prepara para quedarse más tiempo auditando las cuentas, ya que todo indica que, a falta de dólares, quien gobierne en 2019 deberá negociar más plazos para pagar el préstamo Stand By. La “permisividad” mostrada con Macri, que solo se extendió a la política cambiaria, la van a facturar con creces. Ya pusieron sobre la mesa la exigencia de más aumentos de impuestos y disciplina fiscal.

Macri y Lagarde actúan como una asociación ilícita dispuesta a patinarse decenas de miles de millones de dólares para crear una sensación de estabilidad con fecha de vencimiento para después de las elecciones. Total, el estallido no lo pagan ellos. Por eso, las ilusiones de romper con la austeridad mediante una renegociación con el FMI resultan un planteo cada vez menos creíble.

Lo que necesitamos los trabajadores y los sectores populares es enfrentar, desde hoy, estas ilusiones y preparar la movilización por un conjunto de medidas que nos permitan derrotar al gobierno del FMI, Macri y el peronismo. Para que esta vez la crisis la paguen los usureros, especuladores, y grandes empresarios que la generaron.

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Fotomontaje: Juan Atacho



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